Terapia psicológica
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
sochpscl@entelchile.net
ISSN (Versión impresa): 0716-6184
CHILE
2007
Francisco Ibaceta Watson
AGRESIÓN SEXUAL EN LA INFANCIA Y VIAJE AL FUTURO: CLÍNICA Y
PSICOTERAPIA EN LA EDAD ADULTA
Terapia psicológica,
diciembre, año/vol. 25, número 002
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
Santiago, Chile
pp. 189-197
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Universidad Autónoma del Estado de México
http://redalyc.uaemex.mx
Agresión Sexual en la Infancia y Viaje al Futuro: Clínica y
Psicoterapia en la Edad Adulta
Childhood Sexual Aggression and its Future: Clinic and Psychotherapy in Adulthood
Francisco Ibaceta Watson
Centro de Terapia del Comportamiento, Chile
(Rec: 24 de octubre 2007 - Acept: 26 de noviembre 2007)
Resumen
El presente trabajo revisa las relaciones existentes entre el antecedente de agresión sexual en la infancia
y el desarrollo de psicopatología en la adultez. También se revisan aquellos factores que caracterizan las
agresiones sexuales y que se relacionarían con mayor sintomatología en la vida adulta. Se describen las
maneras habituales en que ocurren las consultas por este motivo y se propone brevemente un marco general
para el abordaje psicoterapéutico.
Palabras claves: Aagresiones sexuales, psicopatología, trauma, psicoterapia.
Abstract
The present work reviews the existing relationships between childhood antecedents of sexual aggression and
the development of psychopathology in adulthood. Also are reviewed the factors that characterize sexual
aggressions, and their association to a greater sinthomatology in adult life. The habitual ways in which
the consultations happen are described, their motives, and a brief general frame for the psychotherapeutic
approach is proposed.
Key words: sexual Aggressions, psychopathology, trauma, psychotherapy
Correspondencia: Francisco Ibaceta. Email: ibaceta@yahoo.com
TERAPIA PSICOLÓGICA
2007, Vol. 25, Nº 2, 189-198
Copyright 2007 by Sociedad Chilena de Psicología Clínica
ISSN 0716-6184 (impresa) · ISSN 0718-4808 (en línea)
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FRANCISCO IBACETA WATSON
TERAPIA PSICOLÓGICA 2007, Vol. 25, Nº2, 189-198
Introducción
En Chile, las agresiones sexuales hacia niños, niñas
y adolescentes se han constituido en un problema social
de gran magnitud y relevancia. En concordancia con esto
se han diseñado políticas públicas, promulgado leyes y
diversas entidades públicas y privadas ejecutan programas
específi cos en el ámbito de la prevención, detección, diag-
nóstico y tratamiento.
En particular, la atención acerca de este problema se ha
focalizado en la infancia-adolescencia. Sin embargo, en la
población adulta existe un grupo importante de personas
que habiendo sufrido agresiones sexuales en la infancia -
adolescencia, sufren efectos sintomáticos a largo plazo que
no reciben necesariamente atención especializada.
En el estudio del Ministerio de Salud del año 2000,
acerca del comportamiento sexual de la población chilena,
siete de cada cien mujeres entrevistadas declaró haber
sufrido una violación. Si se considera que se ha estimado
que alrededor de un 30% de las personas que han sufrido
agresiones sexuales desarrollan sintomatología a largo plazo
(Echeburúa & Guerricaechevarría, 2000), existiría un grupo
importante de mujeres que desarrollaría problemas de salud
mental donde un evento traumático constituye uno de los
principales factores de riesgo predisponentes.
Debido a la mayor sensibilización frente a los temas de
la violencia y las agresiones sexuales al interior de la fami-
lia, las personas se sienten más proclives a relatar vivencias
de violencia sexual actuales o pasadas. De esta manera,
entre las personas que solicitan atención psicológica se está
constatando un número cada vez mayor de pacientes que
presenta traumatizaciones sexuales asociadas a su motivo
de consulta (Llanos & Sinclair, 2001). Sin embargo, a pesar
de esta alta tasa de víctimas de violencia sexual, la oferta
pública y privada para la atención de personas adultas re-
sulta casi inexistente (Bain & Yáñez, 2002).
Por otra parte, también existe aún una importante pobla-
ción que consulta recurrentemente por diferentes problemas
de salud que pueden estar relacionados con haber sufrido
traumatizaciones sexuales en la infancia - adolescencia.
Estas consultas resultan frecuentes y como tales imprimen
presión asistencial al sistema de salud, siendo generalmente
las respuestas de atención no resolutivas al no detectar ni
enfrentar directamente el tema de la traumatización tem-
prana, llegando incluso a la posibilidad de implementar
acciones iatrogénicas.
Agresión sexual y desarrollo de psicopatología
De acuerdo con Barudy (2000), la agresión sexual
produce en la víctima:
1. Un proceso de traumatización, el cual es sincrónico a
la ocurrencia de la agresión sexual. Aquí se ubican no
sólo los efectos sintomáticos a corto plazo, sino que
también el despliegue de una variedad de mecanismos
defensivos (por ejemplo, disociación) que permiten
sobrevivir a la víctima a la traumatización y que pueden
aparecer como desadaptativos, a la vez que deterioran
el funcionamiento social.
