Terapia psicológica
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
sochpscl@entelchile.net
ISSN (Versión impresa): 0716-6184
CHILE
2005
Verónica Pérez / Ana María Fernández / Jorge Rodríguez / Flora De la Barra
EVALUACIÓN DEL EFECTO DE UNA INTERVENCIÓN CONDUCTUAL EN LA
AGRESIVIDAD ESCOLAR
Terapia psicológica,
junio, año/vol. 23, número 001
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
Santiago, Chile
pp. 91-98
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Universidad Autónoma del Estado de México
http://redalyc.uaemex.mx
Copyright 2004 by Sociedad Chilena de Psicología Clínica
ISSN 0716-6184
Evaluación del Efecto de una Intervención Conductual en la
Agresividad Escolar
Assessment of the Effect of a Behavioral Intervention in School Aggression
Verónica Pérez*
Ana María Fernández
Universidad del Desarrollo
Universidad de Santiago de Chile
Jorge Rodríguez
Flora De la Barra
Universidad de Chile
Universidad de Chile
rec: 12-abril-2005 acep: 25-mayo-2005
Resumen
Se investiga el efecto que tiene una intervención conductual aplicada en la sala de clases, en el desarrollo de conductas
disruptivas entre primero y tercero básico. Para esto, se diseñó un estudio cuasi–experimental longitudinal que permitió
evaluar los efectos de la aplicación del programa del Juego del Buen Comportamiento (JBC) en las conductas disruptivas
de 45 niños de dos colegios municipalizados del sector Oriente, en comparación con un grupo equivalente que no recibió
la intervención (compuesto por 104 escolares). Los resultados indicaron que la aplicación del JBC en 1º y 2º básico, se
relaciona con una disminución de los problemas de desobediencia y/o agresión, deficiencia cognitiva e inmadurez emo-
cional en 3º básico. Ademas, el programa se relaciona con una protección y/o prevención de la ocurrencia de estos
problemas en el grupo intervenido. Se discuten algunos desafíos metodológicos del presente estudio y las implicancias de
estos resultados para investigaciones futuras, y algunas expectativas de seguimiento de estos resultados en sexto básico.
Palabras Clave: Prevención, Agresividad, Juego del Buen Comportamiento, Conductas Disruptivas, Escolares.
Abstract
This study looks at the effects of a behavioral intervention implemented in the classroom, on the development of disruptive
behaviors between first and third grade. A cuasi–experimental longitudinal design was chosen, in order to assess the
effects of the Good Behavior Game (GBG) in the disruptive behaviors of 45 children of public schools from the East side
of Santiago, in comparison to an equivalent control group that did not receive the intervention (104 children). The results
indicate that the implementation of the GBG in 1
st
and 2
nd
grades was related in 3
rd
grade to a decreased level of aggression
and/or disobedience, cognitive deficiency, and emotional immaturity. Indeed, the application of the program was related
to a protection and/or prevention of these problems in the experimental group. Some methodological constraints and the
implications of these results for future research are discussed, and some predictions for a follow–up of these results in
sixth grade are also addressed.
Key Words: Prevention, Aggression, Good Behavior Game, Disruptive Behavior, students.
*
Coordinadora del Área Social–Comunitaria
Escuela de Psicología, Universidad del Desarrollo
Dirección: Avda. La Plaza 700, San Carlos de Apoquindo. Las Condes,
Santiago.
Fono/Fax: 2999130. Correo Electrónico:
vperezv@vtr
.net
* *
Este proyecto fue realizado gracias al patrocinio de la Municipalidad
de Lo Barnechea y la Facultad de Psicología de la Universidad del
Desarrollo.
Introducción
La violencia ha sido uno de los problemas serios de
salud pública que enfrenta América Latina y otros países
del mundo, siendo la violencia intrafamiliar y escolar dos
ámbitos donde ésta se manifiesta con mayor fuerza. En
Chile, los datos sobre violencia intrafamiliar muestran que
al menos un 35% de los niños menores de 15 años es mal-
tratado físicamente o abusado por sus padres o cuidadores
(Aarón, 2001). Por otra parte en un estudio realizado por el
Instituto Nacional de la Juventud en el año 2000, se señala
que el 45,5% de los alumnos de colegios municipales ob-
servaban violencia física entre adolescentes, además, en
el mismo año hubo tres casos de muerte derivados de la
agresión entre alumnos en el espacio escolar (Zerón, 2002).
