Terapia psicológica
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
sochpscl@entelchile.net
ISSN (Versión impresa): 0716-6184
CHILE
2005
Jaime Yasky P.
LAS ENTREVISTAS INICIALES
Terapia psicológica,
diciembre, año/vol. 23, número 002
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
Santiago, Chile
pp. 13-17
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Universidad Autónoma del Estado de México
http://redalyc.uaemex.mx
Introducción
En general, se llaman así a las entrevistas que sostienen
analista y consultante al comenzar su trato profesional,
entrevistas en que se realiza, según Freud (1913), un “...son-
deo a fin de tomar conocimiento del caso y decidir si es
apto para el psicoanálisis" (p. 126) antes de dar inicio for-
mal al tratamiento psicoanalítico.
Este encuentro se define por los particulares roles que
ocupa cada parte. Uno, el paciente, acude donde la otra par-
te, el clínico, con la expectativa de ser ayudado a tratar con
algún tipo de sufrimiento psicológico que lo aqueja y que no
ha sido capaz de resolver por otros medios. El clínico, en
virtud de su formación y cierta experticia adquirida en el
tratamiento del sufrimiento humano, lleva a cabo un proce-
dimiento para enterarse del caso y así poder estimar las posi-
bilidades de ofrecer al paciente algún tipo de auxilio.
Estas entrevistas reciben distintas denominaciones según
se recalque uno u otro aspecto de éstas. Algunas de estas
denominaciones son: “entrevistas preliminares" resaltando
que estas entrevistas son los necesarios encuentros prelimi-
nares al inicio del análisis, o sea, que no son el tratamiento
mismo o que no siguen necesaria y estrictamente los
lineamientos técnicos de éste; “análisis de prueba" para re-
saltar que sí se está aplicando la técnica propia del trata-
miento analítico pero a modo de evaluar si éste tiene posibi-
lidades de prosperar; y “entrevistas diagnósticas" para resal-
tar que estas entrevistas tienen como objetivo establecer la
naturaleza y el tipo de dolencia que presenta el paciente.
Las Entrevistas Iniciales
Initial Interviews
Jaime Yasky P.
*
(Rec: 28 agosto 2005 – Acep: 18 nov. 2005)
Resumen
Este artículo presenta el tema de las entrevistas que dan inicio a un tratamiento psicoanalítico, resaltando sus
objetivos y técnica, y enfatizando la importancia que tienen para determinar las posibilidades de éxito del
tratamiento a iniciar.
Palabras claves: entrevistas iniciales, diagnóstico, psicoanálisis.
Abstract
This paper presents the issue of the interviews that initiate a psychoanalytic treatment, highlighting their
objectives and technique, and emphasizing the importance they have in determining the success possibilities
of the initiating treatment.
Keywords: initial interviews, diagnosis, psychoanalysis.
La denominación “entrevistas iniciales" resalta el hecho
que estas entrevistas ya son el inicio del tratamiento. Si bien
es cierto son entrevistas en las cuales evaluamos si están
dadas las condiciones necesarias para iniciar un tratamiento,
y si bien es cierto que la técnica y el encuadre no son iguales
a los que rigen el tratamiento propiamente tal, en los casos
en que sí iniciamos efectivamente el tratamiento, retrospec-
tivamente éstas ya fueron el inicio. De esta manera se propi-
cia el inicio inmediato del análisis, aunque como fruto preli-
minar de éste lleguemos a la conclusión de que no están da-
das las condiciones para iniciar un tratamiento.
Objetivos de la Entrevistas Iniciales
Son varios los objetivos que se pretenden cumplir a tra-
vés de estas entrevistas, objetivos que no son excluyentes
entre sí, que representan los intereses tanto del analista como
del paciente y en el fondo se supeditan a un propósito ma-
yor: determinar si es que en cuanto analista podemos ofre-
cer ayuda al paciente que nos consulta.
Mas específicamente, tratamos de evaluar conjuntamen-
te con el paciente si se dan las condiciones para iniciar un
tratamiento psicoanalítico. Digo conjuntamente pues es
necesario que el paciente participe activamente de toda esta
empresa, lo que incluye la evaluación de la pertinencia de
su inicio. Por supuesto, la participación de ambas partes en
esta evaluación no es igualitaria dada la diferencia de ro-
les; cada parte aporta desde lo suyo para resolver este asun-
to, pero constatar que el paciente pueda participar activa-
mente en el tratamiento es clave, ya que el análisis no es
algo que se le haga al paciente, sino algo que él hace, con
la colaboración del analista.
