Terapia psicológica
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
sochpscl@entelchile.net
ISSN (Versión impresa): 0716-6184
CHILE
2005
Félix Cova Solar
UNA PERSPECTIVA EVOLUTIVA DE LAS DIFERENCIAS DE GÉNERO EN LA
PRESENCIA DE TRASTORNOS DEPRESIVOS
Terapia psicológica,
junio, año/vol. 23, número 001
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
Santiago, Chile
pp. 49-57
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Universidad Autónoma del Estado de México
http://redalyc.uaemex.mx
Copyright 2004 by Sociedad Chilena de Psicología Clínica
ISSN 0716-6184
Una Perspectiva Evolutiva de las Diferencias de Género en la Pre-
sencia de Trastornos Depresivos
An Evolutional Perspective on Gender Differences when in Presence of Depressive
Disorders
Félix Cova Solar
*
Departamento de Psicología Universidad de Concepción
**
Chile
rec: 17-agosto-2004 acep: 12-noviembre-2004
Resumen
Se ha demostrado consistentemente que existe una diferencia de género en relación a la presencia de síntomas y trastornos
depresivos «monopolares», siendo éstos claramente más frecuentes en mujeres que en hombres. Sin embargo, estas
diferencias no son estables a lo largo del ciclo vital. Además del ya comprobado origen en la pubertad, estudios recientes
sugieren que las diferencias de género en depresión disminuyen a partir de la adultez tardía, especialmente debido a una
disminución en la tasas de depresión femenina a partir de los 55 años aproximadamente. Estos cambios a lo largo del ciclo
vital obligan a reconsiderar el poder explicativo de las hipótesis biológicas y psicosociales que se han propuesto como
causas de estas diferencias.
Palabras claves: diferencias de género, depresión, psicopatología evolutiva.
Abstract
It has been consistently demonstrated that there is a gender difference in relation to the presence of symptoms and the
«unipolarity of depressive disorders. These are clearly more frequent in women than in men. Nevertheless, these differences
are not stable throughout the vital cycle. Although, it has been already proven it’s origin in puberty, recent studies suggest
that gender differences in depression decrease starting in late adulthood, especially because of a decreasing depression
rate in women starting at aproximately 55 years of age. These changes throughout the vital cycle make it a must to
reconsider the explanatory power of biological and psycho-social hypothesis which have been proposed as the cause for
these differences.
Key words: gender differences – depression – developmental psychopathology
Desde el estudio hoy clásico de Weissman y Klerman
(1977) a la actualidad, los estudios epidemiológicos no han
hecho sino corroborar la existencia de una mayor preva-
lencia de los trastornos depresivos “monopolares" en mu-
jeres que en hombres (Bebbington, 1998; Kessler, 2000).
Se ha demostrado asimismo que este hallazgo tiene vali-
dez, con variantes, en distintos grupos sociales y culturas,
si bien se ha observado que en ciertas sociedades menos
“modernas" estas diferencias son menos marcadas
(Culberston, 1997).
Las tasas de depresión parecen estar aumentando en las
últimas décadas (Fombonne, 1995), y algunos investiga-
dores han observado que este incremento es más acentua-
do en los hombres, lo que tendería a reducir estas diferen-
cias (Wolk & Weisman, 1995); independientemente de esta
posibilidad, sin embargo, éstas continúan siendo muy sig-
nificativas (Weissman, Bland & Canino, 1996). Esto últi-
mo lo corroboran los recientes estudios epidemiológicos
realizados en Chile (Vicente, Kohn, Rioseco, Saldivia,
Baker & Torres, 2004; Araya, Rojas, Fritsch, Acuña &
Lewis, 2001), donde el riesgo de trastornos depresivos es
el doble en mujeres que en hombres.
Muchos enfoques se han elaborado para explicar estas
diferencias; sin embargo, hasta ahora los resultados obte-
nidos son poco concluyentes. Una limitación de estos en-
foques es que, en general, han intentado explicar las dife-
rencias de género en depresión sin considerar que las se-
mejanzas y disimilitudes entre los géneros no son un fenó-
meno estático, sino variable en función de las distintas «eta-
pas evolutivas»: los procesos que afectan al desarrollo a lo
largo de la vida pueden incrementar o disminuir las dife-
rencias de género en distintos momentos del ciclo vital
(Cairns & Kroll, 1994), como de hecho ocurre con los tras-
tornos depresivos (Bebbington et al., 2003).
