Terapia psicológica
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
sochpscl@entelchile.net
ISSN (Versión impresa): 0716-6184
CHILE
2006
José Ramón Pinedo Palacios / María Pía Santelices Álvarez
APEGO ADULTO: LOS MODELOS OPERANTES INTERNOS Y LA TEORÍA DE LA
MENTE
Terapia psicológica,
diciembre, año/vol. 24, número 002
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
Santiago, Chile
pp. 201-209
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Universidad Autónoma del Estado de México
http://redalyc.uaemex.mx
Apego adulto:
Los Modelos Operantes Internos y la Teoría de la Mente
Adult Attachment:
Internal Working Models and the Theory of the Mind
José Ramón Pinedo Palacios
*1
María Pía Santelices Álvarez
Pontifi cia Universidad Católica de Chile
(Rec: 8 septiembre 2006 - Acep: 16 noviembre 2006)
Resumen
La teoría del apego constituye una de las construcciones teóricas más sólidas en el campo del estudio de los
vínculos afectivos que se establecen entre el bebé y sus cuidadores. En las últimas décadas se ha ampliado
su marco conceptual, generando conocimientos nuevos acerca del proceso de vinculación afectiva de los
adultos.
Este artículo presenta una re. exión teórica respecto al concepto de apego en el adulto, específi camente de los
Modelos Operantes Internos y su relación con la Teoría de la Mente, entregando una revisión histórica del origen
de estos conceptos y sus controversias actuales, a la luz de investigaciones recientes en Teoría del Apego.
Se discuten los aportes de diversos autores, quienes han planteado distintos enfoques respecto a las bases
representacionales, cognitivas y emocionales que permiten a los seres humanos adultos establecer vínculos
afectivos estables con sus hijos y con otros adultos signifi cativos.
Palabras clave: Apego adulto, modelos operantes internos, teoría de la mente
Abstract
Attachment theory is one of the most solid theoretical constructions in the fi eld of affective bonds arising
between the baby and its caregivers. In the last decades, its conceptual framework has been enlarged, incor-
porating new knowledge on the process of adults’ affective bonds.
This work presents a theoretical point of view about the concept of adult attachment, with emphasis on the
Internal Working Models and its relationship with the Theory of Mind, giving a historical revision of the origin
of these concepts and its current controversies, under the light of recent investigations in Attachment Theory.
The contributions of different authors are discussed, which have outlined different approaches regarding
the cognitive, emotional representations, as and which allow adults to establish stable affective bonds with
their children and with other signifi cant adults.
Key words: Adult attachment, internal working models, theory of mind
*
1
La elaboración de este artículo contó con el fi nanciamento otorgado por el Proyecto DIPUC Nº 2003/15E2 y por el Fondo Nacional de Desarrollo Científi co
y Tecnológico FONDECYT Nº 1040760.
1
Correspondencia a: José Ramón Pinedo Palacios. E mail: josepinedo@terra.cl
María Pía Santelices Alvarez. E mail: msanteli@uc.cl.
TERAPIA PSICOLÓGICA
2006, Vol. 24, Nº 2, 201–210
Copyright 2006 by Sociedad Chilena de Psicología Clínica
ISSN 0716-6184
202
JOSÉ RAMÓN PINEDO PALACIOS / MARÍA PÍA SANTELICES ÁLVAREZ
TERAPIA PSICOLÓGICA 2006, Vol. 24, Nº2, 201–210
Introducción
Gracias a los aportes teóricos de John Bowlby (1969,
1980, 1995, 1997, 2003) y a las investigaciones empíri-
cas realizadas por algunos de sus seguidores como Mary
Ainsworth, Velar, Waters & Walls (1978), Mary Main
(2000) y Peter Fonagy (1991, 1999, 2002) entre otros, la
relevancia de las relaciones tempranas y su in. uencia en
la calidad de los vínculos que se establecen entre el niño y
sus cuidadores, y también entre los adultos, ha cobrado un
sitial de importancia dentro de la psicología del desarrollo
y del psicoanálisis. Estos avances científi cos han permitido
afi rmar que el desarrollo socioemocional y mental de los
niños encuentra sus raíces en la temprana infancia, sur-
giendo en las relaciones reales y no sólo fantaseadas, y que
dependiendo de la calidad de éstas durante la niñez, será
también la calidad que tendrán en la vida adulta.
Bowlby (1969, 1980, 1995, 1997, 2003) ha bautizado su
teoría como teoría del apego, la cual describe y conceptua-
liza la tendencia de los seres humanos a crear fuertes lazos
afectivos o vínculos entre sí, en especial entre las madres
o cuidadores y sus hijos. Esta tendencia se traduce en las
conductas que establecen los infantes, y posteriormente los
adultos, para lograr la proximidad de las fi guras de apego en
momentos de temor, ansiedad o estrés, lo que le confi ere a
estas conductas un estatus de sobrevivencia y autoconser-
vación. Estas conductas que permiten establecer relaciones
signifi cativas entre los cuidadores y los niños y entre los
adultos, surgen a partir de representaciones mentales inter-
nalizadas, a las cuales Bowlby (1969, 1980, 1995, 1997,
2003) defi nió como pautas o estilos de apego, que en el
caso de los adultos reciben el nombre de modelos internos
o mapas representacionales de las relaciones.
Estos modelos dirigen las respuestas afectivas y conduc-
tuales con las que los adultos responden a los requerimientos
de los niños a su cargo y fueron formados, en gran parte,
durante la propia infancia de éstos. Esto quiere decir que de
acuerdo al modo como estos adultos fueron tratados por sus
propios cuidadores cuando niños, se han desarrollado sus
propios modelos representacionales. Si bien estos modelos
tienden a tener una alta estabilidad durante la vida de la
persona, pueden sufrir modifi caciones durante el curso del
desarrollo. Tanto Bowlby (1969, 1980, 1995, 1997, 2003)
como otros investigadores (Benoit & Parker, 1994; Brether-
ton, 1999; Canton & Cortés, 2003; Fonagy, 1991; Fonagy,
Gergely, Jurist & Target, 2002), plantean que es posible que
estos modelos cambien en el tiempo, debido principalmente
a nuevas experiencias, que pueden ser positivas o negativas,
frustrantes o gratifi cadoras y, además a nuevas relaciones
con otras fi guras importantes y signifi cativas de apego, más
allá de los propios cuidadores.