Estas cifras han alertado a las autoridades de educación
quienes han relacionado el problema de violencia con la
convivencia escolar y social, identificando como factores
relacionados la incapacidad de enfrentar conflictos, el in-
dividualismo, la competitividad, la desintegración de la
familia, entre otros (Ministerio de educación, 1999; Yunes,
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1993). Las estrategias propuestas desde este sector han
puesto énfasis en la necesidad de una política de conviven-
cia escolar, que incorpore la formación valórica y el diálo-
go entre los distintos estamentos educativos y propicie un
ambiente educativo orientado al buen trato (Slaby, 1997;
Zerón, 2002).
Por otra parte, desde diferentes disciplinas existen al-
gunos consensos en cuanto a los mecanismos que generan
y regulan la violencia. Se plantea que si bien hay mecanis-
mos de base genética que favorecerían la violencia tam-
bién existen bases genéticas para el comportamiento
prosocial, de manera que los factores para entender, con-
trolar y prevenir la violencia son aprendidos y habrían fac-
tores sociales, culturales y de aprendizaje que son suma-
mente importantes en la incidencia de este fenómeno
(Betancourt, 2000; Castillo & Haz, 2003; Livacic–Rojas,
Espinoza & Ugalde, 2004).
En este sentido la evidencia de los estudios internacio-
nales y nacionales señala que es posible identificar facto-
res predictores de la violencia juvenil. Entre ellos se des-
criben factores socioeconómicos, familiares e individua-
les, como son: la pobreza, falta de monitoreo parental, aban-
dono, impulsividad, bajo rendimiento académico, violen-
cia intra familiar (Heins, 2004; Krug, Dahlberg, Mercy, Zwi
& Lozano, 2002). Así también, se ha señalado que la falta
de habilidades para el manejo de conflictos, el comporta-
miento agresivo y las dificultades de adaptación al sistema
escolar en la infancia, son factores que predicen conductas
de violencia y consumo de drogas en la pubertad
(Florenzano, 1997; Kellam, Brown & Fleming, 1982;
Kellam, Rebok, Ialongo & Mayer, 1994; Mc Alister, 1998;
Pérez, De La Barra, Gubbins, Fernández & Rodríguez,
2001; Pérez, Fernández, De La Barra & Rodríguez, 2002).
Desde esta perspectiva, la conducta violenta puede ser
moldeable y sería relevante iniciar estrategias de interven-
ción y prevención antes que ésta se manifieste de forma
estable y desadaptativa. En este sentido es la escuela uno
de los lugares donde aparecen las primeras manifestacio-
nes de la conducta violenta entre los pares y por ello uno
de los lugares privilegiados para intervenir y prevenir
(Barudy, 2000; Bedregal, Margozzini & Molina, 2003; De
La Barra, 1999).
Específicamente en cuanto a la violencia y agresividad
en la escuela, investigadores de la epidemiología de la agre-
sividad y otras conductas de riesgo (Kellam & Rebok,
1992), encontraron que las respuestas agresivas y conduc-
tas disruptivas que los niños presentan en primero y segun-
do básicos, son un antecedente importante de desórdenes
conductuales, abuso de drogas y aislamiento en la pre–pu-
bertad (De La Barra, Toledo & Rodríguez, 2003; Kellam et
al., 1994; Kellam, Ling, Merisca, Brown & Ialongo, 1998).
En este sentido los niños que responden mal a las tareas
demandadas por el profesor en la sala de clases estarían en
mayor riesgo de tener un comportamiento agresivo a largo
plazo, si permanecen en grupos donde la mayoría de los
niños son agresivos. En cambio, los niños que tienen nive-
les altos de agresividad, pero que están en salas donde hay
pocos niños con problemas de agresión, tienden a seguir el
curso normal del desarrollo (Kellam et al., 1998; Kellam
& Rebok, 1992). Estos autores plantean que los niños en
estos cursos enfrentan una serie de exigencias nuevas tales
como: mayor proporción de su tiempo con un extraño (la
profesora), poner atención, compartir los espacios para
hablar, levantar la mano para participar, leer y aprender
matemáticas, estar con alrededor de 35 niños en un espacio
físico generalmente reducido, entre otros. A veces los ni-
ños pueden responder a estas exigencias con conductas
disruptivas fracasando en el proceso de adaptación social.
Si esto no se revierte puede ocasionar problemas
desadaptativos mayores en la pubertad.
