Terapia psicológica
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
sochpscl@entelchile.net
ISSN (Versión impresa): 0716-6184
CHILE
2004
Alfonso Cáceres Renere
INCORPORACION DE LA ATENCION PSICOLÓGICA A UNA PATOLOGIA AUGE:
FISURAS LABIOPALATINAS
Terapia psicológica,
noviembre, año/vol. 22, número 002
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
Santiago, Chile
pp. 185-191
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Universidad Autónoma del Estado de México
http://redalyc.uaemex.mx
Copyright 2004 by Sociedad Chilena de Psicología Clínica
ISSN 0716-6184
Incorporacion de la atencion psicológica a una patologia AUGE:
fisuras labiopalatinas
Incorporation of Psychological Assistance to a Pathology included in the
AUGE
Plan
1
:
Cleft Lip and Palate
Alfonso Cáceres Renere
Fundación Dr. Alfredo Gantz Mann – Pro Ayuda al Niño Fisurado, Chile
(Rec: 05 - julio - 2004 Acep: 29 - septiembre - 2004)
Las fisuras labiopalatinas son malformaciones congénitas que requieren un tratamiento integral extenso y complejo. Pese
a tratarse de alteraciones físicas, el impacto que provocan en la persona y en su calidad de vida, hace que las variables
psicosociales adquieran una enorme relevancia. Es por eso que al incorporarse esta patología al plan AUGE se reconoce
y asegura la atención psicológica a todos los niños de Chile nacidos con esta condición hasta los 15 años, de acuerdo con
el protocolo específicamente diseñado.
A lo largo de todo su ciclo vital, la persona nacida con una fisura está expuesta a la segregación y el rechazo con todo lo que ello implica
desde un punto de vista psicológico, particularmente cuando no ha tenido un tratamiento adecuado.
Este trabajo expone la problemática de las personas con fisura, y las características del protocolo AUGE para su atención psicológica.
Palabras clave: fisuras, etapas del desarrollo, plan AUGE, protocolo psicología.
Cleft lip and palate is a birth defect which requires a complete long-term and complex treatment. Although it is a physical
alteration, the impact on the person and his/her life quality forces us to consider psychological and social variables as
very important. Therefore, with the incorporation of this pathology to the Auge Plan*, psychological assistance is guaranteed
for all the children born in Chile suffering from this condition until the age of 15, in accordance with the protocol
specially designed for it.
Throughout all his/her life, the person suffering from cleft lip and palate condition is exposed to segregation and rejection, with
all the psychological implications derived from this, particularly when this person has not received an appropriate treatment.
This paper discusses the problems that the person with a cleft condition must face, and the characteristics of the AUGE*
protocol for his/her psychological assistance.
Key words: clefts, developmental stages, plan AUGE, psychology protocol.
Correspondencia:
alfonsocr@hotmail.com
1
Plan AUGE: The government’s health care initiative which stands for
“Universal Access with Explicit Guarantees".
Introducción
Las malformaciones craneofaciales son defectos con-
génitos que comprometen, de manera variable, el rostro y
el cráneo, y que están determinadas por alteraciones en el
desarrollo embriológico precoz. De ellas, las más comu-
nes corresponden a las denominadas fisuras faciales, que
pueden presentarse como fisura de labio, fisura de paladar
o la forma más común, la fisura labiopalatina. En todos
estos casos el niño nace con una hendidura anormal en el
labio, paladar o ambos. Esta condición puede presentarse
aislada (vale decir, el niño no tiene otras alteraciones, que
es la situación más frecuente), asociada a otras malforma-
ciones, o dentro de un síndrome mal formativo (Tresserra,
1977; Turvey, Vig & Fonseca, 1996)
El nacer con una fisura genera el riesgo potencial de
una serie de secuelas que pueden afectar seriamente la ca-
lidad de vida de estas personas: alteraciones estéticas (ci-
catrices, deformaciones), riesgo de disminución de la au-
dición (en las fisuras que comprometen el paladar blando),
alteraciones dentarias, alteraciones de voz y habla (la co-
nocida voz gangosa). Las causas de las fisuras pueden ser
genéticas, ambientales (teratógenos que actúan durante el
primer trimestre de embarazo), o multifactoriales (Turvey,
Vig, Fonseca,1996), es decir una mezcla de ambos tipos de
factores, lo que constituye la situación más común (Casti-
llo, 2004, en Cauvi & Leiva, 2004).