Existiría, también, una estrecha relación entre los
modelos representacionales y la capacidad de los seres
humanos de integrarse a un mundo compartido e intersub-
jetivo. Fonagy (1991, 1999) llama a esta capacidad teoría
de la mente (teoría sobre la mente del otro, teoría sobre
lo que el otro tiene en la mente), es decir, la capacidad de
poder inferir los deseos, planes y metas de los otros signi-
fi cativos que nos rodean, como seres con pensamientos y
necesidades, independientes de los propios pensamientos
y necesidades.
Si bien los modelos internos o mapas representacionales
se forman rápidamente desde el inicio de la vida (Bolwby,
1969, 1980, 1995, 1997, 2003), la teoría de la mente sería
una adquisición del desarrollo, la cual emergería de la
relación que los niños establecen con sus fi guras de apego
y estaría en estrecha relación con la capacidad de mentali-
zación o teoría de la mente que éstos tengan.
El presente artículo se centra en presentar diversas
re. exiones sobre estos modelos o representaciones de las
relaciones, que serán llamadas Modelos Operantes Internos,
MOI, y su relación con los conceptos de sistema conductual,
respuesta sensible y teoría de la mente, entregando una
revisión sobre lo que han planteado diversos autores sobre
las bases representacionales, cognitivas y emocionales que
permiten a los seres humanos adultos establecer vínculos
con sus hijos y con otros adultos signifi cativos.
Concepto de apego
Antes de hablar en detalle de los modelos o representa-
ciones internas, se hace necesario defi nir a grandes rasgos el
concepto de apego. Una de las defi niciones más difundidas
dentro de esta teoría fue redactada por Bowlby (1995), y
presenta en cinco puntos sus ideas centrales.
(a) “La teoría del apego considera la tendencia a establecer
lazos emocionales íntimos con individuos determina-
dos.
(b) como un componente básico de la naturaleza humana,
presente en forma embrionaria en el neonato,
(c) y que prosigue a lo largo de la vida adulta, hasta la
vejez.
(d) Durante la infancia, los lazos se establecen con los pa-
dres (o padres sustitutos), a los que se recurre en busca
de protección, consuelo y apoyo.
(e) Durante la adolescencia sana y la vida adulta, estos lazos
persisten, pero son complementados por nuevos lazos"
(Bowlby, 1995, p. 142).
Estos cinco puntos instalan un mapa general de los
inicios de la teoría del apego propuesta por Bowlby (1969,
1980, 1995, 1997, 2003). El análisis de estos cinco puntos
permitirá agregar nuevas ideas a la defi nición general,
enriqueciéndola y complementándola con distintos mati-
ces y nuevas conceptualizaciones, tal como se aprecia a
continuación.
203
APEGO ADULTO:
LOS MODELOS OPERANTES INTERNOS Y LA TEORÍA DE LA MENTE
TERAPIA PSICOLÓGICA 2006, Vol. 24, Nº2, 201–210
(a) Los teóricos del apego, en especial Bowlby (1969,
1980, 1995, 2003), han planteado la necesidad uni-
versal y primaria de los seres humanos de formar
vínculos afectivos intensos, estables y duraderos. Que
sea “universal" signifi ca que se encuentra presente en
todos los seres humanos; que sea “primaria" signifi ca
que no se supedita a otras necesidades (pulsiones, en
la teoría psicoanalítica) tales como la alimentación o la
autoconservación. Estos lazos emocionales permiten
tanto el desarrollo del individuo como su sobrevivencia
en un mundo hostil, en donde la madre, más allá de
satisfacer sus necesidades de alimentación y sobrevi-
vencia, debe también satisfacer la necesidad de afecto,
amor y vínculo que el (la) niño(a) necesita. Para Sroufe
(2000), “la especie humana, como parte de su herencia
evolutiva en tanto especie social, se considera que tiene
un conjunto de conductas preadaptadas que se desplie-
gan con el desarrollo. […] Tales conductas quedaron
estructuralmente engarzadas en el repertorio a lo largo
de la evolución, debido a que desempeñan algún papel
en el fomento de la supervivencia" (p.14).
(b) La teoría clásica psicoanalítica ha postulado que las
necesidades del organismo se anclan fuertemente en las
pulsiones provenientes del “ello", las cuales son incons-
cientes y necesitan ser satisfechas o toda costa para la
sobrevivencia del organismo (Freud, 1996). Freud iden-
tifi có dos clases de pulsiones (primarias y secundarias),
categorizando la alimentación y el sexo como pulsiones
libidinales o primarias, y a las relaciones interpersona-
les como pulsiones secundarias. Contrariamente a lo
propuesto por Freud, Bowlby afi rmó que la necesidad
de establecer vínculos signifi cativos es innata en el ser
humano, y no se adquiere durante el desarrollo ni como
un derivado de otras necesidades; de este modo se con-
sidera como constitutiva del ser humano y requiere de
una satisfacción primaria, lo que le confi ere un estatus
primordial dentro del funcionamiento y sobrevivencia
del recién nacido y del adulto sano (Bowlby, 1993, 1995;
Marrone, 2001). “Antes de que surgiera la concepción
de Bowlby, incluso la formación del apego se concebía
apelando a las cualidades basadas en los impulsos y el
reforzamiento. Una de estas concepciones sostenía que
el apego era un impulso secundario que se derivaba de
motivos más primarios" (Sroufe, 2000, p. 214).
(c) Esta necesidad de vincularse afectivamente, si bien se
encuentra presente en el neonato, persiste a lo largo de
toda la vida y se basa en la necesidad de los niños y de
los adultos de contar con otro signifi cativo en momentos
de miedo, desamparo, ansiedad y estrés. Tanto los vín-
culos de apego como las conductas de apego, se basan
en los modelos representacionales de las relaciones
que han construido o internalizado los adultos desde
que eran pequeños. Si bien estos modelos son estables,
pueden cambiar durante el desarrollo y la vida adulta
(Bowlby, 1969, 1980, 1995, 1997, 2003).