Por otra parte, de los distintos estudios y formas de com-
prender la violencia, se desprenden diferentes intervenciones
preventivas. Especial importancia, por su efectividad, tienen
las estrategias de prevención primaria que se desarrollan tem-
pranamente en grupos de alto riesgo (Aracena, Haz, Román,
Muñoz & Bustos, 1999; Krug et al., 2002). Estos programas
incluyen el cuidado y la promoción de la salud mental de la
madre durante y después del embarazo, estimulación
psicosocial al niño preescolar, entrenamiento a padres para
que sean agentes protectores en sus familias, apoyo en infra-
estructura ambiental y desarrollo comunitario, campañas
comunicacionales, entre otros (Krug et al., 2002).
Así mismo, en relación a lo anterior, se ha enfatizado
que la escuela constituye un ambiente óptimo para detectar
tempranamente conductas desadaptativas y realizar progra-
mas de fomento de salud y prevención de la violencia es-
colar (Bedregal, Margozzini, Molina, 2003; De La Barra,
1999; Kellam, Prinz & Sheley, 2000). Algunas de las estra-
tegias de prevención temprana que han sido implementadas
efectivamente, incorporan el trabajo con profesores, padres
y alumnos de los primeros años de enseñanza básica, que a
corto plazo se orientan a mejorar el desempeño escolar,
elevar los niveles de aprendizaje, disminuir la deserción; y
que a largo plazo buscan disminuir los daños en salud, es-
pecialmente la violencia y otras conductas de riesgo
(George, 2003).
Otras estrategias que se implementan en el ámbito es-
colar abordan el problema de la prevención desde una pers-
pectiva psicosocial, interviniendo desde la cultura
organizacional. Desde estos enfoques se privilegian los ta-
lleres de encuentro y diálogo entre los distintos estamentos
de la escuela, se forman alumnos para que asuman un rol
de mediador entre pares con el fin de promover la resolu-
ción pacífica de conflictos, se realizan campañas para la
paz, y se involucra a toda la comunidad educativa en el
diseño de la política educativa que elimine las fuentes de
discriminación y segregación (Magendzo & Donoso, 2000;
Rozenblum, 1998).
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Otras intervenciones integran la perspectiva psicosocial
con la teoría del ciclo vital del desarrollo, partiendo del su-
puesto básico de que en cada etapa del ciclo vital los indivi-
duos están insertos en campos sociales que demandan una
serie de tareas, donde los sujetos son formal o informalmen-
te evaluados por evaluadores naturales, tales como los pa-
dres en la familia, los profesores en las clases, los compañe-
ros, vecinos cercanos, supervisores, entre otros (Battistich,
Solomon, Kim, & Watson, 1995; Lewin, 2005). El curso
normal del desarrollo supone que los sujetos tendrían éxito
en la adaptación social, lo que sería reforzado por los
evaluadores naturales, tales como los padres y/o profesores
(Kellam et al., 1994). Desde este modelo, las competencias
adquiridas en este ajuste social temprano estarán disponi-
bles para adaptaciones posteriores cuando el individuo atra-
viese por otras etapas del desarrollo con las mismas o nue-
vas demandas. En contraste, el desarrollo desviado se des-
cribe como una historia temprana de malas adaptaciones a
las tareas que demanda el campo social, lo que sería evalua-
do negativamente por los evaluadores naturales y que influi-
ría en el bienestar psicológico del sujeto (Kellam et al., 1998).
Desde esta perspectiva el trabajo preventivo debe rea-
lizarse con los niños y el profesor en el contexto de la sala
de clases, siendo el profesor y los compañeros los actores
claves para la promoción de conductas pro–sociales. Estas
estrategias pretenden inhibir el curso de las respuestas agre-
sivas y disruptivas de los niños en la sala de clases y mejo-
rar el proceso de adaptación social a las demandas escola-
res a través de una estrategia de manejo conductual.
Desde hace algún tiempo, investigadores de la Univer-
sidad de Johns Hopkins, han buscado comprender e inter-
venir en el desarrollo epidemiológico de la agresividad y
otras conductas de riesgo. Kellam et al. (1994), estudiaron
la efectividad de un programa de manejo conductual en la
sala de clases, llamado Good Behavior Game (Juego del
Buen Comportamiento), que tiene como una de sus bases
las teorías de campo social y ciclo vital (Erikson, 1985;
Lewin, 2005) para disminuir y prevenir la aparición de con-
ductas disruptivas y agresivas. En estos estudios se trabajó
con primeros y segundos básicos de 19 colegios Munici-
pales de la ciudad de Baltimore, y evaluando la efectividad
a largo plazo de este programa, para reducir la agresividad.
