Terapia psicológica
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
sochpscl@entelchile.net
ISSN (Versión impresa): 0716-6184
CHILE
2007
Susana Morales Silva / María Pía Santelices Álvarez
LOS MODELOS OPERANTES INTERNOS Y SUS ABORDAJES EN PSICOTERAPIA
Terapia psicológica,
diciembre, año/vol. 25, número 002
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
Santiago, Chile
pp. 163-171
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Universidad Autónoma del Estado de México
http://redalyc.uaemex.mx
Los Modelos Operantes Internos y sus Abordajes en Psicoterapia
Working Models in Adult Attachment and Psychotherapy Interventions*
Susana Morales Silva
María Pía Santelices Álvarez
Pontifi cia Universidad Católica de Chile, Chile
(Rec: 12 de octubre 2007 - Acept: 23 de noviembre 2007)
Resumen
Este artículo presenta una discusión sobre las aproximaciones teóricas acerca de los estilos de apego adulto y
su abordaje en Psicoterapia. Para ello se aborda la medición del apego en el adulto; se revisan las investiga-
ciones actuales en el tema y se discuten alternativas psicoterapéuticas más utilizadas en este campo. Para el
abordaje de los Modelos Operantes Internos, se revisa un método basado en la mentalización y que sugiere
el reconocimiento de los factores involucrados en buenas relaciones interpersonales, los que se aplicarían a
la relación terapéutica y a otras relaciones interpersonales. Se revisa también un método grupal, que explora
las reacciones de los pacientes en una versión modifi cada del instrumento Adult Attachment Interview. Por
último, se discuten las con. uencias de los diferentes abordajes terapéuticos, destacando como factor común
la importancia de la alianza terapéutica.
Palabras Clave: Modelos operantes internos, apego adulto, psicoterapia.
Abstract
This article presents a theoretical review about adult attachment styles and how they can be approached
in Psychotherapy. The review takes into consideration some measurements of adult attachment; present
investigations that are reviewed, and some psychotherapeutic alternatives to produce cognitive change are
suggested.
The article deals with the concept of Working Models, by examining a method that suggests the recognition
of the factors involved in good interpersonal relationships. This would be applied to the therapeutic relatio-
nship and to other interpersonal relationships.
In a modifi ed version of the Adult Attachment Interview, the evaluation also includes a group method that
explores patients’ reactions. Finally, the con. uence of different therapeutical approaches is discussed, em-
phasizing the importance of the therapeutic alliance as common factor.
Key words: Working models, adult attachment, psychotherapy
Correspondencia a: Susana Morales Silva. E-mail:
sus.mosi@gmail.com
María Pía Santelices Álvarez. E-mail:
msanteli@uc.cl
* La elaboración de este artículo contó con el fi nanciamiento otorgado por Fondo Nacional de Desarrollo Científi co y Tecnológico FONDECYT Nº
1070839
TERAPIA PSICOLÓGICA
2007, Vol. 25, Nº 2, 163-172
Copyright 2007 by Sociedad Chilena de Psicología Clínica
ISSN 0716-6184 (impresa) · ISSN 0718-4808 (en línea)
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SUSANA MORALES SILVA / MARÍA PÍA SANTELICES ÁLVAREZ
TERAPIA PSICOLÓGICA 2007, Vol. 25, Nº2, 163-172
Del Apego a los Modelos Operantes Internos.
La teoría del apego se defi ne como la tendencia de las
personas a desarrollar lazos afectivos signifi cativos por par-
te de los bebés y sus cuidadores principales. Esta tendencia
natural e inicial en la vida se va traduciendo en las conductas
que van desarrollando los niños para conseguir proximidad
de las fi guras de apego, ya sea en momentos de difi cultad,
miedo o ansiedad. Permiten la autoconservación y la su-
pervivencia del infante. Estas formas de comportamiento
surgen a partir de representaciones mentales internalizadas,
denominadas “estilos de apego", que posteriormente en el
adulto se les ha llamado “Modelos Operantes Internos" de
las interrelaciones (Bowlby, 1969).
Bowlby (1995) afi rma que, una vez construidos estos
modelos representacionales de los padres y de la interacción
con ellos, tienden a persistir de manera relativamente estable
a lo largo del tiempo y a operar a nivel inconsciente. Así,
una pauta de apego de un niño pequeño estará en directa
sintonía con los modelos de sus padres, en especial con
el de su madre o cuidador(a) principal (Bowlby, 1995;
Bretherton, 1999; Fonagy, 1999; Fonagy, Gergely, Jurist
& Target, 2002).
Los modelos operantes internos (MOI) se comprenden
como esquemas o mapas internalizados en cada individuo,
los que representan una realidad constituida por personas y
objetos signifi cativos para el individuo. Se trata de un mapa
representacional cognitivo-afectivo-dinámico que ayuda al
sujeto a ingresar a una realidad compartida, en la que cada
uno de sus integrantes tiene una mente individual, con de-
seos, planes, necesidades, las que necesitan ser conocidas o
inferidas para relacionarse entre las personas. Una función
de los modelos operantes internos es fi ltrar la información
acerca de sí mismo y del mundo exterior, pudiendo coexistir
varios MOI de sí mismo y de las otras personas, los que
pueden mantenerse apartados unos de otros, o bien pueden
unirse a través de procesos integradores (Bowlby, 1969).
Los MOI permiten al individuo, la posibilidad de percibir
acontecimientos, pronosticar el futuro y construir planes. De
esta manera, aplicado el concepto a las fi guras de apego, los
MOI posibilitan a la persona el hecho de saber quiénes son
las fi guras de apego, dónde se pueden encontrar y cómo se
puede esperar que respondan, en el sentido de cuán dispo-
nibles se encuentran al momento de ser necesitadas, ya sea
ante el temor, el estrés o el desamparo (Marrone, 2001).