El objetivo de la presente revisión es presentar las evi-
dencias disponibles respecto a estos cambios en el patrón
de diferencias de género relacionadas con el ciclo vital en
*
Teléfono: 41-204323, Fax: 41-210266, E-mail: fecova@udec.cl
* *
Facultad de Ciencias Sociales, Departamento de Psicología, Universi-
dad de Concepción, Barrio Universitario s/n, Concepción.
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los trastornos depresivos, y discutir los aportes de los prin-
cipales enfoques existentes respecto a su posible explica-
ción.
Diferencias de género de depresión a lo largo de la
vida: datos epidemiológicos
Los estudios no han observado diferencias importantes
en la prevalencia de trastornos depresivos en hombres y
mujeres previas a la pubertad (Harrington, 2002). Algunos
de ellos han encontrado leves diferencias a favor de los
hombres -más depresión en niños- (Nolen-Hoeksema,
Girgus & Seligman, 1991; Anderson, Williams & McGee
& Silva, 1987). Ello pese a que, considerando el conjunto
de manifestaciones de problemas emocionales en la niñez,
éstos aparecen ligeramente superiores en niñas tanto a ni-
vel de síntomas (Crijnen, Achenbach & Verhults, 1997)
como de algunos trastornos, en particular, ansiosos
(Lewinsohn, Gotlib, Lewinsohn, Seeley & Allen, 1998).
A partir de la pubertad, las diferencias en sintomatología
emocional entre hombres y mujeres se hacen particular-
mente notorias, y en ello tiene un rol particularmente sig-
nificativo el incremento de la tasa de trastornos depresivos
en las adolescentes (Hankin & Abramson, 2001). Entre los
13 y 14 años la existencia de mayores tasas de depresión
en niñas es ya claramente observable (Wade, Cairney &
Pevalin, 2000). Un estudio particularmente relevante al
respecto es el de Dunedin, que, confirmando que las dife-
rencias ya son visibles a la edad indicada, muestra que és-
tas se acentúan notoriamente entre los 15 y 18 años, para
luego estabilizarse (Hankin, Abramson, Moffitt, Silva,
McGee & Angell, 1998).
No se ha podido determinar consistentemente si este
patrón de diferencias presenta cambios entre la juventud y
adultez joven respecto a la adultez mediana. Bebbington et
al. (2003) encuentra que los hombres presentan las tasas
más altas de depresión entre los 45 y 55 años, no observan-
do diferencias en las mujeres. En su conjunto, las tasas
globales de trastornos depresivos son bastante similares en-
tre los 18 y 65 años (Vicente et al., 2004).
Algunos estudios sugieren que en las últimas décadas
de la vida las tasas de trastornos depresivos disminuyen en
la mujer, sin que esté muy claro a partir de qué edad ello se
produciría. Uno de los estudios más importantes al respec-
to es el National Survey of Psychiatry Morbidity
(Bebbington et al., 2003), que muestra una disminución
clara de estos trastornos en las mujeres mayores de 55 años;
en hombres, por el contrario, se ha observado, en algunas
investigaciones, un incremento de la presencia de
sintomatología y trastornos depresivos en hombres luego
de esta edad en comparación con la adultez joven (Araya
et al., 2001; Bebbington et al., 2003).
La investigación epidemiológica de los trastornos de-
presivos en la vejez propiamente tal también es poco con-
cluyente hasta la fecha, tanto respecto a la prevalencia glo-
bal de trastornos depresivos como de su distribución por
sexo (Steffens, Skoog, Norton & Hart, 2000). El estudio
epidemiológico de Cache County encuentra una tasa de
depresión elevada en personas de más de 65 años, y una
razón mujer-hombre de 2:1 (Steffens et al., 2000). En cam-
bio, otros estudios muestran una disminución de la tasa de
trastornos depresivos en mujeres en la vejez que la hace
igual o levemente inferior a la tasa de depresión en hom-
bres mayores (Bebbington et al. 2003; Brown, Milburn &
Gary, 1992).
Pese a que es una conclusión todavía provisoria, este
conjunto de resultados sugiere que las diferencias de géne-
ro en trastornos depresivos disminuyen en las últimas eta-
pas de la vida, y que ello se debe principalmente a la dis-
minución de la presencia de éstos en las mujeres
(Bebbington et al., 2003; Rutter, Carpi & Moffit. 2003).