2. Un proceso de adaptación o resocialización secun-
daria con efectos específi cos (carreras morales), el
cual puede ser paralelo o posterior a la ocurrencia de
la agresión sexual. Aquí pueden ubicarse no sólo los
efectos sintomáticos a largo plazo, sino que también la
cronifi cación de los mecanismos defensivos y la amplia
gama de impactos sobre el desarrollo psicológico y la
construcción de la personalidad.
Siguiendo esta línea, se ha intentado demostrar que la
traumatización sexual puede tener consecuencias sinto-
máticas en el corto plazo y en el desarrollo psicológico a
largo plazo. En tal sentido, se estima que haber sufrido una
agresión sexual durante la infancia incrementa el riesgo de
desarrollar psicopatología en la adultez.
Si bien no se ha logrado establecer una relación directa
entre agresión sexual y algún tipo particular de psicopa-
tología, se han encontrado correlaciones positivas entre
dicho antecedente y determinados cuadros de morbilidad
psiquiátrica. Por ejemplo, se ha reportado que existiría una
relación manifi esta entre agresión sexual en la infancia y el
desarrollo de episodios depresivos en la vida adulta (Weiss,
Longhurst & Mazure, 1999). También se ha encontrado
que pacientes diagnosticados con trastorno bipolar y que
sufrieron agresiones sexuales en la infancia o adolescencia
habían presentado un inicio precoz del trastorno, un curso
más grave, mayor comorbilidad y una incidencia superior
de intentos de suicidio.
Post (2004) constató, en una muestra de pacientes bipo-
lares, que el tiempo sin tratamiento era signifi cativamente
mayor entre quienes referían historia de traumatización
sexual, en comparación con quienes no referían dicho
antecedente. Este autor plantea que la agresión sexual es
un factor pronóstico que debe ser activamente identifi cado
de manera de intervenir más pronto, con el fi n de evitar un
curso adverso, esto es, mayor gravedad del cuadro, mayor
número de intentos de suicidio, mayor comorbilidad y pér-
dida paulatina del apoyo social. Esto podría apoyar nuestras
observaciones respecto a que la psicoterapia aparece como
la indicación principal en pacientes con un trastorno del es-
tado de ánimo y que presentan historia de trauma temprano
(Becar, Guadalupe & Ibaceta, 2006).
Una relación signifi cativa se ha encontrado también
con el desarrollo de trastornos de ansiedad, particularmente
con el trastorno por estrés postraumático (TEPT). En una
revisión reciente Marty y Carvajal (2005) encuentran que
el TEPT ocurre más frecuentemente en personas que han
experimentado victimización sexual durante su infancia.
Las agresiones sexuales en la infancia aumentarían el riesgo
de desarrollar un TEPT, en la medida que la exposición
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temprana a situaciones traumáticas (estresantes) de ese tipo
podrían implicar cambios a largo plazo y persistentes en
la neurobiología involucrada en la respuesta al estrés, de
manera que aquello signifi caría una vulnerabilidad para el
desarrollo de TEPT.
Por otra parte, se ha descrito una importante relación
entre traumatizaciones sexuales tempranas y el desarrollo
de trastorno de personalidad, especialmente borderline. En
este grupo de pacientes se encuentra una alta frecuencia de
abuso sexual en su biografía, comparados con otros grupos
de personas sin dicho trastorno (Jerez, 1997; Herman, 1989,
en Vitriol, 2005).
Se ha señalado también una fuerte relación con tras-
tornos de la alimentación, particularmente bulimia (Behar,
2000); con las autoagresiones, consideradas como un
síndrome específi co (Nader & Boehme, 2003) y con los
cuadros de somatización. En particular, en población fe-
menina nacional, Florenzano et al. (2002) encontraron una
relación signifi cativa aunque inespecífi ca entre cuadros de
somatización y antecedentes de trauma infantil, incluida
la agresión sexual.
Aun así, no es posible establecer que la agresión sexual
sea un factor etiológico único y específi co en el desarrollo
de los cuadros mencionados. Tampoco se puede establecer
que los efectos de la agresión sexual deriven en un síndrome
único y homogéneo.
De esta forma, la mirada ha estado centrada en poder
describir aquellas características de la agresión sexual que
parecen predecir el desarrollo de sintomatología más grave,
o bien de efectos importantes en las distintas esferas del
desarrollo. Al respecto, se ha señalado que los siguientes
factores se deben considerar al momento de ponderar el
riesgo y la gravedad de la aparición de psicopatología
posterior:
1. La frecuencia y duración de la experiencia abusiva.
Agresiones sexuales repetidas y crónicas se asocian a
consecuencias más graves en las víctimas.
2. El tipo de agresión sexual. La presencia de contacto
genital y penetración sexual parece agravar los efectos
de las agresiones sexuales.
3. La utilización de violencia y/o coerción para cometer las
agresiones se relacionan con mayor efecto sintomático
sobre las víctimas.
4. El vínculo de la víctima con el agresor. La presencia de
un vínculo previo se relaciona con la utilización abusiva
de la confi anza, de la diferencia de poder y autoridad
para llevar a cabo las agresiones. A mayor cercanía
vincular la relación se torna indescodifi cable, casi impre-
decible y con ello las vivencias del proceso traumático
(por ejemplo, el miedo, la culpa y la vergüenza) y del
secreto se instalan dramáticamente.