Una vez construidos, estos modelos representacionales
de los padres y de la interacción con ellos, tienden a persistir
de manera más o menos estable a lo largo del tiempo y a
operar a nivel inconsciente (Bowlby, 1995). De manera
que la pauta de apego de un infante se formará en relación
con los modelos de sus padres, más particularmente con el
modelo de su madre o cuidador(a) principal (Bowlby, 1995;
Bretherton, 1999; Fonagy, 1991, 1999; Fonagy, Gergely,
Jurist & Target, 2002).
La dimensión Operativa del concepto es posible com-
prenderla como un proceso interno. Es decir, un aspecto
dinámico y cambiante de la representación psíquica, en
que por una parte, el modelo representado no es un mapa
imperturbable y estático, pudiendo variar en el tiempo y por
otra parte, “pulsa" interiormente al individuo y lo lleva a
relacionarse con el entorno (Bretherton, 1985).
Necesario resulta consignar, el carácter primario del
vínculo de apego, en el sentido de que se trata de una ne-
cesidad que no se supedita a otras necesidades básicas tal
como la alimentación, por ejemplo. Los modelos internos
operan activamente sobre el individuo para que éste actúe
sobre su entorno, en busca de proximidad con sus fi guras
de apego, por lo que pueden activarse o desactivarse, según
las necesidades dadas por las circunstancias (Pinedo &
Santelices, 2006).
Peterfreund, desde una mirada psicoanalítica, sostuvo
en 1983 que los Modelos Operantes Internos representan
experiencia de la vida y del entorno directo del sujeto. Sin
embargo, Marrone (2001) plantea que el término se utili-
zaría más en un sentido de una organización de represen-
taciones sobre uno mismo y en relación con otras personas
signifi cativas.
Los modelos se regulan de manera homeostática, permi-
tiendo que un individuo mantenga su relación con la fi gura
de apego entre ciertos límites de distancia o de acceso. De
esta manera, los MOI operan para interpretar, regular y pre-
decir la conducta, los pensamientos y los sentimientos, tanto
de las fi guras de apego, como las de sí mismo, facilitando
la creación de planes para la organización de la conducta
(Bolwby, 1995).
Con respecto a la defi nición de la dimensión Interna del
concepto, es posible comprenderla en el sentido en que las
representaciones acerca del mundo y del propio individuo,
son propias y se construyen a lo largo de la experiencia de
la persona. Los MOI proporcionan reglas para organizar la
atención, la memoria, el pensamiento y el lenguaje. El grado
de claridad y coherencia de la narración de la historia de las
propias relaciones de apego de una persona, constituiría un
indicador del grado de desarrollo de la propia organización
representacional (Bowlby, 1973).
La forma de adquisición de los Modelos Operantes Inter-
nos de los individuos se sostiene en las experiencias reales
de la vida del niño, más precisamente, en las interacciones
cotidianas con los padres. El resultado de estas experiencias
es una imagen internalizada sobre la forma en que el niño se
siente en relación con sus padres, la manera en que el infante
se siente con respecto a sí mismo, el modo en que espera
que lo traten y la forma en que planifi ca su propia conducta
con respecto a ellos. De este modo, los MOI hacen posible
la organización de la experiencia subjetiva e intersubjetiva,
así como la experiencia cognitiva y la conducta adaptativa
de las personas, frente a los demás y al medio que lo rodea
(Bowlby, 1973).
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LOS MODELOS OPERANTES INTERNOS Y SUS ABORDAJES EN PSICOTERAPIA
TERAPIA PSICOLÓGICA 2007, Vol. 25, Nº2, 163-172
El proceso de internalización de los Modelos Operantes
Internos in. uye en el grado de seguridad que tienen los
niños de contar con sus fi guras de apego en momentos
de ira, desamparo, temor y tristeza. Es decir, el grado de
accesibilidad que tengan los cuidadores al momento de ser
requeridos por sus hijos, permite a los niños pronosticar y
prever la certeza con que pueden contar con sus cuidadores.
Posibilita también la capacidad de reconocer a sus fi guras
de apego como personas que son independientes de él mis-
mo, con sus propios pensamientos, deseos y necesidades
(Bowlby, 1973).
Por otra parte, las cualidades defi nitorias de los MOI
están basadas en al menos dos criterios. El primero es la
representación de una fi gura de apego, que en general
responderá a las solicitudes de apoyo y protección y un
segundo criterio que se refi ere a la representación de sí
mismo como una persona a quien cualquiera, en especial
la fi gura de apego, le ofrecerá su apoyo. Se destaca también
que los MOI se forman, no sólo en presencia de la fi gura de
apego, sino que también como resultado de los esfuerzos del
sujeto cuando trata de reunirse con el otro en su ausencia o
las respuestas emocionales cuando trata de adaptarse a la
separación (Marrone, 2001).
En las etapas tempranas, que confi gurarán el estilo de
funcionamiento adulto, conductas del bebé tales como la
búsqueda de proximidad, la sonrisa, el colgarse al cuello
de la madre, son correspondidas con conductas de apego
del adulto como tocar, sostener y calmar. La activación de
conductas de apego depende entonces de la evaluación por
parte del infante de un conjunto de señales del entorno que
dan como resultado la experiencia subjetiva de seguridad
o inseguridad (Fonagy, 1999).
El niño, para poder desenvolverse en la realidad, necesita
lograr una constancia objetal que le posibilite la percepción
del mundo como estable en el tiempo e independiente de él
mismo. Puede representarse al mundo con representaciones
de primer orden, es decir, poblado de objetos y de fi guras
signifi cativas, ingresando a un mundo compartido con una
cierta estabilidad perceptual. Luego percibe a sus fi guras
de apego como seres con intenciones, lo que le posibilita
al niño el poder adueñarse de su experiencia interna, com-
prenderse a sí mismo y a las demás personas como seres
intencionales cuya conducta está organizada por estados
mentales, pensamientos, sentimientos, creencias y deseos
(Fonagy, 1999).