Chile es un país considerado de alta incidencia de esta
malformación en el mundo. Aunque hay variaciones anua-
les, en Chile nace aproximadamente un niño fisurado por
cada 585 recién nacidos vivos (Fundación Gantz, 2004;
Monasterio, 1997, en Meneghello, 1997).
Si se considera la forma más compleja, la fisura que
compromete el labio y el paladar, el ciclo total del trata-
miento comienza con el nacimiento del niño y se prolonga
hasta la adolescencia (aunque en el caso de secuelas y pro-
blemas no resueltos, se puede prolongar hasta la adultez.).
Ello implica, en términos ideales, la participación de un
conjunto de especialidades médicas, odontológicas, y de
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colaboración médica. La particular naturaleza de las fisuras
congénitas determina que, pese a tratarse de malformacio-
nes “benignas" (no representan primariamente un riesgo
vital para el niño, y no se asocian necesariamente a retardo
mental cuando el niño no presenta otras alteraciones o
malformaciones), los aspectos psicosociales cobren una
especial relevancia en su abordaje y tratamiento. En gene-
ral, entre las diversas filosofías de tratamiento del pacien-
te con fisura en distintas partes del mundo, existe acuerdo
en que, en última instancia, el éxito de una terapia se mide
por el grado de adaptación, satisfacción, ajuste y bienestar
interno del paciente (American Cleft Palate – Craniofacial
Association, 2001).
Desde abril del presente año, las fisuras labiopalatinas
son reconocidas como una patología AUGE. El plan AUGE
(Atención Universal con Garantía Explícita) se enmarca
dentro de la reforma de salud actualmente en marcha en
Chile. Su objetivo es asegurar la atención integral para to-
dos los habitantes del país que presenten ciertas patolo-
gías. En el caso de las fisuras, ello significa que el Estado
asume el compromiso de su tratamiento integral para to-
dos los niños de entre 0 y 15 años nacidos a partir de 1988
(MINSAL, 2004).
Dadas las características que presentan las fisuras con-
génitas, al definirse el protocolo AUGE para su tratamien-
to el enfoque fue necesariamente evolutivo, explicitándose
las diversas intervenciones, terapias y controles que los
niños deben tener hasta la adolescencia en las diversas es-
pecialidades implicadas. Dentro de este abordaje, se reco-
noció la relevancia de la dimensión psicológica como fac-
tor clave dentro de un enfoque integral de atención. Ello
implica que estos pacientes podrán acceder a la atención
psicológica a lo largo de todo su tratamiento habilitador,
de acuerdo con los parámetros y criterios formalizados en
el protocolo AUGE, lo que conlleva que los centros de sa-
lud acreditados por el Estado deberán contar con psicólo-
gos formados para atender específicamente el tratamiento
de los niños con fisura. En el caso de regiones apartadas, y
con baja demanda de atención, los servicios de salud co-
rrespondientes deberán contratar los servicios de psicólo-
gos externos para los mismos efectos. Por esto, nace la
necesidad de conocimiento y calificación en este tema, y
se abre un nuevo campo de desempeño profesional, que
deberá afianzarse para luego expandirse hacia otras condi-
ciones congénitas de salud en las que los aspectos psicoló-
gicos también son clave (síndromes malformativos, pro-
blemas de estatura pequeña, ambigüedad sexual, SIDA
congénito, etc.)
Por tanto, el propósito de este trabajo es ofrecer
una visión general de la problemática psicológica de
los niños con fisuras en las diversas etapas del desa-
rrollo, y dar a conocer el protocolo AUGE para las
fisuras en esta área.
Antecedentes
Periodo fetal
Los avances en los métodos de diagnóstico prenatal
han determinado que cada vez sea más común en nues-
tro país que algunos padres sepan, antes del nacimiento,
que su hijo presentará una malformación como es una
fisura labiopalatina. Esto implica en la práctica que el
tratamiento comienza en estos casos antes que el niño
nazca, ya que los padres buscan naturalmente de inme-
diato ayuda. En nuestro país, desde un punto de vista
estrictamente médico, es poco lo que se puede hacer en
esta instancia, pero el apoyo psicológico puede ayudar-
los a conocer las dimensiones exactas del problema,
enfrentarlo más racionalmente, aliviar el shock inicial,
y disponerlos de manera adecuada para el inicio oportu-
no del tratamiento (Strauss, 2002).
Aunque en el protocolo AUGE no se consideran
intervenciones en este período, deberían considerar-
se puesto que en el futuro próximo implicarán una de-
manda creciente de atención e inevitablemente plan-
tearán dilemas éticos a los especialistas implicados,
compleja situación que en otros países, en los que el
aborto es legal, ya es una realidad (Aspinall, 2002;
Blumenfeld, Blumenfeld & Bronshtein, 2002;
Matthews, 2002; Saal, 2002).