TERAPIA PSICOLÓGICA
2005, Vol. 23, Nº 2, 13 – 17
Copyright 2005 by Sociedad Chilena de Psicología Clínica
ISSN 0716-6184
*
Psicólogo Clínico Acreditado. Correspondencia: Avda. Pedro de Valdivia
555, Of. 510, Providencia. Fono 2092657. Email jaimeyasky@gmail.com
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JAIME YASKY P.
TERAPIA PSICOLÓGICA 2005, Vol. 23, Nº2, 13 – 17
Como lo planteara Freud en 1913, desconsiderar esta
evaluación inicial puede acarrear consecuencias negativas
tanto para el intento de cura que comienza como para el
paciente mismo. No da lo mismo percatarse de la
inviabilidad de un tratamiento en la segunda entrevista que
pasados seis meses o un año. En el segundo caso hay más
chances que el paciente se desilusione de la utilidad del
tratamiento analítico en general y/o de sus expectativas de
mejorar su situación de vida, y conviene ahorrarle tales
penurias, en la medida de lo posible, al paciente. Esta pre-
caución también protege al analista y –en términos más
abstractos– también a la profesión (puede causar una mella
en la credibilidad de ésta), pues la evaluación realista de
las posibilidades de ayudar al paciente permite que éste se
ahorre la frustración y potencial merma en la seguridad de
sus competencias que un fracaso en un tratamiento, no pre-
visto pero tal vez previsible, pudiera acarrear.
De lo anterior se desprende el reconocimiento de que el
tratamiento analítico no funciona para todos los casos ni
en cualquier condición, o dicho de manera menos abstrac-
ta, que lo más probable es que no podamos ayudar a todas
las personas que nos lo solicitan, o por lo menos, no bajo
cualquier condición. Partir con estas precauciones, en la
medida que no nos inhiban a actuar, pues no hay empresa
exenta de incertidumbre y riesgos, nos ubica frente a la
tarea de una manera en que son mayores las posibilidades
de que el trabajo que se inicia sea fructífero. Cada analista
tiene límites –más amplios o más estrechos, más o menos
móviles, que dependen de su personalidad, su experiencia
y del caso en cuestión– en su capacidad de trabajar produc-
tivamente con un paciente. Visto de otra manera, las posi-
bilidades de establecer una relación con un particular pa-
ciente –
rapport
– en que sea posible hacer un trabajo analí-
tico son específicas de tal dupla, y la responsabilidad últi-
ma por zanjar este asunto recae en el analista. Esta forma
de ver las cosas, por cierto, cuestiona la premisa que plan-
tea que la analizabilidad del paciente es un problema que
radica fundamentalmente en la patología de éste.
Son varias las condiciones ideales o mínimas que debie-
ran darse para resolver el inicio de un tratamiento y como ya
vimos, evaluarlas es un objetivo central de estas entrevistas.
Por un lado, es importante sondear el motivo de con-
sulta. Tomar noticia de lo que aqueja al paciente, intentar
bosquejar las características de las problemáticas que nos
presenta, tanto las que plantea a nivel explícito como aque-
llas que se perfilan o deducen de sus comunicaciones pero
que no están formuladas de manera explícita. Es necesario
precisar si las quejas o demandas del paciente están formu-
ladas en términos de que se reconozca, en cuanto sujeto,
involucrado o aproblemado por aquello que trae como
motivo de consulta, o que por lo menos exista el potencial
de que se pueda preguntar qué tiene que ver con aquello
que lo está aquejando. Que el paciente nos diga que fue
engañado por su mujer o que tiene un dolor crónico en la
espalda no es suficiente, distinto es si averiguamos que le
sorprende su indiferencia ante el engaño de ésta, o que se
siente deprimido por tener tal dolor de espalda, en ambos
casos podemos constatar la forma en que el paciente da
cuenta de cómo está involucrado en lo que le pasa o en lo
que ocurre en su vida. ¿Cuál es el grado de precisión y
profundidad del conocimiento que se persigue o cuanto es
necesario sondear. Lo necesario para arribar a la conclu-
sión de que el paciente se experimenta, explícita o implíci-
tamente, conflictuado por aquello que lo aqueja.