Con este fin utilizaron mediciones antes y después de la
intervención en los cursos intervenidos y compararon los
resultados con grupos control, que no recibieron el progra-
ma, y que tenían las mismas características que los grupos
intervenidos.
Los resultados del programa en estudios de seguimien-
to a cinco años, mostraron que los niños que participaban
en la intervención disminuían significativamente sus con-
ductas de agresividad y tenían menor probabilidad de con-
sumo de tabaco y alcohol al llegar a la pubertad, en compa-
ración con niños de los grupos control que no participaban
en el programa (Kellam, Mayer, Rebok & Hawkins, 1998).
En nuestro país no existen investigaciones acerca del
efecto de programas a largo plazo que busquen prevenir o
intervenir la agresividad y las conductas de riesgo de los
niños a partir de un trabajo coordinado con el colegio y los
profesores. Por lo tanto, la presente investigación estuvo
orientada a evaluar el efecto de la intervención temprana
en el desarrollo de conductas disruptivas en la sala de cla-
ses, trabajando con colegios municipalizados de la región
metropolitana. Específicamente, tomando el modelo de
intervención de Kellam et al. (1998), se hipotetizó que la
aplicación del Programa del Juego del Buen Comportamien-
to en la sala de clases (JBC) disminuiría las conductas
disruptivas y agresivas de los niños de primero básico al
ser evaluados al finalizar tercero básico.
Método
Para evaluar los efectos de la intervención conductual
en los cursos que se aplicó el JBC, se elaboró un diseño
cuasi–experimental con pre–prueba y grupo control. Tanto
el grupo intervenido como el grupo control se encontraban
en niveles de vulnerabilidad psicosocial equivalentes de
acuerdo al criterio de la Junta Nacional de Auxilio Escolar
y Becas (JUNAEB; ver
www
.junaeb.cl para una explica-
ción del cálculo y determinación del índice de vulnerabili-
dad). Sin embargo, luego de analizados los datos de la pri-
mera evaluación (pre), se constató que los grupos no eran
equivalentes en sus conductas de entrada. De esta forma,
se continuó trabajando con un diseño longitudinal, en el
que se evaluaron la evolución de las conductas de entrada
de los niños que participaron y no participaron en la inter-
vención, en función de los cambios que los grupos experi-
mentaron después de dos años de intervención. Esto, en el
contexto de un estudio longitudinal que continuará hasta
fines de sexto básico, etapa que aún está en curso.
Participantes
En total, 149 escolares pertenecientes a ocho primeros
básicos de cuatro colegios municipalizados en dos comu-
nas distintas del sector Oriente, constituyeron la muestra
de la investigación. En el grupo de estudio, se evaluaron
45 niños que recibieron la intervención. El grupo control
estuvo constituido por 104 niños de otra comuna del sector
Oriente, quienes no participaron en el JBC, y que presenta-
ban características socio-demográficas similares a las del
grupo de estudio. Ambos grupos fueron evaluados en pri-
mero básico y a fines de tercero básico.
Procedimiento
Con el objetivo de implementar la intervención, se es-
tablecieron contactos con diversos colegios del sector Orien-
te. Para esto se seleccionaron 4 docentes a cargo de la apli-
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cación del JBC en sus respectivos cursos, quienes mani-
festaron voluntariamente su interés por ser parte del pro-
grama, y cuya participación en la capacitación y sesiones
de seguimiento semanales (llevadas a cabo por uno de los
colaboradores de la investigación), estuvo retribuida por
un incentivo monetario, entregado al finalizar cada año de
intervención.
El programa del JBC es una estrategia de intervención
conductual desarrollado por Kellam et al. (1994). Esta in-
tervención está diseñada para ser aplicada por el profesor
de forma grupal, durante el transcurso de las clases. Al ini-
cio del juego se divide al curso en tres equipos heterogéneos,
y se dan a conocer las siguientes reglas de buena conducta
(trabajaremos silenciosamente, nos respetaremos unos a
otros, nos levantaremos de nuestros asientos con permiso
de la profesora y seguiremos las instrucciones de la profe-
sora), las cuales establecen las conductas específicas que
serán reforzadas durante la aplicación del programa. Cuando
un equipo no cumple con las reglas, se identifica inmedia-
tamente la conducta inapropiada en el niño que la realiza,
y la regla transgredida; y el equipo recibe una marca. Gana
el o los equipos que tienen cuatro o menos marcas, quienes
reciben un refuerzo tangible por su buena conducta (jugue-
tes, un chocolate, stickers, etc.), inmediatamente después
de finalizar el tiempo de intervención diaria. De esta for-
ma, un líder de cada equipo (seleccionado también como
refuerzo de ciertas conductas seleccionadas por el profe-
sor) entrega el refuerzo tangible a cada integrante del o los
grupos ganadores.