Las representaciones de segundo orden que surgen en
el niño, son posibles al momento de ver el mundo de las
relaciones como intencional, al entrar al mundo intersubje-
tivo, lo que se manifi esta por primera vez a los nueve meses
de edad. Con la intencionalidad compartida se inaugura,
aunque de manera elemental, el uso de los símbolos, lo que
permite captar y sintetizar diferentes facetas de una misma
interacción y la generalización de estas interacciones hacia
nuevos contextos. Estableciendo esta intencionalidad com-
partida, un espacio intersubjetivo fértil para el desarrollo
emocional y psicológico del niño (Fonagy, 1999).
Fonagy (1999) acuña el término de función re. exiva en
las personas, la que se entiende como la capacidad humana
de entenderse entre los individuos en términos de estados
mentales (pensamientos, sentimientos, creencias y deseos),
con el propósito de otorgar sentido y de anticipar las reac-
ciones de los demás. A esta función humana también se le
llama teoría de la mente o mentalización y se defi ne como
la comprensión de la conducta de uno mismo y de los demás
en términos de estados mentales. Se trata de la capacidad
cognitiva de inferir estados mentales en sí mismo y en los
demás; implica un componente, tanto autorre. exivo como
interpersonal, que permite distinguir la realidad interna de la
externa, lo real de lo fi cticio y los procesos intrapersonales,
mentales y emocionales de la comunicación humana. Crea
una sensación de continuidad de la experiencia, la identidad
del Yo y la emergencia de una estructura mental consistente
en el tiempo y soportada en los modelos operantes internos
del individuo.
El reconocimiento de los estados mentales del otro,
su valoración y su interpretación son cruciales para el
desarrollo de la capacidad de re. exión sobre situaciones
intersubjetivas. Esta habilidad, que se adquiere alrededor
de los cuatro años y medio, permite al niño predecir las
consecuencias de los eventos interpersonales, aunque la
adquisición de la teoría de la mente, se puede argumentar
que nunca es alcanzada totalmente (Fonagy, 1999).
El nivel más sofi sticado de la función re. exiva, agrega
Fonagy (1999), surge en el marco de relaciones de apego
seguras y puede ser predecible en un individuo, a partir
de la calidad de la relación de apego que se tenía con los
cuidadores y de su propia capacidad mentalizadora. Los
padres con una alta capacidad re. exiva son capaces de
proveer un apego seguro al niño debido a que comprenden
sus propios estados emocionales y son capaces de regular
sus propias reacciones y las relaciones con sus hijos; sus
comunicaciones no presentan distorsiones serias. Pueden
promover un diálogo re. exivo con sus hijos y los demás
miembros de su familia.
En lo que concierne al mecanismo para la adquisición
de la teoría de la mente como modelo interno, Pinedo y
Santelices (2006) remarcan la importancia del papel de
los cuidadores para el desarrollo de una teoría de la mente.
De esta manera, al poseer un modelo operativo interno, el
adulto responde a los requerimientos de cuidado, desde su
propio modelo. La representación que tiene la mamá, por
ejemplo, del afecto de su hijo, es representada por éste y
mapeada desde su propio modelo interno.
Si los modelos operantes son muy estereotipados y
rígidos, plantea Fonagy (1999), el re. ejo será demasiado
exacto o distorsionado, de manera que el niño no puede
reconocerse en el otro. Por otro lado, los cuidadores seguros
le dan la posibilidad al niño de que pueda reconocer sus
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emociones como análogas, pero no con igual forma, con lo
que se hace posible el proceso de formación de símbolos.
De esta manera, cuando un cuidador se relaciona con su
bebé, se ponen en juego mecanismos homeostáticos que
regulan a ambas personas en la relación, por una parte, el
niño necesitado de ser satisfecho en lo que necesita bioló-
gicamente y psicológicamente y por otro lado, una madre
atenta, con su hijo en mente. Si la madre tiene en mente
los estados mentales de su hijo, la devolución que haga de
ese estado mental será más precisa y con una mayor lectura
de mente, de lo que justamente necesitaba el niño. De esta
manera, una actitud mentalizadora favorece en el infante la
emergencia en su mente de creencias, sentimientos e inten-
ciones, que le permitirán en el futuro controlar sus propias
reacciones emocionales, afectivas e interpersonales, a través
del desarrollo de sus propios modelos operantes internos que
funcionarán en la adultez y que lo llevarán a pensar acerca
de sí, de los otros y de los vínculos con los otros.
Respecto a la relación entre apego inseguro en la infancia
y posteriores modelos inseguros en la adultez, los niños que
crecen en familias de riesgo, pierden la oportunidad de recibir
adecuadamente las bases para un desarrollo saludable y se ven
sumergidos en problemas relativos a lo emocional, cognitivo,
evolutivo, físico y moral, creciendo de modo que perpetúan
el ciclo con sus propios futuros niños. La investigación ha
indicado que en más del 80% de las familias de alto riesgo, se
observan situaciones disfuncionales que se expresan en algún
tipo de abuso, negligencia, extrema pobreza, abuso de sustan-
cias, violencia doméstica, historia de maltrato, depresión y
otros desórdenes psicológicos, existiendo 800.000 niños con
severos trastornos en el apego, según señalan las estadísticas
a nivel de los Estados Unidos (Rozenel, 2006).
Aquellas personas que comienzan sus vidas con situa-
ciones de apego disruptivas, corren el riesgo de adquirir
serios problemas en su desarrollo, con sus correspondientes
consecuencias en la vida adulta. Estas difi cultades pueden
verse manifestadas en características tales como: autoestima
disminuida; alta dependencia; descompensación frente a la
adversidad; presentan una falta de autocontrol; incapacidad
de mantener o desarrollar amistades, oposicionismo frente a
los adultos, actitudes antisociales, agresividad y violencia.