Este sondeo del caso implica una aproximación tanto
nomotética como ideográfica. Intentamos sintonizar con la
singularidad del caso, de hecho la tarea medular del psi-
coanálisis consiste justamente en el intento por reconocer
las verdades subjetivas que el paciente no tolera, la “reali-
dad psíquica" al decir de Freud, no así lo común o lo cons-
tante entre caso y caso: esto último más bien es un resulta-
do secundario –sin desmerecer su importancia– de la labor
analítica. Pero en este sondeo también incluimos una mira-
da comparativa, intentamos ubicar o reconocer el caso en
el contexto de lo ya conocido, lo ya descrito, en una
nosografía o teoría psicopatológica, con la expectativa de
que estas generalidades nos orienten en la comprensión del
caso. No siempre lo ya sabido nos sirve para conocer un
nuevo caso, es más, puede obstaculizar su comprensión.
También es cierto que a partir de un caso podemos hacer
intelecciones más o menos extrapolables, pero lo cierto es
que a todo caso lo abordamos desde cierta teoría que valo-
ramos (valoración que, por cierto, guarda relación con las
implicancias eróticas o resistenciales para el propio equili-
brio narcisista del analista), y es necesario cotejar el mutuo
encaje entre el caso y la teoría que sostenemos, pues en
esta interrelación se juega la dirección del proceso analíti-
co. Estas dos orientaciones –nomotética e idiográfica– son
polos de una dialéctica constante en que transcurre el com-
prender del analista, pues indefectiblemente “comprende-
mos" el caso particular en virtud de nociones psicopatoló-
gicas que, consciente o inconscientemente, nos constitu-
yen como observadores y desde las cuales damos o capta-
mos el sentido de lo que observamos, y a la vez, “com-
prendemos" o nos hace sentido la teoría justamente cuan-
do la realidad clínica parece comportarse u organizarse como
ésta lo propone. Lo que comprendemos no se reduce a una
reiteración o reimpresión de lo supuesto –nuestra teoría– sino
que está vivo y remueve o hace variar nuestros supuestos,
hace que se vuelvan “propios". Si esto no fuera así, la teoría
no sería más que un ejercicio de taxidermia, riesgo que siem-
pre acecha en la relación entre la clínica y la teoría: la teoría
puede estar al servicio del análisis o de la resistencia.
Al respecto Bleger (1964) señala “...la observación que
se realiza (es) siempre en función de ciertos supuestos y
que, cuando éstos son conscientes y manejados como ta-
les, la observación se enriquece"; “...ir formulando hipóte-
sis mientras se observa, y en el curso de la entrevista veri-
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ficar y rectificar las hipótesis durante su transcurso mismo
en función de las observaciones subsiguientes..." “Obser-
var, pensar e imaginar coinciden totalmente y forman parte
de un solo y único proceso dialéctico" (p. 22). El interpre-
tar debiéramos incluir como relativo al imaginar, compren-
der. Subrayaría lo que señala Bleger en términos de que
estos supuestos e hipótesis están siempre ahí en nuestra
actividad investigativa, sepámoslo o no.
En consecuencia, la comprensión intelectual del caso,
su ubicación dentro de ciertas coordenadas teóricas (ej. iden-
tificar la repulsión hacia ciertos alimentos en un paciente
como síntoma histérico, por sobresexualización de tal ali-
mento), es una labor auxiliar, es una pista, pero no es la
labor analítica en sí: la labor analítica consiste en el descu-
brimiento de cuál es la significación inconsciente de las
manifestaciones que trae el paciente, no en su equipara-
ción con la significación de otras manifestaciones simila-
res. El logro de esta labor analítica requiere que el analista
se disponga a explorar y reconocer cómo está involucrado
subjetivamente en la configuración y comprensión del caso,
lo que particularmente se pone de relieve en la dinámica
transferencial–contratransferencial.
Entonces, desde esta óptica clasificatoria, es importan-
te el reconocimiento de ciertas pautas de funcionamiento
psíquico preponderantes en el paciente, tales como la pre-
sencia de síntomas, de angustia, de inhibiciones, de rasgos
caracterológicos, dinámicas defensivas particulares, recuer-
dos o elementos biográficos claves, etc., lo que nos permi-
ta establecer si estamos ante un funcionamiento neurótico,
perverso o psicótico
1
, y en función de tal precisión, esti-
mar la magnitud de la tarea a emprender o definitivamente,
estimar si es que podemos ofrecer un tratamiento viable.