Durante el segundo año básico, se continuó trabajando
con el JBC, y los refuerzos tangibles, pasando gradualmente
a la utilización de refuerzos intangibles (aplausos, música,
espacios para contar chistes, etc.); esto con el objetivo de
lograr la generalización de las conductas deseadas, al mis-
mo tiempo que se iba aumentando el tiempo de aplicación
diaria de la intervención, durante segundo básico. Poste-
riormente, al término del tercer año básico se realizó la
evaluación de las conductas disruptivas en ambos grupos
(estudio y control).
Instrumentos
Durante las evaluaciones (pre y post) se evaluaron las
conductas del grupo de estudio (intervenido) y grupo con-
trol con instrumentos que fueron contestados por los pa-
dres y profesores de los niños, antes y después de la inter-
vención. Estos instrumentos han sido validados y adapta-
dos para Chile (George, Siraqyan, Mores, De la Barra,
Rodríguez, López y Toledo, 1995), y se detallan a conti-
nuación.
Cuestionario para Profesores “Observación del com-
portamiento en sala de clases" (TOCA), adaptado y vali-
dado a Chile por George et al. (1995). Es un cuestionario
que se aplica individualmente e incluye tres partes. La pri-
mera, consta de 43 ítems específicos que se puntúan de
acuerdo a la severidad de problemas conductuales (que van
de 1 –casi nunca– a 6 –casi siempre–). Tuvo una consisten-
cia interna de 0,74 a 0,95 para los cinco factores que se
identifican y un 61,28% de varianza explicada. Evalúa cin-
co constructos teóricos que reflejan conductas
desadaptativas específicas del niño y que representan áreas
donde se observan problemas tempranos que constituye-
ron antecedentes de riesgo para la salud mental futura
(Kellam y Rebok, 1992). Estos son:
Factor 1, Aceptación de la Autoridad/ Conducta Agre-
siva; Factor 2, Contacto Social/ Timidez; Factor 3, Logros
Cognitivos/ Concentración; Factor 4 Madurez Emocional;
Factor 5 Nivel de Actividad/ Hiperactividad.
La segunda parte registra la opinión del profesor (3
ítems) con respecto al rendimiento y comportamiento del
niño. Además existe una pregunta donde el profesor debe
evaluar el grado de dificultad con que realizó la evalua-
ción. La tercera parte indaga sobre las atenciones y servi-
cios especiales que el niño está recibiendo y aquellas que
el profesor considera debiera recibir. Por último existe una
hoja de datos del profesor y guía de aplicación del cuestio-
nario por un entrevistador capacitado.
El Cuestionario Pediátrico de Síntomas (PSC) para Pa-
dres, adaptado y validado para Chile por George et al. (1995),
está compuesto de 33 ítems que se puntúan de 1 a 3, y que ha
obtenido una confiabilidad de 0,85 y una varianza explicada
de 47% en Chile. Este instrumento entrega un puntaje glo-
bal que refleja la visión del padre, madre o adulto significa-
tivo, acerca del funcionamiento psicosocial del niño. Se aplica
de forma grupal, y evalúa las conductas observadas en los
niños durante el mes anterior a la aplicación.
Los análisis estadísticos se realizaron a través del pro-
grama SPSS (versión 10.0), utilizando las pruebas de dife-
rencias de porcentajes y diferencias de promedio
paramétricas y no paramétricas, con un nivel máximo de
error aceptable de un 5%.
Resultados
La muestra total al momento de la evaluación post, que-
dó conformada por 149 escolares, con un promedio de edad
de 7,6 años y desviación estándar de 0,5 años, de los cuales
el 48,7% fueron mujeres y un 51,3% fueron varones.
El grupo no intervenido (grupo control) estuvo com-
puesto por 104 escolares, con un promedio de edad de 7,5
años y una desviación estándar de 0,6 años. Un 48% del
grupo fueron varones y un 52% mujeres.