Manifi estan también difi cultad para confi ar, les cuesta lograr
intimidad y afecto con otros. Por otro lado, estos niños y
jóvenes tienen problemas de rendimiento académico en el
colegio y en su vida, suelen perpetuar, cuando llegan a ser
adultos, el ciclo de maltrato y de trastornos en el apego, con
sus propios hijos (Rozenel, 2006).
Detección de trastornos del apego en el adulto
Atkinson y Zucker (1997) explican algunas de las ma-
nifestaciones del apego en el adulto y las implicancias en
las relaciones interpersonales. Señalan que la evidencia en
las investigaciones sostiene que la pérdida de relaciones
basadas en el amor en la primera infancia, constituye un
estresor poderoso después de la primera infancia y a lo
largo de la vida, que afecta a las relaciones interpersonales.
Por otro lado, una infancia temprana, que cuenta con un
cuidado afectuoso, constituye un protector contra el estrés
en los adultos de todas las edades (Hazan & Shaver, 1994,
Parkes et al., 199, Rutter & Rutter 1993, citados en Atkinson
& Zucker, 1997).
Se observa en estilos de apego inseguro, la tendencia
a negar las experiencias negativas; una incapacidad de re-
evocar los sentimientos negativos; a idealizar la imagen de
los padres y a preocuparse en forma extrema por ellos. Es
necesario para un desarrollo saludable de la personalidad,
tener accesible a la memoria tanto las experiencias gratifi -
cantes, como aquellas experiencias dolorosas, lidiar con el
dolor e integrarlo en una positiva mirada del propio self.
(Atkinson & Zucker, 1997)
Considerar a todas las relaciones interpersonales en
términos de la calidad del apego, sería sin embargo un error.
Por ejemplo, una mujer que se involucra intensamente con
su bebé y tiene problemas con su marido, o un niño celoso
ante el nacimiento de su hermano, son reacciones humanas
esperables, que no estarían necesariamente relacionadas con
difi cultades en el apego (Atkinson & Zucker, 1997).
Con respecto a la medición del apego, existen algunas
herramientas tales como la Adult Attachment Interview, la
que se trata de un procedimiento para medir las estrategias
de los adultos para prevenir peligros y protegerse de ellos,
en particular de aquellos peligros asociados a sus vínculos
más cercanos. Crittenden, en el 2003, hizo una proposición
de esta herramienta basada en una expansión de la teoría de
Bowlby y Ainsworth. También George, Kaplan y Main en
1996 propusieron una extensión del procedimiento diseñado
por Main y Goldwin en 1986, con el propósito de medir
estas conductas.
Marrone (2001) operacionaliza la detección clínica de
los trastornos en apego, a través de algunos instrumentos
para su medición, tales como La Entrevista de Apego
Adulto (Adult Attachment Interview) propuesta por Main
y Goldwin (1986, 1996) y entrega un esquema de evalua-
ción de los Modelos Operantes Internos y de los procesos
metacognitivos asociados, los que se manifi estan en la
asociación libre y en el uso del lenguaje. Aporta también,
la posibilidad de identifi car las defensas contra la insegu-
ridad de apego y ansiedades concomitantes, permitiendo
esclarecer las estrategias para mantener una organización
interna y la noción de conexión con los otros.
En lo que concierne a la detección clínica de pacientes
adultos con trastornos en el apego, Bateman y Fonagy
(2000) señalan, refi riéndose a individuos con trastornos de
personalidad, que es posible detectarlos por sus difi cultades
interpersonales, las que tienden a ser con. ictivas y tormen-
tosas. Tratándose de personas con distorsiones considera-
bles de la representación del apego, que probablemente han
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sufrido maltrato o abandono en la infancia. Postula que estos
niños habrían enfrentado el maltrato, rechazando captar los
pensamientos de sus fi guras de apego, evitando tener que
pensar en los deseos de sus cuidadores de hacerles daño,
lo que los lleva a operar con impresiones esquemáticas e
imprecisas sobre los pensamientos y los sentimientos de
los demás (Bateman & Fonagy, 2000).
Para la comprensión clínica es necesario considerar que
la función re. exiva y el contexto de apego son la base para
la organización del self, siendo fundamental la internaliza-
ción de la imagen que el cuidador(a) tiene del infante como
de un ser intencional, quedando trazada la representación
emergente del self del infante en el self constitucional. En
el caso de maltrato, la representación no se corresponde con
la experiencia primaria del infante, donde la intencionalidad
hostil del cuidador excluye una imagen del self coherente.
La experiencia interna no encuentra la comprensión externa
y permanece confusa, sin nombrar, y el afecto contenido
genera más falta de regulación. Una imagen del self cohe-
rente es, por otro lado, una visualización de la experiencia
interna que logra coherencia en la comprensión externa de
los vínculos cercanos (Bateman & Fonagy, 2000).
Desde otra perspectiva, Ruiz y Cano (2005) proponen
un sistema de evaluación de vínculos afectivos que permite
detectar trastornos en el apego. Sostienen que en la psicote-
rapia, la relación entre el terapeuta y el paciente entrega una
experiencia emocional correctiva, resultando un proceso
de reeducación emocional que facilita la adaptación a la
realidad. Para conseguirlo hay que detectar los patrones de
relación del paciente y ofrecer un contexto de modifi cación.
Para ello utilizan técnicas cognitivas de modifi cación de la
conducta.
Guidano y Liotti en 1983 y Mahoney en 1988, han
elaborado teorías referentes al desarrollo, estabilidad y
cambio de las estructuras cognitivas y su conexión evolu-
tiva con los vínculos afectivos tempranos como contexto
de formación.