(d) Los primeros lazos vinculares se generan en función
de las fi guras signifi cativas de apego, en especial en
relación a los padres o cuidadores. El resultado de estos
lazos es el tipo de modelo representacional de las re-
laciones signifi cativas que el niño ha ido construyendo
como resultado de cada una de las interacciones con
sus fi guras de apego. Es decir, frente a cada evento en
que el niño necesitó protección, consuelo y apoyo, sus
fi guras de apego reaccionaron de cierto modo, lo trataron
de cierta manera, le dijeron ciertas cosas y le hicieron
sentir, con mayor o menor seguridad, que podían contar
con ellos.
(e) Los lazos formados en la niñez persisten en forma de
modelos en el mundo representacional del adulto. Estos
modelos comienzan a formarse en los primeros meses de
vida y son enriquecidos, reinterpretados y remodelados
a lo largo de todo el ciclo vital. Si bien es cierto son
estructuras con tendencia a la estabilidad y la autoper-
petuación, como se decía en el punto (c), tienen amplias
posibilidades de cambiar, en la medida en que se van
teniendo nuevas experiencias gratifi cantes y seguras con
fi guras de apego distintas a las de sus cuidadores (Benoit
& Parker, 1994; Betherton, 1999; Bowlby, 1969, 1980,
1995, 1997, 2003; Canton & Cortés, 2003).
Por otro lado, estos modelos también cambian cuando
se vive algún proceso de redefi nición, tal como una ex-
periencia psicoterapéutica, la cual puede “proporcionar
las condiciones en las que un paciente pueda explorar sus
modelos representativos de sí mismo y de sus fi guras de
apego con el fi n de volver a evaluarlos y reestructurarlos a
la luz de la nueva comprensión adquirida y de las nuevas
experiencias vividas en la relación terapéutica" (Bowlby,
1995, p. 160).
Los puntos anteriores se pueden resumir afi rmando que
todos los seres humanos necesitan relacionarse con sus
cuidadores desde el momento de su nacimiento, que esta
necesidad no se deriva de otra, y que la mayor o menor
satisfacción de esta necesidad queda grabada en modelos
representacionales de las relaciones de los niños con sus
cuidadores, los cuales permiten poner en acción diversas
conductas de apego que se organizan en torno a diversos sis-
temas conductuales, tal como se explica a continuación.
Los sistemas conductuales
Esta necesidad primaria de relacionarse con otros seres
humanos (y que obtiene un estatus de sobrevivencia) se
justifi ca y explica por sí misma como parte constitutiva de
diversos sistemas de satisfacción de necesidades básicas
del ser humano. Bowlby (1997) llamó a estos sistemas
204
JOSÉ RAMÓN PINEDO PALACIOS / MARÍA PÍA SANTELICES ÁLVAREZ
TERAPIA PSICOLÓGICA 2006, Vol. 24, Nº2, 201–210
sistemas conductuales, siendo éstos un conjunto funcional
y motivacional encargado de la satisfacción y regulación
de estas necesidades básicas.
Un sistema es un conjunto de respuestas o repertorio de
conductas cuyo objetivo es satisfacer un tipo específi co de
necesidad (o varias asociadas), y que siempre se acompañan
de elementos emocionales estrictamente relacionados con
ella. De acuerdo a Bowlby (1997), se pueden observar los
siguientes sistemas:
- El sistema de apego
- El sistema de afi liación (a grupos).
- El sistema de alimentación
- El sistema sexual
- El sistema exploratorio
“Cada sistema puede ser activado en un determinado
momento en respuesta a ciertos estímulos internos
o externos y traducirse en una conducta concreta y
observable. Algunos sistemas pueden ser activados
al mismo tiempo y de manera sinérgica: un ejemplo
sería la activación conjunta de los sistemas de apego
y sexual en la relación de pareja. Los sistemas de
apego y exploratorio, en cambio, son mutuamente
excluyentes" (Marrone, 2001, p. 37).
El sistema de apego puede sustentarse o activarse en
una relación a largo tiempo o ser una necesidad de satis-
facción inmediata (Marrone, 2001). Cuando la relación
con una fi gura de apego perdura en el tiempo recibe el
nombre de vínculo de apego; cuando se trata solamente de
activaciones inmediatas, recibe el nombre de conductas de
apego (Bowlby, 1969, 1980, 1995, 1997, 2003). Como ya se
afi rmó anteriormente, los vínculos de apego se representan
en la mente de las personas a través de diversos modelos
representacionales de la relación. Por conducta de apego
se entenderá cualquier forma de comportamiento que hace
que una persona alcance o conserve un cierto grado de
proximidad con respecto a otra persona, muchas veces, esa
conducta es realizada por un infante a través de llamados
o de llanto, lo cual genera en la fi gura de apego un acerca-
miento a brindar cuidados.
Todas las conductas del sistema de apego se organizan
alrededor de las representaciones mentales de la relación,
o modelos operantes internos (MOI). La representación de
esta relación es duradera, tiene componentes emocionales
que le son inherentes, se expresa a través del simbolismo
pero tiene también un signifi cado particular para cada
persona, y que quedan grabados en sus modelos internos
de la relación.
“La presencia de un sistema de control del apego y
su conexión con los modelos operantes del sí mismo
y de la fi gura o fi guras de apego que elabora la mente
durante la infancia, son características centrales de
funcionamiento de la personalidad a lo largo de la
vida". (Bowlby, 1995, p. 145).