Aunque ya fue mencionado en el punto relativo al mo-
tivo de consulta, es necesario hacer hincapié en la impor-
tancia del reconocimiento de la aptitud y disposición del
paciente para el “trabajo psicológico", para la reelaboración.
En términos operativos, importa conocer la disposición a
extrañarse respecto a sus propias producciones mentales y
a su experiencia, a tomarse a sí mismo y a lo que le ocurre
como objeto de interrogación e indagación, a pensarse, a
explorar la manera en que está involucrado en la determi-
nación de su experiencia. No se trata de buscar al paciente
perfecto, sino a establecer si existe un mínimo de disposi-
ción a hacerse preguntas respecto a sí mismo, pues, como se
planteó anteriormente, en definitiva quien hace el análisis es
el paciente, y si éste no está dispuesto a hacerlo, por muy
brillante y laborioso que sea el analista, el análisis no ocurre.
Un objetivo tácito de las entrevistas iniciales es permi-
tir al futuro paciente conocer al analista y su forma de tra-
bajo, para que así tenga más elementos para decidirse a
iniciar el tratamiento. Es un hecho que los pacientes nos
evalúan y sacan sus propias cuentas y pienso que hay bue-
nas razones para destacarlo. Explicitar que el paciente es
partícipe de la decisión de iniciar o no el tratamiento, su-
braya su rol activo y participativo en el tratamiento. Propi-
cia que el paciente se apropie de su análisis. Aunque al
final el paciente termine resolviendo el inicio del tratamiento
impulsado por las vicisitudes de su neurosis (ej. temor a
que el analista se desilusione de él) y no tanto por conside-
raciones realistas, el delinear esta prerrogativa nos ubica
en mejor pie para analizar justamente del modo en que se
inicia el tratamiento. Considerar la participación del pacien-
te en la toma de esta decisión puede propiciar la manifesta-
ción de dudas que tanto la técnica como la persona del analista
puedan despertar en éste, lo que puede constituir un
auspicioso punto de inicio del análisis de la transferencia o
puede precipitar el aborto de un análisis con pies de barro.
Ligado a lo anterior está el sondear si es posible esta-
blecer una relación de afinidad básica necesaria entre pa-
ciente y analista que permita emprender la labor analítica,
un
rapport
operativo. Esto tiene que ver con que el analista
sienta que puede comprender al paciente, identificarse con
éste tanto en su posición de padeciente respecto a lo que lo
aqueja, como también identificarse con éste en su posición
de provocante de aquello que lo aqueja. En general, esta
comprensión que el analista puede tener por el paciente se
correlaciona con la sensación de parte del paciente de ser
mínimamente comprendido por el analista, lo que es indis-
pensable para el desarrollo del tratamiento.
Aparte –pero no menos importante– hay variables prác-
ticas que deben considerarse pues son claves para el inicio
y continuidad del tratamiento. La coincidencia y disponi-
bilidad mutua de horarios y el acuerdo en el valor de los
honorarios y forma de pago son puntos que deben discutir-
se y acordarse de la manera más franca y abierta posible.
La situación de entrevista y la técnica
El paciente que enfrentamos en la primera entrevista viene
impulsado a contactarnos y a apersonarse ante nosotros aque-
jado por algo que lo angustia, por algún derivado de dicha
angustia o por las consecuencias de sus intentos por defen-
derse de sus problemas y por la expectativa de que nosotros
tenemos algún saber o poder que le permitiría resolver tal
sufrimiento. Considerando este hecho, creo que la primera y
principal tarea del analista es no entorpecer el despliegue
del caso y no sofocar este verdadero motor del análisis.
Bleger (1964) plantea este punto en términos de “...per-
mitir en todo lo posible que el entrevistado configure el
campo de la entrevista según su estructura psicológica par-
ticular, o –dicho de otra manera– que el campo de la entre-
vista se configure al máximo posible por las variables que
dependen de la personalidad del entrevistado" (p. 10).
Esto implica permitir o favorecer que el paciente se
exprese de la manera más abierta posible, que tome la de-
1
O el tipo de categorías diagnósticas que usemos desde nuestras parti-
culares referencias teóricas.
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lantera en cuanto a mostrarse, a comunicarse y en general
a desplegar su intento por determinar –por acción u omi-
sión– la relación con el analista, sea lo que sea que ponga o
suponga en nosotros (me refiero a que, por ejemplo, la lo-
cuacidad de un paciente o su inhibición ante nosotros son
equivalentes en cuanto a manifestación de una propuesta
relacional).