Ruiz y Cano (2005) afi rman que ni los clínicos cogniti-
vos tradicionales, ni los constructivistas han empleado de
forma sistemática y conciente la relación terapéutica como
vía de cambio cognitivo en sí misma. Defi nen la cognición
interpersonal como el conjunto organizado de signifi cados
personales, que se han desarrollado en las relaciones del
niño con sus padres y otras personas signifi cativas de su
vida, que contienen los patrones de pensamiento-afecto y
conducta que el individuo despliega en situaciones inter-
personales o sociales.
Los patrones diseñados se relacionan a nivel cognitivo,
con atribuciones, expectativas y evaluaciones respecto a
sí mismo y otros en situaciones interpersonales. Señalan
que las interacciones con otras personas suelen derivar de
los esquemas cognitivos tempranos. Aunque el individuo
aprende habilidades sociales a lo largo de todo su desarrollo,
en donde tiende a repetir un esquema previo de relación,
principalmente en aquellas situaciones que le demanden
una fuerte respuesta emocional. Agregan Ruiz y Cano
(2005) que el concepto de cognición interpersonal sería
paralelo a los conceptos planteados por Beck (1979), de
signifi cado personal, distorsiones cognitivas y pensamientos
automáticos.
Con el propósito de evaluar los vínculos afectivos en un
individuo, de manera de orientar la intervención psicotera-
péutica, se propone un método de tres pasos: Considerar el
patrón de comportamiento de apoyo del paciente, a partir
de cómo se relaciona con otros, consigo mismo y con el
terapeuta. Un segundo paso es recoger su historia personal
en lo que se refi ere a separaciones y encuentros con otros y
un tercer paso es prestar atención a las discrepancias como
guía de hipótesis de disociación cognitiva. Este proceso de
evaluación permite ir guiando la intervención en la psico-
terapia, la relación terapéutica como vía de cambio de la
cognición interpersonal (Ruiz & Cano, 2005).
Entre los clínicos de orientación psicodinámica-cogniti-
va, se encuentra la proposición que realiza Watchel (1977),
quien ha desarrollado un modelo que intenta integrar la
terapia psicodinámica y la conductual, relacionando as-
pectos cognitivos y relacionales. Se destacan entre estos
conceptos los siguientes: Selectividad interpersonal, que
se refi ere a que las personas seleccionamos aquella gente
con la que interactuamos y evitamos a aquella que pueda
modifi car nuestros hábitos y patrones personales. Hace-
mos también que se comporten con nosotros de un modo
complementario a nuestra conducta, siendo esta actividad
regida por esquemas cognitivos personales. Las experien-
cias tempranas son importantes para la formación de los
esquemas cognitivos, especialmente cuando son reforzadas
por experiencias posteriores, lo que va produciendo sesgos
en el desarrollo. Las posibilidades de cambio dependen de
los contextos sociales y relacionales de las personas, ofre-
ciéndole las nuevas situaciones de la vida del individuo,
la oportunidad de modifi car los sesgos del desarrollo y de
revisar sus esquemas cognitivos.
Garrido-Rojas (2006) sostiene que las difi cultades en
las interrelaciones, propias de estilos de apego disfuncio-
nales, suelen estar asociadas a problemas de desregulación
emocional, que tienen sus concomitante en el plano de la
salud física, existiendo ciertas emociones dañinas para la
salud física, entre las que pueden destacarse la ira, ansie-
dad, hostilidad, que pueden llevar a enfermedades como
la hipertensión, el cáncer o afecciones cardíacas, entre
otras afecciones. En otro sentido, en un funcionamiento
seguro, un individuo que presenta emociones habituales
como alegría, confi anza, seguridad y tranquilidad, tendría
un mayor bienestar en la salud. De este modo, las afeccio-
nes en la salud pueden constituirse en indicadores de la
regulación emocional de las personas y de sus estilos de
apego. El abordaje, considerando estas perspectivas, puede
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SUSANA MORALES SILVA / MARÍA PÍA SANTELICES ÁLVAREZ
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ser signifi cativo para un mejoramiento de los vínculos de
las personas y de su salud física.
Abordaje de los Modelos Operantes internos en
psicoterapia
Necesario
resulta, luego de la detección clínica de los
trastornos en apego, el abordaje en la psicoterapia, el que
puede realizarse por medio del trabajo sobre los Modelos
Operantes Internos en los adultos. En la medida en que una
persona pueda tomar conciencia de las distintas formas de
vincularse, que tienen su origen en la relación temprana
con sus cuidadores, podrá ir desarrollando en la psicote-
rapia, nuevas formas que le resulten más funcionales, de
vincularse con sus seres más cercanos y realizar un trabajo
de elaboración personal de las distintas formas en que se
involucra con los demás. Se presentan a continuación, dis-
tintos autores que aportan ideas y hallazgos con respecto a
este tipo de abordaje.
Malan (1983) considera que la psicoterapia puede
constituirse un proceso de reeducación emocional que
puede facilitar la adaptación a la realidad, para lo que se
puede abordar terapéuticamente por la vía de detectar los
patrones de relación del paciente y ofrecer un contexto
de modifi cación. Ya Freud había considerado una postura
similar en 1917, de manera de intervenir sobre los patrones
de relación de los individuos.
Bateman y Fonagy (2000) plantear que la evidencia no
ha demostrado la existencia de la superioridad de algún tipo
de terapia sobre las otras, en el sentido que no existirían
indicadores que den cuenta de grupos de pacientes que
presentan trastornos de personalidad, tanto hospitalizados,
o en modalidades de hospitalización de día o en consultas
ambulatorias, que hayan sido benefi ciados en mayor medida
por algún tipo de terapia en particular. Los autores Atkinson
y Zucker (1997) señalan también que en general no existe
acuerdo entre los psicoterapeutas respecto del abordaje en
la terapia con respecto a los problemas en el apego. Sin
embargo proponen algunas posibles alternativas. Por una
parte, Holmes (1993), en Atkinson y Zucker, (1997), remar-
ca la necesidad de reconocer la importancia de los factores
involucrados en las buenas relaciones interpersonales,
los que se aplicarían a la relación terapéutica y también a
otras relaciones interpersonales. También sugieren que es
necesario considerar los modelos mentales y los modelos
cognitivos.