5. Si hubo develación, es importante conocer la reacción
de los padres, la familia y el entorno. En tal sentido, se
estima que la percepción positiva del cuidado paterno,
esto es, creer, movilizarse para proteger y buscar la
sanción del agresor, resulta ser un factor protector cru-
cial para disminuir las posibilidades de desarrollo de
sintomatología posterior. Por el contrario, una actitud
generalizada de incredulidad o de minimización por
parte de la familia y del entorno signifi cativo, así como
también una reacción hostil del padre no agresor tras la
apertura del abuso, se relacionan directamente con un
peor pronóstico de recuperación del daño.
Otros factores que le asignan mayor gravedad a los posi-
bles efectos de las agresiones sexuales serían: la existencia
de múltiples agresores, la presencia de múltiples maltratos
(por ejemplo, abuso del padre conjuntamente con maltrato
físico y psicológico de la madre) y haberse encontrado en
riesgo vital producto de las agresiones sufridas.
En esta línea de trabajo, un estudio con población
consultante del Centro de Atención a Víctimas de Aten-
tados Sexuales (CAVAS) encontró que “las víctimas que
se desenvuelven en un contexto defi nido por un patrón
tolerante ante la develación del abuso y con un número
elevado de episodios abusivos (cronicidad), serían las que
están más expuestas a sufrir mayor daño psicológico, así
como alteraciones en las esferas estructurales de la perso-
nalidad, producto de esas experiencias" (Huerta, Maric &
Navarro, 2002).
Puede seguirse como regla general, entonces, que a
mayor gravedad y cronicidad de las agresiones sexuales su-
fridas, mayor puede ser la gravedad de las manifestaciones
psicopatológicas en la vida adulta (Vitriol, 2005).
De esta manera, las agresiones sexuales son conside-
radas factores de riesgo psicológico para el desarrollo de
problemas de salud mental en la adultez. En términos gene-
rales, se ha postulado que el estrés en etapas tempranas del
desarrollo, en conjunción con predisposiciones biológicas,
contribuyen a generar una vulnerabilidad de largo plazo al
desarrollo de morbilidad de salud mental (Trucco, 2002).
Más allá de la psicopatología: la dimensión del
trauma
Herman (1994, citado en Arnstein, 1999) ha señalado
que la apariencia de normalidad, entendida como la au-
sencia de síntomas, no es lo mismo que la integración del
trauma.
Diversos autores han elaborado modelos para poder
comprender las consecuencias de las agresiones sexuales.
Estos modelos intentan otorgar un marco descriptivo-ex-
plicativo que incluye pero trata de ir más allá de la relación
directa agresión sexual - psicopatología, tratando de anali-
zar los efectos de las agresiones sexuales en el desarrollo
psicológico de las víctimas en el largo plazo y el ámbito de
sus relaciones interpersonales.
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Estos modelos proveen de un entendimiento del proceso
traumático, de manera que el clínico podría diseñar desde
esa comprensión un plan de tratamiento que, en distintos
niveles de profundidad, considere la dimensión de la vi-
vencia traumática.
En particular, aunque no es posible profundizar en esto,
quiero destacar aquí la conceptualización de las dinámicas
traumatogénicas propuestas por Finkelhor y Browne, en la
consideración personal que este modelo puede ser aplicado
particularmente a las agresiones sexuales en general, indis-
tintamente de las características de éstas
1
.
El modelo traumatogénico (Finkelhor & Browne,
1985)
El modelo propuesto por Finkelhor y Browne sostiene
que existirían cuatro factores que explicarían la dinámica
del trauma presente en las víctimas de agresiones sexuales.
Estos factores, denominados dinámicas traumatogénicas, en
su acción conjunta explicarían por qué la traumatización
derivada de las agresiones sexuales es única y diferente a
la encontrada en otros traumas.
Las dinámicas traumatogénicas se describen a
continuación:
1) Sexualización traumática
Las agresiones sexuales pueden confi gurar el desarrollo
de la sexualidad de las víctimas de una manera inapropiada,
en tanto ocurre un aprendizaje de la sexualidad disociado de
la afectividad y que no se corresponde con la etapa evolutiva
en que la víctima se encuentra.
Esta dinámica se instala principalmente cuando se
le pide repetidamente a la víctima que realice conductas
sexuales inapropiadas para su nivel de desarrollo, ligando
dichas conductas a refuerzos entregados por el agresor
con el fi n de mantener dichos comportamientos. El afecto,
regalos concretos, privilegios relacionales son formas de
recompensa que el agresor utiliza para obtener conductas
sexuales de la víctima. De esta manera, queda instalado un
circuito de cosifi cación de la sexualidad. De manera dife-
rente e inversa, también podría ocurrir que la sexualidad
quede asociada a lo traumático, quedando la víctima en
una posición emocional de aprendizaje ligado al estado, de
forma que bastaría una situación que reprodujera el trauma
1
La experiencia muestra que un factor decisivo en la fenomenología
de las agresiones sexuales es el vínculo existente entre la víctima y el
agresor. Navarro (1998) distinguió la agresión sexual extrafamiliar, la
intrafamiliar y la incestuosa otorgándole un papel decisivo al rol del
vínculo en la forma de aproximarse el tema de las agresiones sexuales.