El impacto inicial: nacimiento y lactancia
El impacto que vive la familia luego del nacimiento
de un niño con una fisura es probablemente análogo al
que experimenta una familia luego del nacimiento de un
niño con cualquier discapacidad o alteración, pese a lo
benigna, como se ha dicho, que pueda aparecer ésta. La
familia enfrenta un suceso inesperado, desconocido, ante
el cual entra en shock. Se suceden entonces las conoci-
das etapas: negación de la situación, aparición del mie-
do, angustia (Cohen, 1997; Pope, 1999). Los padres vi-
ven una situación de duelo (Amaral, 1997, en Carvalho,
1997), en el que deben aceptar que el niño que anticipa-
ban no nació, y enfrentar en su lugar a este otro niño
extraño y desconocido, que los obliga a plantearse ante
situaciones que no previeron y que aumentan su angus-
tia (necesidad de un tratamiento de naturaleza, duración
y costo incierto, enfrentar a la familia y amigos, desva-
lorización de sus expectativas, etc.).
Un hecho que normalmente agrava la intensidad del
impacto inicial es la actitud del personal de las maternida-
des, que enfocan toda su atención en el recién nacido (que
usualmente no tiene mayores problemas) y no consideran
las necesidades de los padres, tanto racionales (compren-
der qué ha pasado) (Young, O’Riordan, Goldstein & Robin,
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2001) como afectivas (sentirse acogidos) (Scheuerle, Olsen,
Guilford, Redding & Habal 1984).
La magnitud con que la familia vive este momento de-
pende de una serie de complejos factores, algunos de los
cuales radican en la biografía de los padres. Ello explica
por qué no existe una relación directa entre la gravedad de
la malformación en el niño y la intensidad de la reacción
inicial de los padres; un niño con una malformación míni-
ma, sin ninguna gravedad objetiva, puede provocar un im-
pacto feroz en la familia, de la que quizás no se recupere,
en tanto los padres de un niño polimalformado, con mal
pronóstico vital e intelectual, se adaptan rápidamente y
aceptan a su hijo.
Evidentemente, la familia atraviesa una crisis que
constituye un período complejo dentro de su desarro-
llo. Es el momento en que conflictos y patologías sub-
terráneos pueden aflorar, con las consiguientes conse-
cuencias. Se ha establecido que el nacimiento de un
niño malformado nunca es la causa de conflictos, sólo
gatilla dificultades que hasta ese momento se habían
mantenido ocultas. Afortunadamente, muchas familias
logran equilibrarse y reorganizarse para continuar su
desarrollo, aunque normalmente con un gran costo
emocional.
Se ha establecido (Speltz, Greenberg, Endriga &
Galbreath, 1994) aunque no de manera concluyente (Maris,
Endriga, Speltz, Jones & DeKlyen, 2000) que todo lo ante-
rior puede alterar de manera significativa la vinculación
inicial del niño con fisura con su madre (se le habla menos,
se le sonríe menos, se lo mira menos, se lo toma menos en
brazos.) Cuando el niño presenta dificultades para alimen-
tarse al pecho (caso habitual en las fisuras de paladar blan-
do, en la cuales al estar abierto el paladar, el niño no puede
ejercer la presión negativa necesaria para la succión), la
madre puede sufrir otra pérdida, la pérdida de ella como
madre en el papel imaginado, de madre como principal
proveedora de alimento para el niño y figura de dependen-
cia absoluta para él.
Puede surgir en la mayoría de los padres enfrentados a
esta situación, la tendencia inmediata a rechazar a su hijo
nacido así, por las expectativas no cumplidas del hijo espe-
rado. Este mecanismo, que a veces se vive de manera cons-
ciente, pero en la mayoría es inconsciente, es uno de los
peligros más serios que enfrenta el niño con fisura en esta
etapa, puesto que predispone a que la familia desarrolle un
estilo inadecuado de crianza, que impactará negativamen-
te en su desarrollo: rechazo, maltrato, falta de estimulación,
sobreprotección (como formación reactiva), etc. La
sobreprotección y las limitaciones en la autonomía del niño
en particular, afectan su desarrollo al limitar su indepen-
dencia y su seguridad, y el desarrollo de la confianza en sí
mismo necesaria para enfrentarse al mundo. (Wiilliams &
Morris, 1984).