Un tema crítico para el estudio de las diferencias de las
diferencias de género en depresión es determinar si el cur-
so y la recurrencia del trastorno es semejante en hombres y
mujeres. Las evidencias disponibles también son contro-
vertidas. Los datos del National Comorbidity Survey (NCS)
indican que no hay diferencias en este aspecto (Kessler,
2000). De ser ello exacto, la explicación de las diferencias
de género debiera estar relacionada con la existencia de
una mayor tasa de incidencia de un primer episodio depre-
sivo en mujeres. Sin embargo, otros estudios han mostrado
mayores tasas de recurrencia y cronicidad en la depresión
en mujeres (Stefánsson, Lindal & Bjornsson, 1994; Bracke,
1998). El tema requiere más investigación que clarifique
estos resultados contradictorios.
Diferencias de género en trastornos depresivos:
hipótesis explicativas
Se han desarrollado múltiples hipótesis para explicar
las diferencias de género en depresión, ninguna de los cua-
les ha logrado evidencias concluyentes (Rutter et al., 2003).
Aun cuando, en principio, éstas aparecen como opciones
alternativas, no necesariamente son incompatibles entre sí
y pueden ser, en ocasiones, complementarias. Con el fin de
discutir sus aportes, se presentan a continuación las hipó-
tesis que mayor importancia tienen, agrupadas esquemáti-
camente en tres ámbitos: hipótesis biológicas, psicosociales
y artifactuales.
1.- Hipótesis biológicas
Las hipótesis que más han puesto atención a las varia-
ciones en las diferencias género de los trastornos depresi-
vos a lo largo del ciclo vital son las biológicas, particular-
mente las centradas en el funcionamiento de las hormonas
reproductivas (en particular, en el rol de los estrógenos y
progesterona). El que el aumento de la tasa de trastornos
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depresivos en mujeres se produzca a la par con el incre-
mento de estas hormonas en la pubertad y tienda a dismi-
nuir en la postmenopausia, ha hecho muy atractiva esta
hipótesis (Rutter et al., 2003). Sin embargo, la influencia
de las hormonas reproductivas en el desarrollo de trastor-
nos depresivos no ha podido ser claramente demostrada ni
en la pubertad (Buchanan, Eccles & Becker, 1992) ni en el
mayor riesgo de trastornos depresivos ligados al parto
(Whiffen, 1992). La hipótesis de una relación entre las al-
teraciones hormonales de la fase climatérica y trastornos
depresivos ha sido consistentemente descartada (Mathews,
Wing, Kuller, Costello & Caggiula, 1990). La existencia
de un trastorno afectivo vinculado al ciclo menstrual toda-
vía es controversial (Otero, 2000), y tampoco ha podido
demostrarse que los factores hormonales sean los
desencadenantes (Parry, 1994). Sí se ha observado, sin
embargo, que los anticonceptivos orales incrementan el ries-
go de sintomatología depresiva (Hamilton, Parry &
Blumenthal, 1988). Por otra parte, en relación a las hormo-
nas masculinas, las evidencias respecto al rol de la
testosterona como factor protector de la depresión también
son limitadas (Nolen-Hoeksema & Rusting, 1999).
Pese a esta falta de resultados consistentes hasta ahora
en relación a la influencia de las hormonas reproductivas
en los trastornos depresivos, todavía están en estudio di-
versas hipótesis, unas más centradas en la relación entre
éstas y el sistema nervioso, otras en la influencia de los
estrógenos en otras hormonas aparentemente relacionadas
con la respuesta depresiva -como el cortisol-, que no per-
miten descartar completamente su relevancia (Correa, 2000;
Halbreich & Lumley 1993).
Dado que se ha demostrado que los trastornos depresi-
vos están influidos en forma importante por determinantes
genéticos (Sullivan, Neale & Kendler, 2000), se ha investi-
gado la posibilidad que existan factores genéticos que con-
tribuyan a las diferencias de género. Sin embargo, hasta la
fecha no se ha podido encontrar respaldo empírico consis-
tente para esta hipótesis (Kendler & Prescott, 1999), ni
menos respecto a cómo los factores genéticos podrían con-
tribuir a que las tasas diferenciales de depresión entre hom-
bres y mujeres cambien a lo largo de la vida. Una excep-
ción relevante a esto es el estudio de Silberg et al., (1999),
quienes observaron que un factor genético, «activado» en
la adolescencia, tiene un rol mediador importante en la
mayor vulnerabilidad de las chicas a presentar trastornos
depresivos al enfrentarse a eventos vitales adversos.
Los trastornos depresivos de inicio temprano parecen
tener un menor componente hereditario que los de inicio
en la adolescencia (Harrington, Rutter & Fombone, 1996),
y ello podría contribuir a explicar por qué en la niñez no se
observan el patrón habitual de diferencias de género en
depresión en esta etapa.