De los 45 escolares del grupo intervenido (grupo de
estudio), la edad promedio fue de 7,6 años con desviación
estándar de 0,5 años y el porcentaje de mujeres y varones
fue de un 40% y 60%, respectivamente. No se observaron
diferencias significativas en la composición por sexo y por
edad de los grupos de comparación.
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Las conductas de entrada en los factores estudiados del
grupo intervenido fueron mayores que en el grupo control,
para los factores de Desobediencia y /o agresión, Timidez,
Inmadurez, Hiperactividad y evaluación de los padres (ver
Tabla 1). Esto conlleva a que el grupo intervenido comien-
ce con conductas más desadaptativas que el grupo control,
para los factores anteriormente mencionados. Por otro lado
el grupo control presentó conductas más desadaptativas en
Deficiencia cognitiva y Desconcentración, como se obser-
va en la Tabla 1.
Al realizar la evaluación en tercero básico, un año des-
pués de finalizada la intervención, los niños en el grupo de
estudio mostraron una disminución de sus puntajes en los
factores: Desobediencia y/o agresión, Inmadurez e
Hiperactividad y un aumento de sus puntajes en Timidez,
Deficiencia cognitiva, Desconcentración y Evaluación de
los padres. En cambio, en el grupo control se observó que
solamente el factor Hiperactividad disminuyó. Como se
puede observar en la Tabla 2, en todos los otros factores
hubo un aumento de los puntajes para el grupo control.
En el grupo de escolares intervenidos, se observó que la
conducta Desobediencia y/o agresión al iniciar el estudio
tenía puntajes superiores al grupo de escolares no interveni-
dos. Es decir, se observó una disminución de los puntajes en
Desobediencia y/o agresión en el grupo intervenido, compa-
rativamente con lo sucedido en el grupo control.
Por otro lado, y a pesar de que ambos grupos aumenta-
ron sus puntajes en los factores Deficiencia cognitiva y
Desconcentración, la intervención en este caso, mostró una
tendencia a disminuir el aumento de los puntajes en el gru-
po de escolares intervenidos en relación a los no interveni-
dos (ver Tabla 2).
La evolución de las conductas desadaptativas con pro-
blemas, fue medida a través del criterio percentílico, que
indica que aquellos puntajes que se ubican sobre el
percentil 75 (P75), tienen mayor riesgo de presentar pro-
blemas en la conducta estudiada (De la Barra et al., 1995).
Este análisis, mostró que el porcentaje de escolares que
se ubicaban sobre el P75 al inicio del estudio en el grupo
no intervenido es el siguiente: para el factor desobedien-
cia y/o agresión es de 22,9%, la timidez alcanza a 15,2%,
el factor deficiencia cognitiva es de 26,7%, el factor in-
madurez es de 10,5%, la hiperactividad de 24,8%,
desconcentración de 25,7% y la evaluación que realizan
los padres es de un 10,5%.
Para el grupo de escolares intervenidos, los porcentajes
que se ubican al inicio del estudio sobre el P75 en cada
conducta estudiada son los siguientes: el factor desobedien-
cia y/o agresión es de 26,7%, timidez 15,6%, deficiencia
cognitiva con un 11,1%, en el factor inmadurez alcanza a
48,9%, la hiperactividad fue de 42,2%, la desconcentración
mostró un 15,6%, y finalmente, la evaluación que realiza-
ron los padres fue 13,3%.
Dado el comportamiento distinto al inicio del es-
tudio en las distintas conductas o factores estudiados, los
grupos se analizaron dependiendo de su conducta de en-
trada respecto al percentil 75. De esta manera, se buscó
llegar a una visión clara de los resultados con referencia a
la evolución de cada grupo, así como en la comparación
de los grupos sujeta al criterio percentílico planteado. Así,
se trabajó con 4 grupos compuestos por escolares con
puntaje bajo el P75 del grupo control, escolares con
puntaje bajo el P75 del grupo de estudio, escolares sobre
el P75 en el grupo control y el último grupo conformado
por todos los escolares que obtuvieron un puntaje sobre
el P75 del grupo de estudio, para los factores o conductas
estudiadas.
En un primer análisis de la muestra global, los escola-
res que presentaron puntajes bajo el P75 al inicio del es-
tudio, y que mantuvieron su condición de entrada (pro-
tección), en relación a la clasificación de su puntajes fue
de 70,2% en desobediencia y/o agresión, 74,2% en la con-
ducta de timidez, 64,1% en deficiencia cognitiva, 65.0%
en inmadurez, 81,9% en hiperactividad, 75,9% en
desconcentración y un 82% en la evaluación de los pa-
dres.