Los modelos representacionales o modelos internos
operantes
Como un modo de explicar la tendencia de los estilos
de apego a convertirse en una característica relacional o
vincular del niño, y que se evidencia en el futuro en el
adulto, la teoría del apego recurre al concepto de modelo
operante interno (internal working model). Este modelo
operante interno es defi nido por Bowlby (1995) como una
representación del sí mismo, por una parte, y una representa-
ción del sí mismo interactuando con una fi gura de apego en
un contexto o entorno con carga emocional. “Los modelos
operantes internos que un niño construye de su madre y de
los modos en que ella se comunica y se comporta con él, y
un modelo comparable de su padre, junto con los modelos
complementarios de sí mismo en interacción con cada
uno, son construidos por el niño durante los primeros años
de su vida y, según se postula, pronto se establecen como
estructuras cognitivas in. uyentes" (Bowlby, 1995, p. 151).
Estos modelos in. uyen directamente en el modo en que un
ser humano se siente con respecto a cada progenitor y con
respecto a sí mismo, el modo en que espera ser tratado, y
el modo en que tratará a los demás cuando niño y, poste-
riormente, cuando adulto.
Bowlby (1995) afi rma que, una vez construidos, estos
modelos representacionales de los padres y de la interacción
con ellos, tienden a persistir de manera más o menos estable
a lo largo del tiempo y a operar a nivel inconsciente. Así,
una pauta de apego de un niño pequeño estará en directa
sintonía con los modelos de sus padres, en especial con el de
su madre (Bowlby, 1995; Bretherton, 1999; Fonagy, 1991,
1999; Fonagy, Gergely, Jurist & Target, 2002).
Bowlby (1995) enfatiza que el desarrollo de la conducta
de apego se ve mediatizada por la existencia de una mente:
Si bien en un inicio esta conducta emerge de manera instinti-
va, a partir de los 7 meses el niño ya posee fi guras de apego
claramente identifi cadas y que se han representado en su
mente (mundo interno) de manera bastante precisa. Bowlby
(1995) llamó a estas mentalizaciones o representaciones
de las fi guras de apego (y su relación con ellas) internal
working models, lo que en las traducciones al español han
sido nombradas como “modelos representativos" (Bowlby,
1995, 2003) o “modelos operantes" (Bowlby, 1995), rela-
cionándose este concepto con la psicología psicoanalítica
y aclarando que “en una psicología dinámica, la expresión
modelo operante es la más adecuada, y […] es en muchos
aspectos equivalente al concepto psicoanalítico tradicional
205
APEGO ADULTO:
LOS MODELOS OPERANTES INTERNOS Y LA TEORÍA DE LA MENTE
TERAPIA PSICOLÓGICA 2006, Vol. 24, Nº2, 201–210
de objeto interno, y lo sustituye" (Bowlby, 1995, p. 141).
Según Bretherton (1999), Bowlby tomó el concepto
de internal working models desde la neurobiología, la
inteligencia artifi cial, y desde las teorías emergentes de
las ciencias cognitivas. Para ellas, un working model sería
la representación que permite tener un mapa del mundo
donde moverse y que permite la sensación de temporalidad,
continuidad y autoconciencia (Varela, 2000). Sin embargo,
desde el punto de vista psicoanalítico, la traducción más
acertada de internal working models sería modelos que
trabajan (que empujan) desde dentro, asemejándose al
concepto de pulsión de Freud, la cual se entiende como
el “proceso dinámico consistente en un empuje que hace
tender al organismo hacia un fi n" (Laplanche & Pontalis,
1981). Si bien la pulsión tiene un carácter más biológico
y se encuentra en el límite entre lo somático y lo psíquico,
siempre se encontraría en la base de las conductas del ser
humano y de sus motivaciones concientes e inconscientes,
siendo su representación psíquica similar a los modelos
operantes internos. Así, también, desde la psicología psi-
coanalítica “modelo operante interno", “representación
del self", “representación del objeto" y “objeto interno
incorporado o internalizado" son prácticamente sinónimos
(Bretherton, 1999; Kernberg, 1998).
Otros autores, como Bleichmar (citado en Marrone,
2001) presenta este concepto como “modelos internos de
trabajo", Marrone (2001) como “modelos operativos inter-
nos", Fonagy (1999) como “modelos operantes internos", y
Pierrehumbert (citado en Marrone, 2001) como “modelos
individuales de la relación". Todos ellos tienen en común la
idea de un esquema o mapa que se internaliza en la persona
y representa una realidad poblada de personas y objetos
signifi cativos para el individuo. Sin embargo pareciera
ser que, de todos, el nombre de modelo operante interno
logra mostrar con mayor riqueza las sutilezas de un mapa
representacional “cognitivo-afectivo-dinámico" que ayuda
al sujeto a ingresar a una realidad compartida, en donde
cada uno de sus integrantes tiene una mente individual con
deseos, planes y necesidades distintas y particulares, y que
es necesario conocer o inferir para relacionarse entre sí.
Los modelos de los adultos se han clasifi cado en cuatro
categorías (Dossier, Stovall & Albus, 1999): padres autó-
nomos, padres preocupados, padres rechazantes y padres
con trauma no resuelto. Así, y a grandes rasgos, los padres
con modelos autónomos se muestran accesibles a sus hijos
y favorecen el contacto cuando éstos se muestran necesi-
tados, lo cual generaría hijos con estilos de apego seguro;
los padres con modelos preocupados se muestran ambiva-
lentes e imprevisibles ante las posibilidades de acceder a
ellos cuando sus hijos muestran necesidad de contacto, lo
cual llevaría a desarrollar en los infantes un estilo de apego
ansioso; los padres con modelos rechazantes, se muestran
insensibles y tienden a impedirle a sus hijos el acceso al
contacto cuando los necesitan, lo cual llevaría a estos últi-
mos a desarrollar un estilo de apego evitativo; por último,
los padres con trauma no resuelto se muestran desorien-
tados y confusos, característica del contacto que llevaría a
que sus hijos desarrollen estilos de apego eminentemente
desorganizados.
A continuación, se presenta un análisis de cada uno de
los componentes del concepto modelo operante interno
(MOI) y, más adelante, la relación que se pude establecer
con la teoría de la mente de Fonagy.
Metapsicología de los modelos operantes internos
A partir de la opción de utilizar el nombre modelo
operante interno (MOI), se hace necesario una revisión
por separado de cada uno de los componentes de este con-
cepto, en vistas a comprenderlo desde una metapsicología
explicativa de su funcionamiento, mantención y transmisión
transgeneracional.