Los factores genéticos pueden tener un rol significati-
vo en la vulnerabilidad diferencial a la depresión en forma
indirecta, a través de su influencia en características con
un componente biológico hereditario, tales como un tem-
peramento ansioso o un neuroticismo más elevado, más
frecuentes en mujeres (Kendler,Thorton & Prescott, 2001;
Zahn-Waxler, 2000). Algunos autores han planteado que la
necesidad afiliativa en las mujeres se acentuaría luego de
la adolescencia, constituyendo un factor de vulnerabilidad
depresiva, y que estaría en parte influido por la secreción
de oxcitocina (Cyranowski, Frank & Shear, 2000).
Aun cuando no es un factor sólo biológico, resulta inte-
resante destacar toda la investigación que se ha generado
en torno a los trastornos ansiosos, más frecuentes y
tempranos en mujeres, como un posible determinante de la
mayor vulnerabilidad femenina a la depresión (Breslau,
Chilcoat, Peterson & Shultz, 2000). Sin embargo, Kessler
(2000) ha indicado que el análisis de los efectos de trastor-
nos psicopatológicos previos en las diferencias de género
en depresión no debe considerar sólo trastornos más pro-
bables en mujeres, como los ansiosos, sino también los más
probables en hombres, de modo de no sesgar las conclu-
siones. Los datos del NCS indican que al controlar por la
historia de psicopatología, el poder explicativo de los tras-
tornos ansiosos disminuye en forma importante (Kessler,
2000).
Aparte de los factores genéticos y hormonales
reproductivos, se han explorado varios otros posibles de-
terminantes biológicos de las diferencias de género en de-
presión. Sin embargo, estas líneas de investigación todavía
no permiten obtener resultados muy claros, y no contribu-
yen a explicar los cambios en las tasas de trastornos depre-
sivos en hombres y mujeres a lo largo del ciclo vital, aun-
que sí podrían contribuir a explicar la mayor vulnerabili-
dad femenina. Heller (1993) ha sugerido la existencia de
diferencias neuropsicológicas relacionadas con la activa-
ción cerebral y con la organización cerebral de las funcio-
nes cognitivas que, en la interacción con el ambiente, con-
tribuirían a una mayor depresión en mujeres. Existen algu-
nas evidencias de que el metabolismo de las monoaminas
podría diferir en hombres y mujeres (Halbreich & Lumley
1993) y también algunos procesos del sistema
serotoninérgico (Wurtman, 1993).
Los trastornos del eje hipotalámico-hipofisario son apa-
rentemente más frecuentes en mujeres y, dada su relación
con la presencia de trastornos depresivos, son otro factor
biológico que contribuiría a la mayor prevalencia de de-
presión en éstas (Piccinelli & Wilkinson, 2000). En esta
misma dirección, se ha logrado evidencia asimismo que la
mayor frecuencia de depresión en el postparto podría estar
relacionada con una disfunción tiroídea (Jadresic, 2000).
2.- Hipótesis psicosociales
Las hipótesis psicosociales destacan dos aspectos
interrelacionados: 1) los factores culturales y sociales que
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pueden determinar una vulnerabilidad diferencial en cada
género a la depresión, a través de su influencia en el desa-
rrollo emocional, social y cognitivo de mujeres y hombres;
2) la existencia de diferencias en la exposición a circuns-
tancias de adversidad favorecedoras de depresión.
Entre los primeros, se ha destacado que los procesos
de socialización, roles y estereotipos genéricos,
incentivarían en la mujer un mayor desarrollo de emocio-
nes como la empatía y la culpa, más dificultades para pro-
cesar la rabia, para comportarse asertivamente y para pro-
teger sus necesidades de autoactualización, así como un
uso más habitual de afrontamiento pasivo, centrado en
las emociones y rumiativo frente a las experiencias nega-
tivas. Se han encontrado evidencias de que estas caracte-
rísticas son efectivamente más frecuentes en mujeres y
de su relación con una mayor vulnerabilidad a la depre-
sión (Zahn-Waxler, 2000; Nolen-Hoeksema, Larson &
Grayson, 1999). También se ha demostrado que la
autoestima corporal es más relevante y vulnerable en las
mujeres, lo que constituiría un factor de riesgo importan-
te, en especial en la adolescencia (Harter, 1998). Otras
características que también se han visto asociadas a la
vulnerabilidad a la depresión y en que se han observado
diferencias de género, aunque menos consistentes, es en
el grado de significación dado a la calidad de las relacio-
nes interpersonales y a sentirse responsable por el bien-
estar de otros, que serían más frecuentes en mujeres
(Leadbeater, Blatt & Quinlan, 1995). La existencia de un
estilo atribucional más depresógeno en la mujer no ha
podido ser demostrado (Nolen-Hoeksema et al., 1999),
aunque algunos autores sostienen que, cuando es medido
en forma apropiada, las evidencias son positivas (Hankin
& Abramson, 2001).