Para una revisión aún más específi ca de la dimensión del trauma en las
agresiones sexuales intrafamiliares e incestuososas pueden revisarse los
planteamientos de Barudy (1998, 2005) y Perrone (1997, 2000).
para que la víctima reaccionara defensivamente, en huida
o incluso de aceptación desamparada de la agresión como
forma de sobrevivir a ésta.
A largo plazo las consecuencias se relacionan con alte-
raciones del desarrollo psicosexual. En un polo podría apa-
recer excesiva preocupación por cuestiones sexuales, eroti-
zación de las relaciones, promiscuidad sexual y repetición
compulsiva de conductas sexuales. Hacia el otro extremo
pudiera presentarse una difi cultad generalizada respecto de
la sexualidad, la cual podría expresarse como inhibición y
rechazo sexual, disfunciones sexuales, o bien manifestando
problemas relacionados con la identidad sexual.
2) Traición
Esta dinámica hace referencia a que las víctimas des-
cubren que el agresor, muchas veces vínculo afectivo de
confi anza y dependencia, les ha causado daño. También alude
a la toma de conciencia acerca de que los miembros de la
familia que se encuentran en posición de protección (típica-
mente la madre) no han ejercido dicho papel, en tanto no han
tenido conductas concretas de cuidado, o bien no han dado
credibilidad a la develación de las agresiones sexuales.
Al largo plazo esto puede manifestarse en una alteración
en la manera de vincularse. En un extremo, puede aparecer
una importante necesidad de protección, lo cual se mani-
festaría a través de una dependencia emocional intensa,
la cual puede disminuir la capacidad crítica acerca de la
confi abilidad de las otras personas. En el otro extremo,
puede presentarse una manera de vincularse caracterizada
por la desconfi anza y hostilidad excesivas, manifestándose
rechazo al establecimiento de relaciones con mayor grado
de intimidad emocional.
3) Indefensión
Esta dinámica se presenta cuando la voluntad de la vícti-
ma no es respetada, teniendo ésta la sensación de pérdida de
autonomía y control respecto de sus propias conductas. Esta
dinámica lleva rápidamente a la instauración de la impoten-
cia de no poder evitar la repetición de las agresiones.
A largo plazo, la indefensión se puede transformar en
una sensación crónica de vulnerabilidad, la cual se traduce
en miedo y ansiedad constante en relación a la imposibilidad
de controlar lo que ocurre. Esto se traduce fi nalmente en una
disminución del sentimiento de autoefi cacia y de las habilida-
des personales en general. En un extremo, esta sensación de
pérdida de poder puede transformarse en una necesidad dis-
funcional de control sobre los otros y sobre lo que ocurre.
4) Estigmatización
Esta dinámica se refi ere a las connotaciones negativas
que; el agresor y muchas veces los adultos en posición de
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proteger, le adjudican a las agresiones sexuales sufridas y
como éstas quedan ancladas en la narración de lo vivido.
El impacto psicológico de la estigmatización se asocia
a los sentimientos de culpa y vergüenza y por lo mismo a
la mantención del secreto que refi eren las víctimas, senti-
mientos que se anclan en la construcción de la autoimagen.
También puede ocurrir que se tenga la vivencia de ser
diferente de los demás, lo cual se basaría en la idea de que
nadie más ha tenido una experiencia como la propia, a la
vez que por lo mismo piensan que serán rechazados por
los otros. En particular, la mantención del secreto puede
incrementar el sentimiento de estigmatización al reforzarse
la sensación de ser diferente.
Cómo ocurre la consulta
De acuerdo con nuestra experiencia clínica, la con-
sulta inicial puede ocurrir en cualquiera de las siguientes
formas:
1) La persona consulta por un motivo que puede o no in-
cluir la referencia directa a una agresión sexual durante
su infancia-adolescencia.
Una posibilidad es que la historia de agresión sexual es
conectada directamente a la sintomatología o situación que
genera la consulta. Es decir, al aparecer como una expli-
cación del sufrimiento que motiva la consulta, genera casi
de inmediato la posibilidad de un contexto de psicoterapia,
en tanto ofrece un foco de trabajo y permite el inicio de la
construcción de la alianza terapéutica.
Otra posibilidad es que la historia de agresión sexual
esté enmascarada en sintomatología que las personas no
conectan necesariamente con vivencias traumáticas o que de
hacerlo lo realizan de manera confusa y ambivalente. Es la
exploración cuidadosa y dirigida del terapeuta la que trae a
la conversación la posible conexión entre dichas vivencias y
los síntomas o problemáticas actuales. Luego, lo que puede
ser inicialmente una consulta exclusivamente sintomática
puede derivar hacia el establecimiento de un contexto de
psicoterapia. La consulta aquí generalmente tiene elementos
de cronicidad, en tanto estabilidad del cuadro sintomático
y posible compromiso del desarrollo de la personalidad.
Puede haber un número importante de consultas y trata-
mientos anteriores. Resulta necesario considerar siempre
la pertinencia del apoyo farmacológico y una cuidadosa
evaluación (por ejemplo, psicodiagnóstico).
2) La persona consulta por una problemática distinta o del
mismo espectro (por ejemplo, violencia intrafamiliar).