Con lo anterior no estoy sugiriendo negar nuestra pre-
sencia o negar el hecho de que el paciente que conocemos
es en definitiva
nuestro
paciente: indefectiblemente, por
acción o por omisión, participamos en que el paciente se
nos presente de tal o cual forma
2
. El punto es evitar “colo-
nizar" la relación, evitar imponerle determinada estructura
de relación que resulte artificiosa y que eclipse el encuen-
tro con el paciente, que impida el reconocimiento de lo que
espontáneamente ocurre o se da con éste (por ejemplo, apli-
cando un cuestionario, una pauta preestablecida de entre-
vista o siguiendo un curso preestablecido de pensamien-
to). O sea, intentar defenderse lo menos posible del en-
cuentro con el paciente. Este no es un tema fácil de plan-
tear, es tentador afirmar que debiéramos tender a ser la cons-
tante en el encuentro con el paciente y dejar que éste sea la
variable, pero esta aproximación es insuficiente pues pue-
de ser confundida con un mandato que prevenga el surgi-
miento de una experiencia nueva en el analista en su en-
cuentro con el paciente.
El defenderse lo menos posible del paciente incluye
tolerar el lugar idealizado en que el paciente nos pone y
que usualmente lo impulsa a consultarnos y que se corres-
ponde a la transferencia positiva que Freud (1912) sugiere
no analizar en la medida que no haga resistencia, pues como
señalamos antes, es motor del análisis. Es lo que plantea
Lacan (1967/68) cuando enfatiza la importancia de que,
para partir, el analista dé soporte al lugar de “sujeto su-
puesto saber" en que el paciente ubica al analista.
El paciente que ya hizo los esfuerzos necesarios para
ubicarse frente a nosotros en la primera consulta lo ha he-
cho impulsado por la necesidad de dar cuenta de lo que le
pasa, por lo que expresiones tales como “no sé por qué
vine", “no tengo nada que decir", el mutismo o la incohe-
rencia deben ser tomadas en este contexto, como comuni-
caciones a ser entendidas dentro de las vicisitudes propias
de la dinámica transferencial–contratransferencial.
No es parte del rol del entrevistador provocar angustia
–aunque eso sea lo que el encuentro con el entrevistador
genere en el paciente– ni mitigarla por otros medios que no
sean los analíticos (principio de abstinencia). Esto es parti-
cularmente importante ante la solicitud tácita o explícita
de parte del paciente por que hagamos cosas o represente-
mos determinados roles que aplaquen las particulares an-
siedades que se actualizan en el encuentro con el analista.
No está de más plantear que lo recién dicho también es
válido en sentido inverso: el paciente no está ahí para ate-
nuar o aplacar la angustia que el encuentro con éste pueda
provocar en el analista. Todo esto en el entendido que nues-
tra actividad analítica se nutre de que ambos partícipes
puedan efectivamente tratarse con naturalidad, como per-
sonas comunes. Desafortunadamente no con poca frecuen-
cia esto se pierde de vista en nombre de una mal entendida
neutralidad, confusión que como lo señaló Heimann
(1949[1950]) años atrás, pareciera responder a un intento
por identificarse con determinado ideal de analista (asépti-
co, distante emocionalmente) que pareciera repetirse entre
los analistas a lo largo del tiempo: no es lo mismo prestarse
a ser depositario de una idealización con que el paciente
nos inviste que efectivamente identificarse con determina-
da idealización para ubicarse frente al paciente.
“En la contratransferencia se incluyen todos los fenó-
menos que aparecen en el entrevistador, como emergentes
del campo psicológico que se configura en la entrevista;
son las respuestas del entrevistador a las manifestaciones
del entrevistado, el efecto que tienen sobre él. Dependen
en alto grado de la historia personal del entrevistador, pero
si aparecen o se actualizan en un momento dado de la en-
trevista es porque en ese momento hay factores que operan
para que ello suceda así. Durante mucho tiempo se los ha
considerado como elementos perturbadores de la entrevis-
ta, pero progresivamente se ha reconocido que ellos son
indefectibles o ineludibles en su aparición, y el entrevista-
dor debe también registrarlos como emergentes de la si-
tuación presente y de las reacciones que provoca el entre-
vistado"
(Heimann (1949[1950]) p. 25).