Modelo: El MOI, como modelo, signifi ca: mapas cogni-
tivos, representaciones, esquemas o guiones que un
individuo tiene de sí mismo, de sus fi guras de apego
y de su entorno. Una función de estos modelos es po-
sibilitar el fi ltrado de información acerca de sí mismo
y del mundo exterior. “Pueden coexistir varios MOI
de sí mismo y de otras personas, y pueden mantenerse
apartados unos de otros o unirse a través de procesos
integradores o sintéticos" (Marrone, 2001, p. 73). Los
MOI permiten percibir acontecimientos, pronosticar
el futuro y construir planes de acción. En relación a
las fi guras de apego, permiten saber quiénes son las
fi guras de apego, dónde se puede encontrar y cómo se
puede esperar que respondan, es decir, cuán disponibles
se encontrarán al momento de ser necesitadas (ante el
dolor, temor, estrés o desamparo).
Operante: Tal como se decía anteriormente, la traducción
más adecuada de working (que trabaja desde dentro)
sería operante, lo que signifi caría un aspecto dinámico
y cambiante de la representación psíquica. Esto quiere
decir a lo menos dos cosas: La primera es que el modelo
representado no es un mapa estático e imperturbable, ya
que puede variar en el tiempo; la segunda, es su carácter
operante, lo cual se relaciona con algo que pulsa desde
dentro del individuo, y que lo lleva a relacionarse con
el entorno. De acuerdo a esta segunda acepción, es
importante recordar el carácter primario del vínculo
de apego, es decir, una necesidad que no se supedita
a otras necesidades básicas como la alimentación, por
ejemplo.
Así, los modelos internos operan activamente sobre el
sujeto para que éste actúe sobre su entorno en busca
de la proximidad de sus fi guras de apego. Esto quiere
decir que estos modelos se pueden activar (o ponerse
206
JOSÉ RAMÓN PINEDO PALACIOS / MARÍA PÍA SANTELICES ÁLVAREZ
TERAPIA PSICOLÓGICA 2006, Vol. 24, Nº2, 201–210
a trabajar = working) y desactivar dependiendo de las
circunstancias y de la necesidades particulares del mo-
mento. Estos modelos operan y se regulan a partir de
mecanismos cibernéticos u homeostáticos de retroali-
mentación que permiten que un niño o adulto mantenga
su relación con su fi gura de apego entre ciertos límites
de distancia o accesibilidad, postulándose la existencia
de una organización psicológica o modelo interno
(Bowlby, 1969, 1980, 1995, 1997, 2003). Los modelos
operan para regular, interpretar y predecir la conducta,
los pensamientos y los sentimientos, tanto de la fi gura
de apego como los de sí mismo, facilitando la creación y
resolución de planes para la organización de la conducta
(Fonagy, 1991, 1999; Fonagy, Gergely, Jurist & Target,
2002).
Interno: El MOI, como interno, signifi ca: Todas las re-
presentaciones acerca del mundo y del individuo en
él, construidos a lo largo de la experiencia (personas,
lugares, ideas, pautas culturales, estructuras sociales);
ideas conscientes o inconscientes acerca de uno como
persona y del otro como fi gura signifi cativa en la vida
de uno. Los MOI proporcionan reglas para organizar la
atención, la memoria, el pensamiento y el lenguaje. Así,
por ejemplo, el grado de claridad y coherencia con la que
una persona narra la historia de sus relaciones de apego,
por ejemplo, es un indicador del grado de desarrollo de
su organización representacional (Fonagy, 1999). Es
importante detenerse en esta cualidad de interno, ya que
la acción de construir un modelo interno de relación se
llamaría internalización, y sería un proceso activo que
ocurre entre el niño, su entorno y sus fi guras signifi ca-
tivas, tal como se describe a continuación.
Una teoría de la internalización y de la
representación
Bowlby (1969, 1980, 1995, 1997, 2003) se refi rió a la
comprensión del proceso de formación de los modelos ope-
rativos internos como una teoría de la internalización. Esto
quiere decir, “representar en la mente de la persona algo que
no le ha sido ni totalmente externo ni totalmente interno.
Lo que el individuo representa es básicamente una relación,
un estar con" (Marrone, 2001, p. 45). Esto signifi ca, más
allá de una internalización mecánica, una transposición a
lo representacional de una relación que ha existido antes
en el mundo interpersonal (Marrone, 2001).
El modelo de interacción entre el niño y sus padres (que
tiene lugar en un contexto social, interpersonal e intersub-
jetivo) tiende a convertirse en una estructura interna, o
sea, en un sistema o modelo representacional (Bretherton,
1999; Marrone, 2001) que se construye en la experiencia
de estar con los cuidadores en edades tempranas y a lo
largo de la niñez y adolescencia, y tienden a fi jarse en es-
tructuras cognitivas estables. Su desarrollo se ve mediado
por la participación del cuidador principal, sus formas de
comunicarse y comportarse con el niño (cómo lo trata y qué
es lo que le dice), la imagen de sí mismo que posee el niño
interactuando con las fi guras de apego y la emoción inhe-
rente a estos acontecimientos. Bowlby (1969, 1980, 1995,
1997, 2003) afi rma que existe una fuerte evidencia de que
la forma que adquieren estos modelos operativos internos
está basada en las experiencias reales de la vida del niño, es
decir, de las interacciones día a día con sus padres.
El resultado de estas experiencias es una imagen inter-
nalizada sobre la forma en que él se siente con respecto a
cada progenitor, la forma en que él se siente con respecto
a sí mismo, cómo espera que lo traten, y cómo planifi ca
su propia conducta con respecto a ellos. De este modo, los
modelos hacen posible la organización de la experiencia
subjetiva e intersubjetiva, la experiencia afectiva, la expe-
riencia cognitiva, y la conducta adaptativa frente a los otros
y el medio que lo rodea.