En la interacción terapéutica surge el reconocimiento
de la violencia sexual como un aspecto vivencial no
registrado como tal.
Si la violencia está incluida en la biografía del sujeto y
está ausente en la descripción del motivo de consulta, puede
construirse el contexto terapéutico que incluya y contenga
dichas vivencias traumáticas.
Si la violencia es actual, el contexto que debe construirse
prioritariamente es el de interrupción y protección. Aquí la
interrupción de la situación de violencia es el objetivo prin-
cipal de la intervención inicial. No hay reparación posible
sin protección inmediata y luego sostenida. El terapeuta
debe focalizar sus intervenciones en el reconocimiento del
malestar y en la movilización de acciones destinadas a la
propia protección.
También puede ocurrir que la persona consulte espe-
cífi camente por una situación de agresión sexual ocurrida
recientemente. Aquí, la consulta generalmente es “aguda"
y son aplicables modelos referidos a la intervención en
crisis.
Una guía breve para la psicoterapia
Siguiendo lo sugerido por Llanos y Sinclair (2001), una
guía mínima para orientar un plan psicoterapéutico debe
contemplar al menos los siguientes elementos:
1. Las características del contexto terapéutico.
2. Las etapas dentro del proceso terapéutico y los objetivos
de cada una de éstas.
3. Los focos o temáticas específi cas a tratar.
Características del contexto psicoterapéutico (Lla-
nos & Sinclair, 2001)
1) Construcción de un vínculo terapéutico reparador en sí
mismo.
De acuerdo con Álvarez (2002), para poder ubicar las
situaciones traumáticas como experiencias de la propia vida
y no disociadas en los síntomas, se necesita un espacio in-
terpersonal seguro, predecible y de un vínculo estrecho, que
resista las pruebas de confi anza y compromiso impuestas
por los pacientes.
En este contexto psicoterapéutico toma aun mayor fuer-
za la evidencia empírica y el consenso clínico acerca de que
la calidad del vínculo terapéutico es el factor curativo más
poderoso del cambio en psicoterapia (Jiménez, 1999). La
relación terapéutica tiene que estar basada en el buen trato,
puesto que el mismo vínculo establecido con el terapeuta
opera como reparador, en la medida en que este sirve como
contraste respecto de la relación abusiva que conllevan las
agresiones sexuales.
2) Explicitación del encuadre terapéutico como protector.
De manera de generar un contexto terapéutico seguro
y confi able para quien consulta resulta fundamental que el
encuadre sea explícito. Esto signifi ca que las características
de la relación y del proceso psicoterapéutico, así como
los objetivos de la psicoterapia, deben ser construidos de
manera clara. Mientras más explícito y claro resulta esto,
menor posibilidad hay de que se produzcan impasses que
puedan ser signifi cados como rompimientos de la alianza
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TERAPIA PSICOLÓGICA 2007, Vol. 25, Nº2, 189-198
terapéutica y sobre todo vivenciados como la confi rmación,
ahora en la relación terapéutica, de conductas abusivas hacia
las personas que nos consultan.
En términos prácticos, por ejemplo, crucial es que el
terapeuta gradúe la intensidad emocional de las sesiones,
sobre todo al inicio de la psicoterapia. El terapeuta debe
controlar su deseo de saber, ya que la experiencia muestra
que las personas no se curan por el solo hecho de relatar
detalladamente sus traumatizaciones. Muchas veces la insis-
tencia del terapeuta en motivar el relato de la traumatización
induce rápidamente en quien consulta un aumento abrupto
de la vulnerabilidad emocional e incluso de la sintomato-
logía, lo cual puede explicar deserciones o suspensiones
tempranas del tratamiento.
Para esto es útil generar acuerdos concretos respecto de
los contenidos dentro de la conversación psicoterapéutica,
debiendo quedar el paciente siempre con la posibilidad
de señalarle al terapeuta si considera que determinado
contenido preferiría abordarlo en un momento posterior
de la terapia.
3) Flexibilidad terapéutica.
El trabajo terapéutico con víctimas de agresiones sexua-
les exige que el terapeuta se pueda mover dúctilmente entre
distintas maneras de comprender y abordar clínicamente las
consecuencias en las personas de las agresiones sexuales.
Por otra parte, el terapeuta debe estar atento a que no
todo se explica como un efecto de las agresiones sexuales,
razón por la cual debe estar dispuesto a moverse hacia focos
de trabajo distintos a éste, sobre todo si el consultante así lo
propone. Aun cuando el terapeuta tenga la fi rme convicción
que la traumatización sexual se relaciona directamente con
las difi cultades por las cuales se consulta en el presente,
en ciertas situaciones debe optar por un acercamiento más
indirecto que respete el tiempo del consultante.
Etapas y objetivos del proceso psicoterapéutico
Etapa 1: el alivio sintomático.
A diferencia de otros planteamientos (Dolan, 1997,
en Llanos & Sinclair, 2001) que consideran importante
el reconocimiento del ser víctima y la desculpabilización
como eje inicial y central del proceso de reparación, pen-
samos que la focalización en el alivio de los síntomas y el
dolor o sufrimiento personal que generan la consulta debe
ser el objetivo y la labor específi ca de la primera etapa de
la terapia.