La comparación entre los grupos que mantienen la cla-
sificación bajo el P75 (sin riesgo de tener problemas en la
conducta), luego de la intervención en el grupo de estudio
durante dos años, arrojó una protección significativa de la
aparición de la conducta disruptiva en los factores desobe-
diencia y/o agresión y deficiencia cognitiva. En el resto de
los factores a excepción de la hiperactividad, la interven-
ción después de dos años, también muestra una tendencia a
la protección en el resto de los factores, sin alcanzar signi-
ficación (ver Tabla 3).
Grupo Control
(n=104)
Grupo Estudio
(n=45)
Factores
Me dia D.E. Medi a D.E.
Desob./ Agresión 38.6 15.3 32.9 21.4
Timidez
17.6 8.2 13.9 6.8
Deficiencia cognitiva 40.7 15.9 29.2 12.1
Inmadurez emo cional 12.8 6.0 14.8 6.7
Hiperactividad
7.1 4.4 9.0 4.8
Desconcentración 14.9 8.7 10.6 4.9
Ev. Padres (PSC) * 55.9 10.1 54.3 9.7
Grupo Control
(n=104)
Grupo Es tudio
(n=45)
Factores
M edia D.E. Media D.E.
Desob./ Agresi ón 38.6 15.3 30.6 9.5
Timidez
17.6 8.2 18.0 4.9
Deficiencia cognitiva 40.7 15.9 35.4 10 .2
Inmadurez emocional 12.8 6.0 14.0 3 .5
Hiperactividad
7.1 4.4 8.6 3.4
Desconcentración 14.9 8.7 12.3 4.4
Ev. Padres (PS C) * 55.9 10.1 55.1 10 .2
Tabla 1: Descripción de los pntajes promedio en cada factor
Tabla 2: Distribución de los puntajes promedio por grupo, en
cada factor, al finalizar la intervención
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En un segundo análisis de la muestra total, los escola-
res que al iniciar el estudio fueron clasificados sobre el P75,
y cuya clasificación al cabo de dos años se ubica bajo el
P75 (mejoría), fue de 19,4% en el factor desobediencia y/o
agresión, 60,9% en la timidez, un 27,3% en la deficiencia
cognitiva, un 48,5% la inmadurez, un 71,1% la
hiperactividad, alcanzando la desconcentración un 23,5%
y la evaluación que hacen los padres un 35,3%. Es decir,
las conductas que presentaron los mayores porcentajes de
mejoría fueron los factores de hiperactividad, timidez e
inmadurez, respectivamente.
La comparación entre los grupos que se observa en Ta-
bla 4, indica el cambio de la clasificación sobre el P75 a
bajo el P75 (sin riesgo de tener problemas en la conducta).
De esta forma, la intervención al cabo de dos años conlle-
va a una mejoría significativa de la conducta disruptiva, en
comparación con el grupo control, en los factores desobe-
diencia y/o agresión y deficiencia cognitiva e inmadurez.
En el resto de las comparaciones no se observaron diferen-
cias significativas entre ambos grupos en este tipo de esco-
lares.
Discusión
Antes de analizar los resultados de la presente investi-
gación, es importante recordar que pese a las consideracio-
nes metodológicas que se incluyeron en el diseño de la in-
tervención, con el fin de homologar a los grupos en rela-
ción a los factores estudiados (mediante el índice de vulne-
rabilidad de la JUNAEB), estas escaparon al control de los
investigadores. Por lo tanto, las conductas de entrada en
algunos de los factores evaluados no fueron homogéneas
en ambos grupos y por lo tanto su comparación directa, no
fue posible de realizar.
No obstante lo anterior, se aprecia que la evolución del
grupo control y del grupo de estudio son distintas en rela-
ción a los factores desobediencia y/o agresión, deficiencia
cognitiva e inmadurez emocional. Los niños que presenta-
ban problemas en estos tres factores en primero básico (so-
bre el P75) y que fueron intervenidos, mostraron una me-
jora significativa en comparación al grupo control. En este
sentido, el Juego del Buen Comportamiento sería una he-
rramienta efectiva para disminuir este tipo de problemas
en esta etapa del desarrollo, específicamente en los facto-
res desobediencia y/o agresión, deficiencia cognitiva e in-
madurez emocional.