Una última característica en relación a la internalización
de los MOI, se relaciona con una de las principales caracte-
rísticas de la conducta de apego: El grado de seguridad que
tienen los niños de poder contar con sus fi guras de apego
en momentos de temor, ira, desamparo y tristeza, es decir,
qué tan accesibles serán los cuidadores cuando se necesiten
(Bowlby, 1969, 1980, 1995, 1997, 2003). Este grado de
seguridad por parte de los niños se operacionaliza en la
posibilidad de prever y pronosticar la certeza de contar con
sus cuidadores. Así, “las cualidades defi nitorias del MOI
estarán basadas al menos en dos criterios:
- si se representa la fi gura de apego como una persona
que en general responderá a las solicitudes de apoyo y
protección;
- si el niño se juzga a sí mismo como una persona a quien
cualquiera, en especial la fi gura de apego, le ofrecerá
su apoyo" (Marrone, 2001, pág. 74).
Los MOI se forman no sólo en presencia de la fi gura de
apego, sino que también como “resultado de los esfuerzos
del sujeto cuando trata de reunirse con el otro en su ausencia
o las respuestas emocionales cuando trata de adaptarse a la
separación" (Marrone, 2001, pág 75). La de disponibilidad
del otro (de un cuidador en el caso de un niño, o de otro
adulto en el caso de necesidades de cercanía entre adultos),
es llamada también respuesta sensible.
La respuesta sensible de los cuidadores
Se defi ne la respuesta sensible de un cuidador como
aquella conducta que éste realiza para responder a las
demandas de un niño o bebé. La respuesta sensible de los
padres durante la infancia de sus hijos, incluye la capa-
cidad de notar las señales del bebé, poder interpretarlas
207
APEGO ADULTO:
LOS MODELOS OPERANTES INTERNOS Y LA TEORÍA DE LA MENTE
TERAPIA PSICOLÓGICA 2006, Vol. 24, Nº2, 201–210
adecuadamente y responder afectiva y conductualmente
de manera apropiada y rápida (Bowlby, 1969, 1980, 1995,
1997, 2003).
Se considera una falta de respuesta sensible cuando el
cuidador fracasa en leer los estados mentales del bebé o
sus necesidades o deseos, o cuando fracasa en apoyar al
bebé en el logro de estados positivos o en la satisfacción
de necesidades de acogida y amparo. Esta falta de sensibi-
lidad puede o no estar acompañada de una conducta hostil
o desagradable por parte del cuidador.
La respuesta sensible desempeña un papel importante
en evocar sentimientos de integración del self y de repre-
sentaciones de una valoración personal por parte del otro.
La respuesta sensible que la madre ofrece de un modo
continuo durante el primer año de vida del niño, es el mejor
predictor de la seguridad del apego en ese primer año. Las
madres seguras, por ejemplo, tienen un grado satisfactorio
de recursos internos para manejar las demandas que hace
el niño de cuidado, atención e independencia, a partir de
una buena respuesta sensible (Bowlby, 1969, 1980, 1995,
1997, 2003).
Las operaciones de la respuesta sensible (a partir de la
activación de los modelos operantes internos) permiten a
las madres y adultos en general lograr un adecuado acceso
al estado mental del niño, atribuirle signifi cado a ese esta-
do mental, re. exionar y entender estos estados mentales,
y notar las señales que los niños envían, interpretarlas y
responder de manera rápida y apropiada. Esta atribución de
signifi cado implica la puesta en marcha de procesos afec-
tivo-cognitivos basados en los propios modelos operativos
internos de los padres y su capacidad para entender sus
estados mentales y los de sus hijos. Fonagy llama a esta
capacidad, teoría de la mente (Fonagy, 1991, 1999; Fonagy,
Gergely, Jurist & Target, 2002).
Modelos operantes internos, mundo intersubjetivo y
teoría de la mente
Los modelos operantes internos tienen una estrecha
relación con la capacidad que posee un niño para inferir el
grado de disponibilidad de sus fi guras de apego. A partir
de la representación que se ha hecho de esas fi guras, el
(la) niño(a) estará en condiciones de determinar cuándo
podrá contar con ellas y cuándo no. Por otro lado, podrá
reconocer a sus fi guras de apego como personas indepen-
dientes de él mismo, con sus propios pensamientos, deseos
y necesidades (Fonagy, 1991, 1999; Fonagy, Gergely, Jurist
& Target, 2002).
“Las conductas de apego del infante humano (búsque-
da de la proximidad, sonrisa, colgarse de un adulto)
son correspondidas con las conductas de apego del
adulto (tocar, sostener, calmar), y estas respuestas
refuerzan la conducta de apego del niño hacia ese
adulto en particular. La activación de conductas de
apego depende de la evaluación por parte del infante
de un conjunto de señales del entorno que dan como
resultado la experiencia subjetiva de seguridad o
inseguridad" (Fonagy, 1999, p. 1).
Para poder desenvolverse en la realidad, el niño nece-
sita, primero que nada, lograr una constancia objetal que
le permita percibir el mundo como estable en el tiempo y
existiendo como una entidad independiente a él. Así, se
representa primero el mundo poblado de objetos y fi guras
signifi cativas, lo que le genera una cierta estabilidad percep-
tual para ingresar a un mundo compartido o intersubjetivo.
A estas representaciones se les llama de primer orden.
Posteriormente, el niño percibe a sus fi guras de apego
(y a sí mismo) como seres con intenciones. “La conducta
del infante hacia el fi nal del primer año es intencional y
aparentemente basada en expectativas específi cas. Sus
experiencias pasadas con sus cuidadores son incorporadas
en sus sistemas representacionales [o] modelos operantes
internos" (Fonagy, 1999, p. 2). De este modo, un niño
seguro podrá “adueñarse de su experiencia interna, junto
con comprenderse a sí mismo y a los otros como seres
intencionales cuya conducta está organizada por estados
mentales, pensamientos, sentimientos, creencias y deseos"
(Fonagy, 1999, p. 4).