Es más, pensamos por una parte, que una inicial posi-
ción terapéutica desculpabilizadora puede comprometer la
posibilidad de quien consulta de exponer lo más horrible
del proceso de agresión sexual, es decir, la posibilidad de
haber participado como una forma de protegerse. Creemos
que la desculpabilización debe ser consecuencia de un
descubrimiento de quien consulta, más que una revelación
y posición del terapeuta. Esta espera re. exiva no signifi ca
en todo caso, que el terapeuta no pueda invitar desde ya a
la persona a desmitifi car aquellas ideas que se encuentran
a la base de responsabilizarse de lo ocurrido, mediante una
permanente actitud de curiosidad respecto de las signifi ca-
ciones que permiten la construcción de la culpabilidad.
Por otra parte, nuestra experiencia nos ha mostrado dos
aspectos con relación a la idea de ser víctima. Por una parte,
esto puede inducir un rápido y regresivo aumento de la sin-
tomatología, puesto que al caer los mecanismos defensivos
las personas quedan en una posición no acostumbrada de
vulnerabilidad. Por otra parte, hay personas que quedan
atrapadas en la explicación de ser víctimas, lugar desde el
cual también obtienen una serie de benefi cios potenciales
que obstruyen la evolución hacia etapas avanzadas del
proceso de reparación.
Entonces, proponemos que en esta etapa los focos
terapéuticos sean:
a) La construcción de la alianza terapéutica, en la lógica
reseñada respecto del contexto psicoterapéutico apro-
piado para este tipo de casos. Esto no remite sólo al
vínculo terapéutico, sino que también al acuerdo claro
respecto de objetivos y metas del proceso terapéutico,
respetando fuertemente el pedido de consulta.
b) Un papel directivo del terapeuta en la identifi cación y
en el alivio de los síntomas, por ejemplo, solicitando
una consulta farmacológica si resulta pertinenente y
necesario. Este aspecto incluye probablemente no sólo
focalizar en la designación de los síntomas, sino que
también en aquellos aspectos ligados al trauma que
impactan fuertemente la construcción de la imagen del
sí mismo.
Etapa 2: la exploración del trauma.
En este momento del proceso se debe invitar paulati-
namente a la reconstrucción de la historia, esto es, de los
sucesos traumáticos, la reacción de acomodación del sobre-
viviente y de los otros signifi cativos frente a él. El objetivo
de esta etapa es establecer un relato que permita describir
lo ocurrido y contextualizarlo. Resulta fundamental en
esto que la persona sienta plena libertad de decidir qué
está dispuesto a contar, o bien qué necesita y/o considera
conveniente relatar (Durrant & Kowalski, 1996, citados en
Llanos & Sinclair, 2001).
Llanos y Sinclair (2001) plantean tres focos terapéuticos
que nos parece imprescindible rescatar en esta etapa del
proceso que proponemos:
a) La semantización de la experiencia abusiva. Esto alude
a ayudar al otro a simbolizar, representar y poner pa-
labras concretas y precisas que permitan construir un
relato de lo ocurrido. La experiencia nos ha mostrado
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lo fuertemente reparador que resulta para las personas
poder validar sus percepciones respecto de lo ocurrido
y poder tener un relato específi co (ya no confuso) de lo
ocurrido.
b) La reconstrucción del discurso que mistifi ca el abuso.
Siguiendo lo planteado por Perrone y Nannini (1997),
esto consiste en que la víctima pase del lugar de objeto
al de sujeto, de tal manera que pueda convertirse en
observador del abusador, tomar distancia respecto de
éste y animarse a tomar la iniciativa para identifi car y
eliminar la representación mítica que tiene de aquel.
Cuando el abusador vuelve a presentarse como fi gura
humana ante la víctima, pierde su capacidad de mani-
pular y aquella puede traspasar la culpabilidad a quien
verdaderamente la tiene. La descripción del abusador
y de sus maniobras para lograr el abuso permiten a la
víctima colocarse en una posición activa y separada con
respecto al agresor.
c) La contención y elaboración de los sentimientos aso-
ciados a la vivencia del abuso y el relato del mismo.
Barudy (2005) plantea que una de las manifestaciones
más importante del daño producto de las agresiones
sexuales se da en el ámbito de las emociones. La
culpa, la vergüenza, el miedo, la rabia, la tristeza y la
angustia son emociones que ciertamente surgirán en el
transcurso de la conversación terapéutica. La reexpe-
riencia emocional y la comprensión de éstas, asociada
a la capacidad del terapeuta de tolerar pensamientos y
dichas emociones consideradas previamente como into-
lerables por el paciente, puede ser muy importante como
factor curativo o de cambio. Nuevamente vale la pena
recordar que se debe ir graduando la intensidad de las
sesiones, siguiendo el timing del otro, cuidando hablar
excesivamente del abuso pues esto puede amplifi car el
daño emocional propio de la traumatización (Barudy,
1999, citado en Llanos & Sinclair, 2001).
Finalmente, queremos considerar otro foco específi co
derivado de nuestra experiencia y que permite ir construyen-
do el paso hacia la siguiente etapa. De manera no infrecuen-
te, en la construcción del relato de lo ocurrido, las personas
focalizan su mayor dolor en la ausencia de protección por
parte de quienes estaban en posición de cumplir aquello. La
capacidad de protección o competencia parental se mide en
el grado de reconocimiento de la situación abusiva y en las
acciones que se toman hacia la persona identifi cada como
agresor, traduciéndose esto en la disposición efectiva a la
interrupción inmediata de la situación abusiva.