La mirada psicoanalítica sin embargo, desde la no-
ción del narcisismo primario, ha ido experimentando un
cambio en la perspectiva de los terapeutas, quienes se han
movido gradualmente hacia una consideración menor de
la idea mecanicista de la experiencia infantil, orientándose
mayormente hacia un reconocimiento de la importancia
de las relaciones interpersonales afectuosas en la primera
infancia y su respectiva consecuencia en las relaciones
interpersonales (Atkinson & Zucker, 1997).
En relación a la psicoterapia de las personas con estilos
de apego inseguro, señala Marrone (2001), quienes mues-
tran problemas a nivel meta cognitivo, apreciado en su
narrativa por los procesos de asociación libre, propone que
la tarea principal del terapeuta es la de señalarle al paciente
los defectos a nivel de procesos meta cognitivos y ayudarle
a re. exionar y a asociar con coherencia. En aquellos casos
más extremos, que suele darse en pacientes que han sido
traumatizados o maltratados en sus años de infancia y
adolescencia, la terapia se puede orientar a promover el
desarrollo de los procesos re. exivos.
Bateman y Fonagy (2000) proponen un abordaje para
los trastornos del apego, ya sea evitativo, resistente o desor-
ganizado, por la vía de la reactivación de la mentalización.
Afi rman que tanto la perspectiva psicoanalítica (Kernberg
& Clarkin, 1993), como de la terapia dialéctica (Linehan,
1993), o de la terapia cognitivo-analítica (Ryle, 1997), todos
estos autores proponen lineamientos en torno a establecer
una relación de apego con el paciente, y utilizarla para crear
un contexto interpersonal.
Ruiz y Cano (2005) proponen la psicoterapia como vía
de cambio cognitivo, a través de proporcionar al paciente
una base segura y fomentar la confi anza, socialización
del paciente, promoviendo el vínculo en la terapia. Lue-
go de sentadas las bases de una relación segura, se lleva
al paciente a hacer autoexploraciones, por medio de la
detección de círculos interactivos de pensamientos-afec-
tos-conductas en situaciones sociales actuales, realizando
hipótesis sobre supuestos personales. Se puede buscar los
roles interpersonales derivados de los supuestos personales,
con su respectiva búsqueda de alternativas a pensamientos-
afectos-conductas y supuestos personales en la base de las
relaciones interpersonales problemáticas.
Se orienta al paciente a tomar conciencia de la forma en
que se construye la relación terapéutica, así como contribu-
ye a la construcción de todas sus relaciones interpersonales,
confrontando al paciente frente a las incongruencias en sus
relatos, analizando los pensamiento-afectos-conductas y
supuestos personales asociados (Ruiz & Cano, 2005).
Valdés (2005) sugiere a los clínicos a través de un lla-
mado alentando la función de los terapeutas, que es buscar
la manera de establecer una buena alianza terapéutica
en que se trabaje con el paciente en un objetivo común.
Lo que, señala, será posible si se desarrolla una especie
de sensibilidad hacia el paciente, teniendo conciencia de
nuestra propia subjetividad y estilos de apego, de manera
de permitirle la asimilación y acomodación de narrativa
personal. Propone identifi car el estilo vincular como guía
estratégica para generar condiciones para una reorganiza-
ción cognitiva-afectiva y poder realizar intervenciones que
promuevan estilos de apego seguro en los pacientes a partir
del cambio en las representaciones parentales.
169
LOS MODELOS OPERANTES INTERNOS Y SUS ABORDAJES EN PSICOTERAPIA
TERAPIA PSICOLÓGICA 2007, Vol. 25, Nº2, 163-172
Slade (1999) acota en términos de la relación terapéu-
tica, el efecto que tiene la historia de apego del paciente en
la forma como se siente con respecto a su terapeuta y en las
expectativas que tenga con respecto a éste y a la relación.
De la misma forma, las dinámicas de apego del terapeuta
in. uyen en sus sentimientos hacia el paciente y en la res-
puesta que espera de él. Desde la perspectiva del apego,
el modelo de una intervención psicoterapéutica exitosa
involucraría una capacidad del paciente de hacer uso de la
terapia y del terapeuta ofrecer un camino seguro y de re. e-
jar desde la historia de vida, una comprensión compartida
de los signifi cados en la vida cotidiana y poder cicatrizar
esas heridas. Dicho de otro modo, el tratamiento provee
al paciente un medio para contemplar y re-experienciar su
historia de vida en un contexto seguro y de sanación, frente
a otro sensitivo y emocionalmente disponible, que “marca"
y ayuda a encontrar nuevos signifi cados y formas para
comprender los eventos de su vida y la forma de sentirse
frente a las relaciones interpersonales.
Sostiene Slade (1999) que el grado en el que el paciente
se involucre a sí mismo en el tratamiento, de unirse al tera-
peuta en las tareas del mutuo acuerdo para la comprensión,
resulta en función del estilo de apego. Incluso si el tera-
peuta provee una base segura, se presente emocionalmente
disponible, sensible y empático, el paciente con apego
inseguro tenderá a responderle al terapeuta con ese estilo
de funcionamiento, con sus propios patrones, defensas e
inseguridades. Aquellos individuos con organizaciones evi-
tativas, encontrarán que sus procesos son emocionalmente
difíciles y tenderán a restarle importancia a los vínculos y
a los sentimientos y a minimizar sus difi cultades interper-
sonales. Se mostrarán resistentes al tratamiento, negando
su necesidad de ayuda y considerarán sus emociones como
intrusivas y sobre exigentes en lo emocional.