El poder ver el mundo de las relaciones como intencional,
es entrar a un mundo intersubjetivo. Este mundo intersubje-
tivo, que se manifi esta por primera vez a los nueve meses de
edad, opera a un nivel de representación secundaria (o de un
segundo orden), ya que con una intencionalidad compartida
se inaugura, aunque sea de forma elemental, el uso de los
símbolos y con ello se pueden captar y sintetizar diferentes
facetas de una misma interacción y generalizar estas interac-
ciones en contextos nuevos. Más aun, esta intencionalidad
compartida establece un espacio intersubjetivo fértil para el
desarrollo emocional y psicológico del niño.
Fonagy (1999) afi rma que “los seres humanos tratan de
entenderse unos a otros en términos de estados mentales:
pensamientos y sentimientos, creencias y deseos, con la
fi nalidad de otorgar sentido y, aún de mayor importancia,
de anticipar las acciones de los demás" (Fonagy, 1999, p.
6). Fonagy conceptualiza esta capacidad como mentaliza-
ción, teoría de la mente o función re. exiva, que se defi ne
como la comprensión de la conducta de uno mismo y de los
otros en términos de estados mentales. La función re. exiva
o capacidad de mentalización es una indagación sobre la
teoría particular que cada individuo se forma sobre lo que
ocurre en la mente de otra persona (Fonagy, 1999).
Fonagy defi ne la función re. exiva o mentalización
como la capacidad cognitiva que permite “leer" o inferir
estados mentales en sí mismo y en los otros, lo que implica
208
JOSÉ RAMÓN PINEDO PALACIOS / MARÍA PÍA SANTELICES ÁLVAREZ
TERAPIA PSICOLÓGICA 2006, Vol. 24, Nº2, 201–210
tanto un componente autorre. exivo como interpersonal o
intersubjetivo, que permite distinguir la realidad interna
de la externa, lo “real" y lo “fi cticio", y los procesos intra-
personales, mentales y emocionales de la comunicación
humana. Pero lo más importante, crea una sensación de
continuidad de la experiencia (lo que permite la identidad
del Yo y la emergencia de una estructura mental coherente
y consistente en el tiempo). Esta estructura mental estaría
soportada en las representaciones internas de la realidad o
modelos operantes internos.
Fonagy sostiene que el reconocimiento de los estados
mentales del otro (así como su valoración e interpreta-
ción) son cruciales para el desarrollo de la capacidad de
re. exionar sobre situaciones intersubjetivas. Esta habilidad
le permitirá al sujeto predecir mejor las consecuencias de
los eventos interpersonales. Esta capacidad se adquiere
entre los 4 y 5 años de edad, aunque “la adquisición de una
teoría de la mente está lejos de alcanzar el punto fi nal de
este proceso de desarrollo. En verdad, se podría argumentar
que la función re. exiva nunca es alcanzada totalmente"
(Fonagy, 1999, p. 8).
El grado más sofi sticado o acabado de la función re-
. exiva es un logro evolutivo que, en general, sólo surge en
el marco de relaciones de apego seguras. La emergencia
de la función re. exiva se posibilita por la calidad de las
relaciones de apego en lo primeros años de vida y se puede
predecir a partir de la calidad de la relación de apego que
se tenía con los cuidadores y de la propia capacidad men-
talizadora de estos últimos.
Los padres con una alta capacidad re. exiva son más
capaces de proveer un apego seguro al niño por tres razones
(Fonagy, 1991, 1999):
- Al comprender sus propios estados emocionales, estos
padres son más capaces de regular sus propias reaccio-
nes y las relaciones con sus hijos.
- Pueden promover un diálogo re. exivo con los hijos y
con todo el grupo familiar.
- Sus comunicaciones no presentan distorsiones signifi -
cativas.
Así, padres con patrones de apego seguros estarían en
mejores condiciones para poder inferir estados mentales
en sus hijos y “devolverles" una imagen más cierta de los
propios estados mentales que ellos están viviendo en ese
momento u otro. De este modo, y gracias a que el niño
comienza a “descubrir" los diversos estados mentales en
sí mismo y en los otros (sus propios modelos operantes
internos y los de sus cuidadores), comienza también a
experienciar el desarrollo de la propia coherencia del sí
mismo (recordemos que los modelos operantes internos
representan una imagen de sí mismo, una imagen del otro,
el modo cómo se es tratado y la carga afectiva de la relación
intersubjetiva con la fi gura de apego).
De más está decir que la capacidad de mentalizar (o
función re. exiva) se presenta sólo en interacción con cui-
dadores que posibiliten la emergencia de esta capacidad.
Así, “un cuidador re. exivo incrementa la probabilidad del
apego seguro del niño, el cual, a su vez, facilita el desarrollo
de la capacidad de mentalizar […] una relación de apego
seguro provee un contexto también seguro para que el niño
explore la mente del cuidador, y de esta manera conozca más
acerca de las mentes. […] El proceso es intersubjetivo: el
niño consigue conocer la mente del cuidador/a de acuerdo a
cómo el cuidador/a intenta comprender y contener el estado
mental del niño" (Fonagy, 1999, p. 10).
Discusión
La teoría de la mente como modelo operante interno
El papel de los cuidadores es central para el desarrollo
de una teoría de la mente. Al poseer un modelo operante
interno, el adulto reacciona ante los requerimientos de
cuidado desde su propio modelo en particular. Así, la repre-
sentación que tiene la madre por ejemplo del afecto de su
hijo es representada por éste y “mapeada" sobre su propio
modelo interno (Fonagy, 1991, 1999; Fonagy, Gergely,
Jurist & Target, 2002).
Los adultos entonces, re. ejan los afectos de los infantes
a su cargo de modo que éstos puedan “verse re. ejados" en
la reacción de los cuidadores. Si los modelos operantes son
muy rígidos y estereotipados, el re. ejo será “demasiado
exacto o distorsionado", de modo que el infante no podrá
reconocerse en el otro, sino que será el otro. Así, los cui-
dadores seguros posibilitan que el infante reconozca sus
emociones como análogas, pero no exactas, con lo cual su
experiencia y el proceso de formación de símbolos comien-
za. De esta manera el mapeado representacional entre el
propio afecto y las emociones de los otros, el intercambio
de sentimientos entre el niño pequeño y el cuidador, proveen
una especial fuente de información para éste acerca de sus
propios estados internos (Fonagy, 1999).