Pareciera ser que muchas veces las personas suelen
sobrevivir, sobre la base de sus propios recursos, bastante
bien a las agresiones sexuales en sí mismas, no ocurriendo
lo mismo respecto de la relación establecida con quienes
debían cuidarlos. Creemos que en la medida que hay reco-
nocimiento del trauma, éste se “disemina" de forma mucho
menor en la construcción de la imagen del sí mismo y de la
personalidad. Esto confi rma que el apoyo social percibido
por la víctima posterior a la revelación de la agresión, es
crucial en el pronóstico del daño causado por la misma.
Esta mirada permite también una re. exión adicional
respecto del tema del secreto. Pensamos que el secreto no
sólo se construye en la dinámica propia del proceso de la
agresión sexual. La mantención del secreto es en alguna me-
dida una metáfora de la calidad del vínculo entre la víctima
y su cuidador, de manera que respecto de éste la víctima
también se hace cargo de la responsabilidad de lo ocurrido,
lo cual aumenta su vulnerabilidad y fragilidad al momento
de poder revelar lo que ha pasado y validar internamente
lo sucedido. Luego, el dolor es doble: el sufrimiento de
haber sido víctima de abusos sexuales, y la posibilidad de
colocar en el otro a través de la revelación un dolor donde,
aparentemente, no existía.
Etapa 3: la conexión de lo actual con lo ocurrido y
el reconocerse como sobreviviente.
El objetivo de esta etapa es “transportar" lo relatado del
allá y entonces al aquí y ahora, intentando vincular el relato
con el motivo que originó la consulta.
En este punto, nuevamente el trabajo de Llanos y
Sinclair (2001) ofrece lucidez respecto de los focos tera-
péuticos:
a) Reconocer las consecuencias de la traumatización en
el desarrollo vital, poniendo énfasis en aquello que se
conecta con lo sufrido actualmente. Creemos que aquí
se debe hacer un esfuerzo por ayudar a distinguir los
efectos en el pensamiento respecto de sí mismo (auto
imagen) y el pensamiento respecto de las relaciones
con los otros. En este momento del proceso la conten-
ción y el reconocimiento por sí solo no bastan, pues la
conversación terapéutica debe ir ofreciendo alternativas
de comprensión y de cambio, de manera que el alivio
aparezca como algo viable en la vida actual de la per-
sona.
b) Identifi car la manera en que se sobrevivió y las formas
en que se fueron superando las consecuencias de la
agresión. Esto supone rescatar todos los esfuerzos de
la persona para poder sobrevivir a la agresión. Esto es
crucial, pues la víctima puede lograr redefi nir su aco-
modación a la agresión como un proceso adaptativo
esperable y no como participación y aceptación de lo
ocurrido. Perrone y Nannini (1997) enfatizan que se
debe invitar al otro a diferenciar la excitación del deseo,
la pasividad del consentimiento y la participación de la
responsabilidad, siendo éste el paso más difícil desde
el punto de vista terapéutico, pues implica abordar los
aspectos más confusos, contradictorios y complejos de
la experiencia de abuso sexual.
c) Identifi cación de las áreas libres de abuso. La explora-
ción de este aspecto implica sostener que la agresión
196
FRANCISCO IBACETA WATSON
TERAPIA PSICOLÓGICA 2007, Vol. 25, Nº2, 189-198
sexual no provoca inevitablemente problemas de salud
mental, es decir, las personas agredidas sexualmente
tienen recursos para resolver las difi cultades que se les
presentan y áreas vitales que han sido competentes.
Etapa 4: la integración del trauma y la construc-
ción del futuro.
El objetivo de esta etapa es situar al proceso traumáti-
co como un momento específi co del desarrollo vital de la
persona, es decir, el trauma se integra en la medida que se
va haciendo ceder aquellos mecanismos defensivos que
permitieron adaptarse a la situación traumática. Cuando en
las relaciones actuales aquellos mecanismos adaptativos se
. exibilizan e incluso desaparecen se entiende que la persona
recupera grados de libertad que hasta ese momento no tenía
producto de lo vivido. Signifi ca también que la persona
puede acceder a una construcción distinta de la historia de
sí mismo y acotar y disminuir el impacto de las agresiones
sexuales sufridas.
Los focos terapéuticos específi cos que proponemos
son:
a) Celebrar el sí mismo y el haber sobrevivido rescatando
los propios recursos que permitieron eso. Esto implica
apropiarse de la identidad y saber que se cuenta con uno
mismo, desplegando los propios deseos e iniciativas.
Se acepta que en la vida cotidiana se construye una
idea del futuro, desarrollando un sentido de la propia
autonomía.
b) Liberarse de la mentalidad de víctima. Esto implica que
la capacidad de perdonarse y exonerar a los otros se ha
incrementado, a propósito de la re. exión de lo ocurrido
2
.