Por otro lado, aquellos individuos con organizaciones
preocupadas o ansiosas, interpondrán otros desafíos al
tratamiento y a la mantención de la alianza terapéutica. Su
inhabilidad para colaborar, su alto grado de dependencia
y de demanda hacia sus fi guras de apego, se pondrá en
juego en el proceso. Es necesario en este tipo de pacientes
tener conciencia y dominio de la contratransferencia que
provocan (Slade, 1999).
Slade (1999) llama a los terapeutas a escuchar y com-
prender a sus pacientes, a mirar las múltiples variables
en juego, a considerar la necesidad de efectividad de las
terapias, realizando intervenciones breves. Aunque es
necesario no olvidar el hecho de que se requiere de largos
períodos de tiempo y de experiencias, para romper con los
patrones de apego que se han adquirido tempranamente
en la vida. El llamado es a considerar el propio estilo de
apego del terapeuta y a enfrentar el desafío de escuchar y
ayudar a nuestros pacientes a cambiar sus patrones de fun-
cionamiento que le resultan dolorosos, en intervenciones
breves y efectivas.
El método grupal aplicable en terapia que propone
Marrone (2001), explora las reacciones de los pacientes
en una versión modifi cada de la AAI. Se pide a los partici-
pantes inicialmente, que se dividan en parejas, eligiéndose
mutuamente sobre la base de una percepción intuitiva de
preferencias. Cuando están formadas las parejas se les pide
que organicen las sillas de modo que puedan mantener un
diálogo cara a cara y que decidan quién entrevistará y quién
será el entrevistado. Si hay tiempo como para hacer una
segunda sesión, en ella se invierten los roles. En el diálogo
se conversa acerca de temas que van surgiendo en ambos
acerca de las historias personales.
Una vez que se ha realizado el trabajo en parejas, se
discute la experiencia en un formato de grupo-analítico
propuesto por Foulkes (1964, 1975). Este método consiste
en que el coordinador facilita la discusión entre los miem-
bros, dejando en un rol secundario su propio liderazgo. Cada
miembro del grupo elabora en un diálogo grupal, lo que
experimentó en la primera fase. Los participantes pueden
llegar a comprender a nivel cognitivo y a nivel emocional
aspectos como la historia vincular personal, patrones
disfuncionales en sus relaciones, escisión entre memoria
semántica y episódica, recuerdos de eventos signifi cativos
y modelos internos que se formaron en el transcurso de la
vida. Agrega fi nalmente el autor, que resulta importante
señalar que lo que se puede aprender en el curso de una
experiencia de esta naturaleza, que es de pocas horas de
duración, no sustituye años de terapia, pero que sin em-
bargo, lo que revelan estas sesiones a los terapeutas, tiene
un gran valor terapéutico a nivel de la respuesta empática
de los miembros y de las re. exiones que surgen, en que el
individuo recuerda momentos claves de su historia vincular
y amplía su competencia autobiográfi ca.
Algunas re. exiones acerca de psicoterapia en apego
adulto
Este artículo intenta poner en discusión las distintas
aproximaciones en psicoterapia adulto, mostrando cómo
distintos autores comprenden los procesos, los que no son
siempre concordantes, aun cuando se estén basando en una
misma teoría. Estas diferencias podrían estar dando cuenta
que la Teoría del Apego es vasta en su forma de abordaje y
que probablemente el paradigma ha ido cambiando desde
que fue postulado por Bowlby en 1969. Comprendemos la
capacidad de mentalizar o función re. exiva que se utiliza
por los teóricos del apego, como la capacidad de atribuir
mente en los demás, o de atribuirles a las demás personas,
sus propias creencias, intenciones y deseos, distintos a
los de uno mismo. Esta capacidad puede ser entendida
como equivalente a la defi nición de Objeto Interno de la
perspectiva psicoanalítica, que considera el objeto como
una noción asociada a un sujeto que percibe y conoce
(Laplanche, 1996/2004). Esta cualidad humana, es posible
170
SUSANA MORALES SILVA / MARÍA PÍA SANTELICES ÁLVAREZ
TERAPIA PSICOLÓGICA 2007, Vol. 25, Nº2, 163-172
considerarla también equivalente al concepto de esquema
de la perspectiva cognitiva, que se refi ere a las estructuras
mentales que se forman en la mente del individuo, a partir
de las etapas más tempranas y a lo largo de su desarrollo,
que posibilitan al ser humano la comprensión del mundo
y su signifi cado.
De esta misma manera, este concepto se puede con-
siderar homólogo a la noción de cognición interpersonal,
desarrollado por la mirada psicodinámica-cognitiva, que se
defi ne como el conjunto organizado de signifi cados perso-
nales, que suelen ser tácitos y evaluaciones cognitivas que
se han desarrollado fundamentalmente en las relaciones del
niño con sus padres y otras personas signifi cativas de su
vida, los que contienen los patrones de pensamiento-afecto
y conducta que el individuo despliega en situaciones inter-
personales o sociales. Estos patrones se relacionan a nivel
cognitivo, con atribuciones, expectativas y evaluaciones
respecto a sí mismo y otros en situaciones interpersonales
(Ruiz & Cano 2005).
Desde distintos ángulos, los conceptos aluden a sig-
nifi cados similares, por lo que es posible consignar la
importancia que tiene el apego en el estado de salud mental
de una persona, presente en distintas medidas, en todas las
perspectivas teóricas. La capacidad de vincularse adapta-
tivamente en su entorno, función que al no venir prede-
terminada en el ser humano, requiere ser modelada desde
la primera infancia, por el adulto o los adultos a cargo del
niño, quienes deben ser responsables de darle los cuidados
que el infante requiere, desde el primer momento y antes
del nacimiento, lo que normalmente precisa de una dedica-
ción muy atenta en el inicio, para luego ir permitiéndole el
espacio para que explore, busque y aprenda, proveyéndole
un espacio de cuidado y base segura, que le permita volver
a nutrirse emocionalmente cuando lo requiera y pueda
seguir explorando.