Al ser este conjunto de factores menos prevalentes en
los hombres, las experiencias adversas de la vida y la dis-
foria generada por éstas no tendrían el mismo impacto
depresógeno en éstos; además, la respuesta depresiva sería
menor por las pautas de socialización y las formas de vida
socialmente estimuladas, que determinarían un modo dis-
tinto de experimentar, afrontar y expresar el malestar emo-
cional en los hombres y las mujeres (Nolen-Hoeksema &
Rusting, 1999; Cochrane, 1992).
Una fuerte crítica a este planteamiento ha sido pro-
puesta por Kessler (2000), quien señala que cuando se
controla el efecto de existencia de un trastorno depresivo
previo, las asociaciones entre variables personales y dife-
rencias de género en depresión disminuyen de forma im-
portante. Sin embargo, perfectamente esas variables po-
drían ser relevantes en especial para el desarrollo de un
primer episodio, el que a su vez puede contribuir, por sí
mismo, a una mayor vulnerabilidad posterior a un nuevo
episodio (Rohde, Lewinsohn & Seeley, 2003). Ello a su
vez es concordante con los datos que indican que los pri-
meros episodios de depresión tienen un factor psicosocial
desencadenante más claro que los posteriores (Brown,
Harris & Hepworth, 1994).
Kendler et al. (2001) encuentran que hombres y muje-
res tienen diferentes sensibilidades al efecto de algunos
eventos vitales, y que efectivamente se observa que a las
mujeres les afectan más los problemas interpersonales y a
los hombres los relacionados con el trabajo y divorcio. Sin
embargo, en este estudio estas diferencias no contribuyen
a explicar las diferencias globales de género en las tasas de
depresión.
Por otra parte, se ha propuesto que las circunstancias
vitales en sí mismas a que están expuestas con mayor fre-
cuencia las mujeres serían más depresógenas que las de los
hombres. Entre éstas destaca la mayor exposición a expe-
riencias de abuso sexual y violencia sexual (Koss, 1993).
La pobreza, el desempleo y baja educación son un fac-
tor de riesgo de trastornos depresivos y se ha demostrado
que las mujeres están más expuestas a ellos (Lewis et al.,
1998). Un factor relevante asociado a estas condiciones es
el verse más expuesta a la crianza de niños como “jefas de
hogar", con bajo soporte social y económico, lo que es un
demostrado factor de riesgo de depresión (Targosz et al.,
2003); también se ha observado que el ser «dueña de casa»
es un factor de riesgo cuando se realiza en condiciones ad-
versas, con estresores múltiples, especialmente derivados
del cuidado de los niños, y con bajo soporte social (Brow
& Harris, 1978).
Las mujeres han accedido progresivamente al trabajo
remunerado fuera de casa, que constituye un factor protec-
tor de depresión en ambos géneros (Cochrane, 1992), en
especial en las sociedades o culturas donde se ha desvalo-
rizado el rol tradicional de la mujer (Bebbington, 1999).
Sin embargo, se ha observado que en las mujeres el trabajo
remunerado implica, con frecuencia, una sobrecarga al ser
habitual que mantengan la responsabilidad principal del
hogar y del cuidado de niños, enfermos y ancianos, gene-
rando tensión con estos otros roles. No obstante, los estu-
dios empíricos no han demostrado que ello tenga un efecto
directo significativo en las mayores tasas de depresión en
mujeres (Kessler, 2000; Weich, Slogett & Lewis, 1998,
2001), aun cuando sí se ha mostrado que contribuye indi-
rectamente al acentuar las respuestas de afrontamiento
“rumiativas" (Nolen-Hoeksema et al., 1999).
Se ha señalado asimismo que ciertos factores negati-
vos de la vida de pareja afectarían más a las mujeres, quie-
nes experimentan un menor poder en sus relaciones que
sus parejas masculinas (Nolen-Hoeksema, 1990), se sien-
ten menos satisfechas en su vida conyugal y reciben me-
nos apoyo emocional de parte de sus esposos que el que
entregan (Nolen-Hoeksema et al., 1999). La violencia físi-
ca y emocional en la relación de pareja es un factor rela-
cionado claramente con los trastornos depresivos al que
están más expuestas las mujeres (Krug, Dalhberg, Mercy,
Zwi & Lozano, 2002; Larraín, 1994).