Por otro, lado la intervención no solo sería efectiva para
los niños que presentan problemas en los factores anterior-
mente expuestos, sino que también constituye una herra-
mienta preventiva de la desobediencia y/o agresión, y la
deficiencia cognitiva. Esto en base a la observación de que
en el grupo intervenido hay una mayor cantidad de niños
Factores
N Número Porcentaje Z
p
Des obed./ Agresión
Grupo control 81 52 64.2 % 2.18 * 0 .014
Grupo estudio
33 28 84.8 %
Timidez
Grupo control 89 62 69.7 % 1.06 0 .145
Grupo estudio
38 30 78.9 %
Deficiencia Cogn itiva
Grupo control 77 45 58.4 % 1.78 * 0 .037
Grupo estudio
40 30 75 %
Inmadurez Emocional
Grupo control 94 61 64.9 % 0.03 0 .488
Grupo estudio
23 15 65.2 %
Hip eractividad
Grupo control 79 65 82.3 % -0.17 0.567
Grupo estudio
26 21 80.8 %
Des concentración
Grupo control 78 56 71.8 % 1.47 0 .071
Grupo estudio
38 32 84.2 %
Ev. Padres (PSC)
Grupo control 81 77 95.1 % 1.22 0 .1112
Grupo estudio
36 32 88.9 %
Factores
N
Núme ro
Porcentaje
Z
p
Des obed./ Agresión
Grupo control
24
1
4.2 %
3.28 *
0.000
Grupo estudio
12
6
50 %
Timidez
Grupo control
16
10
62.5 %
-0.24
0.595
Grupo estudio
7
4
57.1 %
Deficiencia Cognitiva
Grupo control
28
6
21.4 %
1.78 *
0.037
Grupo estudio
5
3
60 %
Inmadurez Emocional
Grupo control
11
3
27.3 %
1.72 *
0.043
Grupo estudio
22
13
59.1 %
Hiperactividad
Grupo control
26
19
73.1 %
-0.34
0.633
Grupo estudio
19
13
68.4 %
Des concentración
Grupo control
27
5
18.5 %
1.36
0.087
Grupo estudio
7
3
42.9 %
Ev. Padres (P SC)
Grupo control
11
4
36.4 %
-0.12
0.548
Grupo estudio
6
2
33.3 %
Tabla 3: Comparación de las clasificaciones bajo el P75 (protección) de
los escolares que se inician sin problemas
Tabla 4: Comparación de las clasificaciones bajo el P75 (mejoría) en
ambos grupos con respecto a la clasificación de riesgo inicial
EVALUACIÓN DEL EFECTO DE UNA INTERVENCIÓN CONDUCTUAL EN LA AGRESIVIDAD ESCOLAR
97
TERAPIA PSICOLÓGICA 2005, Vol. 23, Nº1, 103 -109
sin problemas en estos factores en primero básico, y que se
mantienen sin problemas en tercero básico, en compara-
ción al grupo control. Por otro lado, en el grupo control
aumenta el número de niños que no manifestaban proble-
mas en primero básico y que a fines de tercero básico pre-
sentan problemas de desobediencia y/o agresión, y defi-
ciencia cognitiva.
Estos resultados coinciden con los hallazgos de estu-
dios realizados en la Universidad de John; Hopkins (Kellam
et al., 1994), quienes encontraron que después de cinco años
de seguimiento, los grupos que habían participado en el
JBC disminuían significativamente los problemas
conductuales relacionados con la desobediencia y/o agre-
sión, en comparación con niños que no participaban en la
intervención. Esto se sustenta en los antecedentes teóricos
que plantean que la agresión puede ser moldeable en la
medida que se interviene tempranamente (Bedregal et al.,
2003; George, 2003). Por otro lado, podemos pensar que si
la intervención disminuye las conductas disruptivas y agre-
sivas en tercero básico, esto sería un factor protector para
los desórdenes conductuales que pudiesen surgir en la
prepubertad (De la Barra et al., 2003; Kellam et al., 1998).
En síntesis, se puede concluir que la aplicación del JBC
en la sala de clases a partir de primero básico, permite dis-
minuir la agresión y conductas disruptivas relacionadas con
estas en tercero básico. El siguiente paso sería continuar el
seguimiento de ambos grupos, y poder evaluar el alcance
temporal de estos resultados al finalizar la educación bási-
ca. Asimismo, esto permitiría evaluar la relación que exis-
te entre la desobediencia y/o agresión y la prevalencia de
desordenes conductuales en la prepubertad.
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