En último término, lo importante es sostener una acti-
tud analítica, o sea, la disposición a considerar lo que hace-
mos con el paciente, lo que éste nos despierta o provoca
como parte del material a analizar.
En cuanto a las intervenciones que realizamos, básica-
mente se orientan a escuchar y observar lo que el paciente
nos comunica de manera conciente e inconsciente (lapsus
linguae, particulares palabras o particulares articulaciones
de frases que se escogen para decir algo, gestualidad, ento-
nación), lo que incluye clarificar las comunicaciones del
paciente a través de formularle preguntas, señalar aquellas
manifestaciones que estimamos relevantes pero que hayan
sido planteadas “al pasar" o con indiferencia, y confrontar
al paciente con aquellos aspectos de sus comunicaciones
que parezcan contradictorios. Estas maniobras además de
permitirnos comprender mejor lo que el paciente comuni-
ca, nos permite observar su funcionamiento mental, plan-
tearnos hipótesis, provocar asociaciones, sondear la dispo-
sición al trabajo psicológico. En general, como es un estu-
2
Es más, el caso es la particular manera en que configuramos nuestra
experiencia con el paciente.
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dio previo al inicio del tratamiento mismo, nos abstene-
mos de ofrecer interpretaciones, o sea, aclaramos, resalta-
mos o reorganizamos aquello que el paciente plantea a ni-
vel conciente o que está a nivel preconciente, pero todavía
no nos proponemos añadir mucho, salvo que queramos
evaluar su reacción a las interpretaciones o que en térmi-
nos estratégicos juzguemos necesario interpretar para pro-
vocar la adhesión del paciente al proceso analítico.
En las entrevistas iniciales no operamos de la misma
manera que cuando iniciamos el análisis propiamente tal y
esto tiene su razón de ser. El tratamiento analítico es una
situación bastante extraña: uno de los partícipes –el analista–
no actúa con todas las propiedades de una persona común
sino que durante la relación que mantienen se dedica casi
exclusivamente a referirse al propio paciente inclusive cuan-
do éste lo interpela. El común de los pacientes se ubican y
nos ubican en lugares –socialmente sostenidos– dentro de
la serie paciente–médico/hijo–padre con roles determina-
dos (el paciente no sabe y acude donde el analista que sí
sabe lo que ocurre y sabe lo que se debiera hacer). Dado este
estado de cosas, es recomendable introducir al paciente al
encuadre psicoanalítico, explicarle e instruirlo respecto a en
qué consiste el procedimiento y cuál es su parte en éste.
Esto incluye la necesidad de discutir y acordar concre-
ta y francamente con éste las condiciones de trabajo y res-
ponder de manera lo más clara posible –hasta lo que sea
razonable– las inquietudes legítimas de una persona que
acude por asistencia profesional, tales como dar cuenta de
nuestras calificaciones profesionales, nuestra inscripción
en Isapres u otros sistemas de salud, la explicación del sen-
tido del tratamiento, explicar en qué consiste la técnica,
cuál es el rol de cada cual en el tratamiento, y otros ele-
mentos del encuadre. Entretanto no renunciamos a anali-
zar lo que ocurre, pero no por eso desconsideramos res-
ponder a los elementos de realidad relativos al encuadre
que son necesarios de tratar antes de “echar a andar" el
tratamiento psicoanalítico. Esta aclaración previa no impi-
de ni tiene como propósito desalentar la idealización del
analista o de la relación con éste, pero sí es un punto de
apoyo, puesto desde el principio, desde el cual posterior-
mente puede iniciarse la desarticulación de la transferencia.
Referencias
Bleger, J. (1964) La Entrevista Psicológica. En: Bleger, J. Temas de Psi-
cología. Buenos Aires: Ed. Nueva Visión.
Freud, S. (1912). Consejos al médico tratante sobre el tratamiento psicoa-
nalítico. En S. Freud, Obras Completas. Vol. 12. Buenos Aires: Ed.
Amorrortu.
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Completas. Vol. 12. Buenos Aires: Ed. Amorrortu.
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Completas. Vol. 12. Buenos Aires: Ed. Amorrortu.
Heimann, P. (1949[1950]): On countertransferance. En: Heimann, P. About
Children and Children–No–Longer (Collected Papers 1942 – 80).
London: Ed. Routledge,
Lacan, J. (1967/68): Seminario El acto psicoanalítico. Recuperado el 20
de agosto de 2005 en: www.psicoanalisis.org.