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El efecto de estos factores en las diferencias de género
en trastornos depresivos no ha sido medido directamente,
aunque sí se ha estudiado la relación entre matrimonio,
género y depresión. Los resultados más concluyentes indi-
can que no hay diferencias de importancia en las tasas de
depresión de mujeres casadas y no casadas, a diferencia de
los hombres, indicando que, aunque el matrimonio en sí
mismo no es un factor de riesgo para la mujer, sí tiene un
efecto protector del bienestar emocional para los hombres
que no tiene para las mujeres (Bebbington, 1999).
Una discusión metodológica ha surgido a propósito del
sesgo que puede implicar intentar explicar las diferencias
de género en depresión evaluando sólo factores que afec-
tan a un género más que al otro. Así, Kessler (2000) obser-
va que el abuso sexual es un factor explicativo de las dife-
rencias de género en depresión sólo cuando se le considera
en forma aislada; sin embargo, al hacer un control global
de todos los tipos de «experiencias traumáticas» que pue-
den afectar a ambos géneros, no se observa una contribu-
ción especial de éstas a la mayor presencia de trastornos
depresivos en mujeres (Kessler, 2000). A una conclusión
semejante llega Kendler et al. (2001): pese a que hombres
y mujeres están expuestos a distintos tipos de eventos ne-
gativos con mayor frecuencia, no se observa un peso signi-
ficativo de estas diferencias en las tasas de género diferen-
ciales de depresión.
Otro desafío que enfrentan las hipótesis psicosociales
es cómo explicar que la mayor tasa de trastornos depresi-
vos en mujeres se observe ya en la adolescencia, donde
varios de éstos todavía no están presentes (Kessler, 2000),
así como la disminución de las diferencias en las tasas de
trastornos entre mujeres y hombres en la adultez tardía y
vejez. Parece razonable pensar que los factores ligados al
origen de las diferencias de género en depresión deben te-
ner algo en común con aquellos que contribuyen a su man-
tención (aun cuando su expresión varíe en función de la
etapa evolutiva), y también con aquellos que contribuyen a
su disminución, pese a que es necesario considerar tam-
bién que hay evidencias de que las causas de los trastornos
en distintas etapas de la vida pueden variar (Lemos, 1996).
La revisión de los factores que se han analizado permite
sostener que efectivamente tienen alguna continuidad a lo
largo de la vida. En particular, los factores de vulnerabili-
dad personal que se han descrito es posible que tengan efec-
tos a partir de la adolescencia, pero no dejan de estar pre-
sentes en la vida adulta. Ello explicaría que si bien los fac-
tores sociales que inciden sobre esta vulnerabilidad van
cambiando, el efecto depresógeno resulte equivalente. Así
es posible que el estilo de afrontamiento más pasivo y
rumiativo pueda contribuir a que se presenten más episo-
dios de depresión tanto en la adolescencia como en la
adultez, aun cuando los estresores enfrentados sean distin-
tos.
3.- Hipótesis artifactuales
Hasta ahora se han presentado explicaciones de las di-
ferencias de género en depresión que, asumiendo los resul-
tados de los estudios epidemiológicos, suponen que éstas
son un dato bien establecido. Sin embargo, casi tan tem-
prano como los estudios que mostraban más trastornos de-
presivos en mujeres, surgieron interrogantes respecto del
efecto que en las investigaciones podrían estar teniendo
ciertos sesgos epistemológicos y metodológicos (Young,
Fogg & Scheftner, 1990).
Algunos de estos sesgos eran de relativamente fácil re-
solución y fueron prontamente superados por los estudios
epidemiológicos más sofisticados: evitar estudios centra-
dos en muestras clínicas o el empleo de instrumentos diag-
nósticos dependientes de la subjetividad del entrevistador
(Culbertson, 1997).