Es decir, se ha colocado la experiencia abusiva como
un momento acotado del desarrollo vital. Para esto es
crucial chequear que la persona concibe que los resulta-
dos terapéuticos positivos se han forjado a través de los
propios recursos y a pesar de lo experiencia traumática
vivida.
c) Establecer lazos de confi anza apropiados. Esto implica
que se debe hablar explícitamente de todo aquello que
puede favorecer indirectamente establecer una relación
potencialmente abusiva. Por ejemplo, esto puede tra-
ducirse en estar en condiciones de mantener una mejor
2
Para Perrone y Nannini (1997), la condición de éxito terapéutico está
menos ligada a la realidad de la reparación que a la de la propia volun-
tad del sujeto de reclamar lo que se le debe. Por ello, la ausencia del
abusador o su negativa a reconocer su falta no son obstáculos para el
cumplimiento de este objetivo, el cual es crear en la víctima una fuerte
determinación para exigir reparación. Complementando esto, Barudy
(1998) sostiene que en ausencia del pedido de perdón o de acciones
de reparación, la víctima puede exonerar a su agresor y a los terceros
involucrados en el sistema abusivo, de manera de continuar su vida
adelante.
relación de pareja y tener la sensación de control sobre
la vivencia de la sexualidad.
d) Disminuir la intensidad de la relación terapéutica. Esto
supone la conversación explícita acerca de la relación y
la despedida del terapeuta, con la implicancia de emo-
ciones que implica un cierre terapéutico relativamente
exitoso.
Criterios de mejoría
Siguiendo lo señalado por Harvey (1990, citado en
Arstein, 1999) se proponen algunos criterios para evaluar
si existe mejoría respecto de las áreas que frecuentemente
se ven afectadas a propósito de haber sufrido agresiones
sexuales, las que tal como se ha expuesto derivan en diver-
sos motivos de consulta. Estos criterios serían:
1) Que los síntomas que motivaron la consulta se tornen
al menos manejables, es decir, que desde la perspectiva
del consultante haya un mejoramiento signifi cativo de
aquellas áreas afectadas por las consecuencias de la
traumatización sexual. Se debe en cualquier caso señalar
que puede quedar una susceptibilidad a reaccionar sin-
tomáticamente frente a aquello que recuerde el trauma.
En tal sentido, se puede construir un acuerdo acerca de
en qué situaciones se puede volver a consultar.
2) Que se puedan vivenciar las emociones asociadas a la
traumatización con un efecto de “memoria de trauma",
esto es, que “cada vez que se recuerda la victimización
sexual dicho recuerdo duela menos". Se establece así un
relato de vida en donde el trauma nunca será borrado,
pero puede ubicarse en un tiempo y en un espacio aco-
tado. Lo anterior lleva a percibir y sentir que la situación
abusiva se constituye en una experiencia de vida y que
las conductas de abuso no son sinónimos de la persona,
sino que deben ubicarse como experiencias traumáticas
acotadas (Alvarez, 2002).
3) Que los recuerdos traumáticos ya no se impongan de
manera intempestiva, salvo que se decida examinarlos
voluntariamente. De esta manera, la intrusión angus-
tiosa de las vivencias pasadas, ancladas como efecto
postraumático, cede ante la posibilidad de examinarlas
sin la reacción fi siológica automática y habitual.
4) Que exista un mejoramiento de la autoestima que se
expresa en un cambio positivo en la autoimagen, lo
cual se ve re. ejado en un aumento de la competencia
personal en diversos ámbitos signifi cativos de la vida
personal.
5) Que las relaciones interpersonales signifi cativas se
conserven y mejoren. Crucial resulta aquí la defi nición
de la relación con el adulto que estaba en posición de
proteger, lo cual va a depender intensamente del grado
de internalización de la responsabilidad por no haber
protegido y de la capacidad consecuente de ésta para
197
AGRESIÓN SEXUAL EN LA INFANCIA Y VIAJE AL FUTURO: CLÍNICA Y PSICOTERAPIA EN LA EDAD ADULTA
TERAPIA PSICOLÓGICA 2007, Vol. 25, Nº2, 189-198
reparar el dolor causado. Si esto no ocurre se debe
tener una noción de cómo la persona integró y elaboró
la desprotección que facilitó las agresiones y si pudo
exonerar a las personas para seguir adelante.
Comentarios fi nales
Si bien no es posible establecer que la agresión sexual
infantil sea un factor etiológico único y específi co en el
desarrollo de trastornos psiquiátricos en la adultez, se ha
reportado que existiría una relación manifi esta entre ésta
y el desarrollo de morbilidad en salud mental en la vida
adulta. En particular, quisiera destacar que se ha sugerido
que existe un período crítico en el desarrollo del ser humano
en el que la experiencia de trauma puede conllevar cambios
neurobiológicos permanentes, que aumentan la posibilidad
de desarrollar trastornos de ansiedad y del estado del ánimo
como respuesta a la experiencia de otros estresores poste-
riores en la vida de la persona.
En un ámbito en donde la neurobiología juega un rol
fundamental, la psicoterapia individual debe contemplarse
como posibilidad cuando en la base de los trastornos de
salud mental se encuentra una biografía que incluye trauma.
La experiencia de ser reconocido en el sufrimiento deve-
nido del trauma, el silencio y la falta de protección, puede
signifi car la piedra angular de la reparación del daño y el
alivio de los síntomas.
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