De acuerdo a lo anterior, se podría afi rmar que cuando
una madre o cuidador se relaciona con el bebé, se ponen
en juego complejos mecanismos regulatorios y homeos-
táticos que regulan a ambos componentes de la relación.
Por un lado, el infante necesitado de ser satisfecho en sus
necesidades biológicas o psicológicas y, por otro, una
madre teniendo a su hijo en su mente. En la medida que se
“tienen en mente" los estados mentales del propio hijo, la
devolución que hace el adulto de ese estado mental es más
precisa y con mayor carga de “lectura de mente", lo que se
podría interpretar como la sensación por parte del bebé que
“eso era exactamente los que yo necesitaba". Es decir, la
madre devuelve “re. ejado" el estado en que se encuentra
el bebé en ese momento, lo que se ha denominado función
de especularización o “mirroring" (Fonagy, 1999).
209
APEGO ADULTO:
LOS MODELOS OPERANTES INTERNOS Y LA TEORÍA DE LA MENTE
TERAPIA PSICOLÓGICA 2006, Vol. 24, Nº2, 201–210
La calibración de esta devolución es compleja, ya que
el bebé necesita que sea un re. ejo lo sufi cientemente pa-
recido, para lograr reconocerse en la imagen mental que le
es devuelta y sufi cientemente distinto, para no generar una
sensación de ausencia de diferenciación con la madre. En
todo caso, es imprescindible que este tener en mente a su
hijo(a), sea como una totalidad, es decir, tener en mente al
hijo tanto en términos físicos, como mentales.
Una buena actitud mentalizadora de un cuidador,
favorece en el niño la emergencia en su mente de creen-
cias, sentimientos e intenciones, las cuales le permitirán
a futuro controlar sus propias reacciones emocionales
interpersonales y afectivas, a través del desarrollo de sus
propios modelos operantes internos. En otras palabras,
la exploración de los signifi cados de las acciones de los
otros es, entonces, un precursor de la habilidad de los
niños para etiquetar y encontrar signifi cado a sus propias
experiencias psicológicas, siendo esta habilidad la base de
las capacidades de regulación, control de impulsos, auto-
monitoreo, autorepresentación y autoorganización de sí
mismo (Fonagy, 1999).
La combinación de la representación de la experiencia
de sí mismo y la representación de la reacción del cuidador,
capacita al niño para interpretar y entender las muestras
afectivas en los otros, así como el llegar a la regulación y
control de sus propias emociones. La sensibilidad del cui-
dador, entonces, estimula al niño a comenzar organizando la
experiencia de sí mismo de acuerdo a grupos de respuestas,
las cuales serán eventualmente etiquetadas verbalmente
como emociones, creencias, planes y deseos propios, e
independientes a las de los demás que lo rodean.
Referencias
Ainsworth, M.D.S., Blehar, M. C., Waters, E., & Wall, S. (1978). Patterns
of attachment: A psychological study of the strange situation. New
Jersey: Eribaum.
Benoit, D. & Parker, K. (1994). Stability and transmission of attachment
across three generations. Child Development, 65, 1444-1457.
Bowlby, J. (1969). El vínculo afectivo. Buenos Aires: Paidós.
Bowlby, J. (1980). La pérdida afectiva. Buenos Aires: Paidós.
Bowlby, J. (1995). Una base segura. España: Paidós.
Bowlby, J. (1997). El vínculo afectivo. España: Paidós.
Bowlby, J. (2003). Vínculos afectivos: Formación, desarrollo y pérdida.
Madrid: Morata.
Bretherton, I. (1999). Internal working model in attachment relation-
ships: A constructed revisited. En: Cassidy, J. & Shaver, P.R. (Eds.).
Handbook of attachment: Theory, research and clinical applications
(pp. 89-111). New York: Guilford Press.
Canton, J. & Cortés, M (2000). El apego del niño a sus cuidadores.
Alianza: España.
Dozier, M., Stovall, K.C. & Albus, K.E. (1999). Attachment and psycho-
pathology in adulthood. En J. Cassidy & P.R. Shaver (Eds.). Handbook
of attachment: Theory, research and clinical applications (pp. 497-519).
New York: Guilford Press.
Fonagy, P. (1999). Psycoanalytic Therory from the Viewpoint of Attach-
ment Theory and Research. En: Cassidy, J. & Shaver, P.R. (Eds.).
Handbook of attachment: Theory, research and clinical applications
(pp. 595-624). New York: Guilford Press.
Fonagy, P. (1999). Persistencias transgeneracionales del apego: Una nueva
teoría. Revista de Psicoanálisis, 3, 89-111.
Fonagy, P., Steele, H. & Steele, M. (1991). Maternal representations of
attachment during pregnancy predict the organization of infant-mother
attachment at one year of age. Child Development, 62, 891-905.
Fonagy, P., Gergely, G., Jurist E. & Target, M. (2002). Affect Regula-
tion, mentalization, and the development of the self. New York: Other
Press.
Freud, S. (1996). Obras completas. Madrid: Biblioteca Nueva.
Kernberg, O. (1998). La teoría de las relaciones objetales y el psicoanálisis
clínico. México: Paidós.
Laplanche, J. & Pontalis, J. B. (1981). Diccionario de psicoanálisis.
España: Labor.
Main, M. (2000).The organized categories of infant, child, and adult at-
tachment: Flexible and in. exible attention under attachment-related
stress. Journal of the American Psychoanalitic Association, 48, 4,
1055-1127.
Marrone, M. (2001). La teoría del apego. Un enfoque actual. Madrid:
Psimática.
Sroufe, A. (2000). Desarrollo emocional. México: Oxford University
Press.
Steele, H., Steele, M. & Fonagy, P. (1996). Associations among attachment
classifi cations of mothers, fathers and infants: Evidence for a relation-
ship-specifi c perspective. Child Development, 67, 541-555.
Varela, F. (2000). El fenómeno de la vida. Santiago de Chile: Dolmen.