Sin embargo, más complejo es determinar si los
constructos psicopatológicos empleados y sus criterios
definitorios son igualmente apropiados para ambos géne-
ros (Widiger & Spitzer, 1991). Todavía existe controversia
a este respecto (Sprock & Yoder, 1997). Algunos autores
han planteado que los criterios tradicionales de valoración
de los trastornos y síntomas depresivos son más aptos para
captar la forma en que las mujeres tienden a experimentar
estas vivencias, corriendo incluso el riesgo de patologizar
algunas experiencias habituales y no necesariamente
desadaptativas, y no son, por el contrario, adecuados para
captar las formas negativas de vivencia emocional más cen-
trales en los hombres (Stapley & Haviland, 1989). Esto
resulta coherente con los estudios que indican que las ex-
periencias de disforia se expresan en el hombre con mayor
intensidad a través de impulsos y acciones, en cambio, en
la mujer están caracterizadas por una mayor tendencia a
focalizar la atención en el sentimiento experimentado, con
ausencia de hostilidad manifiesta (Gjerde, 1995). De allí
que se plantee que este tema requiere mayor atención en la
investigación futura (Sprok & Yoder, 1997).
Diversos investigadores han planteado asimismo que
las conductas externalizadoras como el consumo de sus-
tancias y la impulsividad y la violencia serían formas más
habituales en hombres de reaccionar frente a las experien-
cias negativas y de manifestación del malestar emocional,
y podrían ser considerados «equivalentes depresivos»
(Dawson & Grant, 1998). El concepto de «espectro depre-
sivo» ha sido sugerido para identificar una específica
interacción genes-ambiente que favorece la depresión en
las mujeres y el abuso y dependencia al alcohol en hom-
bres (Piccinelli & Wilkinson, 2000). La no existencia de
diferencia de género en las tasas de depresión en los Amish,
donde el consumo de alcohol no está permitido, es una evi-
dencia, entre otras, que se ha utilizado para respaldar esta
hipótesis (Egeland & Hostetter, 1983), así como algunos
hallazgos de estudios que permiten sostener la existencia
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de una relación entre la vulnerabilidad genética a los tras-
tornos depresivos y a trastornos externalizadores (Kendler,
Davis & Kessler, 1997).
Sin embargo, debe tenerse presente que existe consen-
so en que tiene más sentido conceptualizar los síntomas
depresivos y externalizadores como diferentes formas de
respuesta a circunstancias semejantes que como diferentes
aspectos de un mismo trastorno (Nolen-Hoeksema, 1990).
Otro aspecto que ha generado inquietud respecto de
eventuales sesgos de género, es que se ha hipotetizado que
existiría en la mujer una mayor facilidad y disposición para
expresar e informar de la presencia de síntomas emociona-
les (Brody & Hall, 2000); en los hombres, por el contrario,
sería más frecuente observar dificultad para identificar,
expresar e informar de sus experiencias emocionales (Janz,
2000). Pese a la aparente sostenibilidad de esta hipótesis,
los hallazgos disponibles indican que estos factores no son
suficientemente importantes como para afectar
significativamente los diagnósticos de trastornos depresi-
vos en hombres y mujeres. Un elemento que indica que
este sesgo no es tan marcado es que, en general, se ha en-
contrado que los niveles de discapacidad asociados al diag-
nóstico de trastorno depresivo en hombres y mujeres son
semejantes (Kessler, McGonagle & Swartz, 1993), si bien
tienden a ser algo más graves en los hombres en algunos
estudios (Fristh, Rojas & Araya, 2003).
Sin embargo, la existencia de diferencias en el grado
de reconocimiento, expresión e informe de sus experien-
cias emocionales entre hombres y mujeres no debe ser mi-
nimizada. Por ejemplo, existen evidencias de sesgos gené-
ricos que influyen el informe retrospectivo de síntomas y
experiencias emocionales, observándose una mayor ten-
dencia en las mujeres a informar de más vivencias y sínto-
mas depresivos en el pasado que la que informaban en el
momento mismo de la experiencia (Madden, Feldman &
Pietromonaco, 2000). Ello afecta particularmente a los es-
tudios muy dependientes de información retrospectiva,
como los de prevalencia de vida, que tienden a sobreesti-
mar las diferencias de género; sin embargo, ellas, aunque
atenuadas, se mantienen en los estudios de prevalencia ac-
tual o reciente (Bebington et al., 2003; Wilhem, Parker &
Hadzi-Pavlovic, 1997; Wilhem & Parker, 1994).