Un cuidado negligente o un cuidado aprensivo, son
extremos que no aportan un desarrollo adecuado, trayendo
como consecuencia personas evitativas, o con apego de tipo
resistente. El cuidado hacia el niño debe ser el sufi ciente,
lo sufi cientemente bueno, que le permita crear un vínculo
seguro desde el inicio de su vida, lo que le permitirá desa-
rrollar relaciones saludables a lo largo de su vida.
Es evidente que el ser humano enfrenta la vida en cir-
cunstancias distintas a las ideales, debiendo llevar consigo
la historia de su propia crianza y la tendencia a repetir
los modelos aprendidos, que probablemente no le hayan
transmitido un apego seguro. Para ello, debe enfrentar la
crianza de sus hijos, con patrones aprendidos, que de no
tomar conciencia de ello, serán repetidos una y otra vez,
con toda la carga de sus consecuencias. La posibilidad de un
adulto de tomar conciencia de sus propios estilos de apego
le permitirá, por una parte, la oportunidad de no repetir
pautas aprendidas de crianza, y por otro lado, abordar las
difi cultades en sus vínculos, elaborarlas y modifi carlas hacia
formas más saludables de relación.
Las posturas con respecto al apego han ido cambiando
a lo largo del tiempo. La proposición inicial de Bowlby
(1969), del vínculo primario con la madre como única
cuidadora capaz de entregar seguridad al bebé, con sus
cuidados atentos y oportunos, se ha ido ampliando hacia la
necesidad de tener cuidadores apropiados, que le permitan
desarrollar su capacidad de mentalizar y de comprenderse
como un individuo con sentimientos, intenciones, deseos
y creencias, tanto a sí mismo como persona, como a las
demás personas que lo rodean.
En la medida en que este tema pueda ser comprendido
por las personas, será posible abordar el proceso de crianza
de los hijos de manera conciente y por otro lado elaborar
los propios estilos de apego, para poder orientarlos hacia
estilos más funcionales y adaptativos, siendo la psicote-
rapia una oportunidad para este trabajo. La labor de los
psicólogos clínicos puede orientarse a colaborar en estos
procesos, utilizando el aporte de los hallazgos de las inves-
tigaciones, tomando en cuenta nuestros propios estilos de
apego, de manera que, más allá de toda línea teórica que
nos convoque como terapeutas, podamos aportar a nuestros
pacientes una experiencia emocional correctiva que permita
una mejor adaptación a las propias circunstancias de vida
y a un mejoramiento de los vínculos.
Surgen preguntas aún en proceso de ser respondidas,
en torno a lo determinista que puedan ser los MOI una vez
confi gurados; ¿será entonces posible mejorarlos a través de
nuevas experiencias en los vínculos. Si eso es posible, la
psicoterapia tendría que orientarse a modifi car los Modelos
Operantes Internos disfuncionales, hacia modelos seguros.
Esta modifi cación pudiera ser difícil y en algunos casos
probablemente imposible.
En un sentido más realista entonces, la psicoterapia po-
dría orientarse, con una experiencia vincular propicia, hacia
la toma de conciencia de los modelos de relación propios,
abriendo un espacio para ir creando interrelaciones más
seguras con los demás, proponiendo ofertas relacionales
más armoniosas.
Otras interrogantes surgen, como por ejemplo los efectos
que tendría el proceso psicoterapéutico con los MOI del
terapeuta, frente a lo que podría señalar que si la terapia
resulta reparadora y permite la toma de conciencia para
una mejora de las relaciones interpersonales, puede resultar
reparadora también para el terapeuta y para su propia toma
de conciencia.
Interesante resulta entonces la invitación que realiza
Slade (1999) a los terapeutas a escuchar y comprender a sus
pacientes, a considerar la multiplicidad de variables, con
terapias efectivas y efi cientes, sin perder de vista el hecho de
que se requiere de largo tiempo para romper con los patrones
de apego que se han adquirido tempranamente en la vida y
que incluso pudiera ser un ideal utópico. Nuestro desafío
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LOS MODELOS OPERANTES INTERNOS Y SUS ABORDAJES EN PSICOTERAPIA
TERAPIA PSICOLÓGICA 2007, Vol. 25, Nº2, 163-172
es escuchar y ayudar a nuestros pacientes a cambiar los
patrones de funcionamiento que les resultan dolorosos.
Encontramos variadas diferencias entre las psicoterapias
propuestas por los distintos autores. Sin embargo, podemos
señalar que ya sea reconociendo relaciones disfuncionales
y aplicar patrones de buenas relaciones, detectar defectos
meta cognitivos, reactivar la mentalización, establecer una
relación de apego y aplicarla al contexto interpersonal,
hacer una reeducación emocional, son todas intervencio-
nes distintas, pero con elementos comunes. Lo común de
estas proposiciones podría centrarse en el ofrecimiento al
paciente de un espacio seguro, en donde se puede reparar
los estilos de funcionamiento disfuncionales, en el contexto
de una experiencia vincular.
Si sería la psicoterapia basada en el apego distinta en
efectividad a cualquier otro tipo de psicoterapia, es una
cuestión que podría investigarse. Sin embargo podemos
señalar que sin importar el nombre o la aproximación
teórica con la que se realice un abordaje terapéutico, el
hecho de trabajar sobre los vínculos, debe hacerse en una
experiencia vincular entre terapeuta y paciente, donde se
elabore un proceso sobre una base segura y emocionalmente
reparadora.
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