En síntesis, es probable que los factores señalados con-
tribuyan a que exista una cierta magnificación de las dife-
rencias de género en la presencia de síntomas y trastornos
depresivos. Sin embargo, estas diferencias no pueden ser
reducidas a estos factores. La hipótesis artifactual tiene poco
que aportar, en principio, en la explicación de los cambios
en los patrones de diferencias de género a lo largo de la
vida, salvo en que el autorreporte de síntomas se hace esen-
cial en el diagnóstico de trastornos depresivos a partir de la
adolescencia, y lo es menos en la niñez. Sin embargo, las
tasas de trastornos depresivos en la adolescencia son clara-
mente mayores en chicas, también con el empleo de
heteroinformantes, lo que no ocurre en la niñez con igual
metodología, lo que limita el poder explicativo de este plan-
teamiento. Debe considerarse además que la depresión
como trastorno se hace más frecuente en la adolescencia y
ello parece tener relación con elementos del desarrollo
socioemocional y cognitivo y no con subdiagnóstico de ésta
en la niñez (Rutter, 1986). Por otro lado, no hay evidencias
de que la mayor tendencia a informar de síntomas emocio-
nales en la mujer decrezca en la adultez tardía ni que se
incremente en los hombres.
Conclusiones
Un adecuado conocimiento de la etiología de la depre-
sión debe ser capaz de explicar las diferencias de género
en este aspecto (Hankin & Abramson, 2001; Bebbington,
1998). Por otro lado, la comprensión de estas diferencias
puede ser una clave esencial en los mecanismos explicati-
vos de estos trastornos (Rutter et al., 2003). Sin embargo,
todavía no se logra construir una teoría con un sólido fun-
damento. Más aún, estas teorías tienen que ser capaces de
explicar no sólo la existencia de estas diferencias, sino sus
cambios a lo largo del ciclo vital, lo que, a la fecha, resulta
un desafío mayor, así como el de integrar los hallazgos
válidos de las distintas hipótesis en una mirada no
reduccionista, que articule lo biológico y psicosocial (Rutter,
2002).
Las hipótesis biológicas no han logrado el sustento es-
perado pese a la gran investigación que han merecido, en
particular, las centradas en el rol de las hormonas
reproductivas. Sin embargo, los hallazgos epidemiológicos,
en especial los recientes que aportan evidencias respecto a
la disminución de los trastornos depresivos en la
postmenopausia en la mujer, hacen que el interés por ellas
continúe vigente.
Las hipótesis psicosociales han logrado diversas evi-
dencias que las respaldan (Piccinelli & Wilkinson, 2000;
Bebbington, 1996, 1999), pero no son capaces de explicar
de manera consistente el origen de las diferencias de géne-
ro en la adolescencia y su aparente disminución en la ve-
jez, y todavía deben superar diversas limitaciones
metodológicas. Las hipótesis artifactuales muestran que se
debe tener cuidado con los factores que amplifican
artificialmente las diferencias de género, pero su poder
explicativo es limitado.
Los datos disponibles sugieren que el estrechamiento
de las diferencias de género en la vejez no se debe princi-
palmente al incremento de la depresión en hombres sino a
su disminución en la mujer (Bebbington et al., 2003). La
explicación de por qué podría disminuir la depresión en la
mujer en esta etapa permanece como un enigma, más aun
si se consideran los múltiples estresores que son propios
de esta etapa de la vida y que afectan por igual a hombres y
mujeres. En el incremento relativo de la depresión en los
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LA PRESENCIA DE TRASTORNOS DEPRESIVOS
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hombres es probable que un factor principal sea la alta vul-
nerabilidad que presentan ante la pérdida de la pareja
(Kendler et al., 2001; Stroebe & Stroebe, 1983), así como
factores derivados del cambio de roles laborales propio de
esta etapa.
Sin embargo, debe considerarse que la investigación
epidemiológica de los trastornos depresivos en la vejez to-
davía no permite obtener resultados concluyentes. Es posi-
ble que el tipo de instrumento empleado en algunos estu-
dios no sea el más apropiado (Steffens et al., 2000), y ade-
más existe un posible efecto de cohorte que no ha sido con-
trolado, relativo al aumento que están teniendo las tasas de
depresión, cuyo efecto es probablemente más fuerte en las
generaciones más recientes (Fombonne, 1995). De allí que
la búsqueda de explicaciones más definitivas a los cam-
bios en las diferencias de género en la presencia de trastor-
nos depresivos a lo largo del ciclo vital deba esperar el
resultado de estudios longitudinales. Estos estudios debie-
ran permitir aclarar asimismo si las diferencias de género
se explican fundamentalmente por tasas de incidencia de
primeros episodios más tempranos y frecuentes en muje-
res, o por una mayor recurrencia y cronicidad de los tras-
tornos en éstas, lo que resulta un tema esencial para anali-
zar la validez de las distintas hipótesis explicativas.
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