Los años preescolares
Luego del impacto inicial, la mayoría de las familias
encuentra alguna forma de adaptación. El niño es operado,
la fisura se cierra, y se inician los tratamientos que el niño
necesita en función de las características particulares de su
malformación. En los años preescolares la familia tiene la
oportunidad de proteger activamente al niño ante las situa-
ciones de segregación que puedan surgir, derivadas de las
secuelas perceptibles que exhibe (cicatrices en el rostro,
voz hipernasal, alteraciones dentales y maxilares). Con fre-
cuencia esa situación, unida a la culpa no trabajada de los
padres, determina que dentro de los estilos habituales de
crianza predominen la sobreprotección y sus derivaciones:
al niño no se le exige de acuerdo con su nivel de desarrollo,
hay una excesiva tolerancia ante sus conductas disruptivas
(Tobiasen & Hieber, 1984), y en general no se promueve
su participación social. En este período, el niño ya puede
presentar déficits en habilidades sociales básicas, que son
el requisito para otras de nivel superior, puede verse limi-
tado en experiencias que son normales en los niños de su
edad, y adquirir una visión poco realista del mundo. Un
antecedente que se puede mencionar en este contexto, es
que en nuestro país una proporción significativa de niños
con fisura no asiste al jardín infantil, pudiendo obviamente
hacerlo (Navarro, Núñez, Saavedra & Toro, 2001), siendo
muy importante que ellos tengan escolaridad temprana:
sería muy beneficioso que ingresaran desde los dos o tres
años al sistema escolar, con el fin de estimular su desarro-
llo social y su lenguaje, al intercambiar experiencias con
otros niños y adultos.
Los años escolares
El ingreso al colegio es un momento muy significativo
para el niño con fisura, pues marca el momento en el que
debe salir de la seguridad de su hogar, donde cuenta con la
protección inmediata y concreta de su familia, para en-
frentar un medio desconocido, para el que muchas veces
no cuenta con todas las destrezas necesarias para operar
con eficiencia, como es el colegio. Es a partir de este pe-
ríodo escolar en que comienzan a hacerse evidentes, en mu-
chos niños con fisura, alteraciones de tipo psicológico
(conductual y/o emocional.) Ello, porque muchas veces en
el colegio enfrenta por primera vez en forma directa el
rechazo y la segregación, hecho fundamentado en los este-
reotipos culturales de belleza imperantes y de rechazo a la
diferencia (Tobiasen & Hiebert, 1984).
Entonces, al insertarse en un ambiente hostil y care-
ciendo de recursos para enfrentarlo, es habitual que el niño
desarrolle un estilo conductual caracterizado por la timi-
dez, la inhibición y el retraimiento (interactúa poco con
sus pares, tiende a aislarse, tiende a evitar las situación so-
ciales como cumpleaños y actividades extraprogramáticas).
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Esto, más que una respuesta exclusivamente patológica, se
ha interpretado como una especie de mecanismo de defensa
que el niño construye como una forma de evitar las agresio-
nes constantes a las que puede estar expuesto (burlas, desca-
lificaciones, agresiones) (Richman & Eliason, 1982).
Aparte del stress inmediato que el niño vive, esta situa-
ción es especialmente delicada si se considera que la ca-
rencia de habilidades sociales propias de su edad, y que
sólo se consiguen en la interacción con pares y adultos, le
dificultará también la adquisición de otras habilidades de
nivel superior que requerirá posteriormente (Speltz,
Greenberg, Endriga & Galbreath, 1994).
Todo lo anterior puede provocar serias dificultades de
adaptación al medio escolar, en particular cuando los adul-
tos responsables no realizan algún tipo de intervención o
adecuación que lo ayude (Wiilliams & Morris, 1984).
Diversos estudios (McWilliams & Matthews 1979; Va-
ras & Monsalves, 1986; Williams & Morris, 1984) han
demostrado que los niños fisurados, sin otras malforma-
ciones asociadas, presentan como grupo una distribución
normal de inteligencia. Sin embargo, también se ha cons-
tatado que tienden a demostrar un rendimiento escolar in-
ferior a lo esperado (Richman & Eliason, 1982). Algunos
estudios han demostrado que los niños fisurados presentan
un alto porcentaje de repitencias, frecuentes cambios de
colegio, calificaciones regulares (Cáceres & Mederos, 1988;
Broder, Richman & Matheson, 1998).
La explicación de este fenómeno sería múltiple:
Por un lado influiría el desconocimiento de las particu-
laridades de su alumno fisurado por parte del profesor. No
saber por ejemplo, que dada la naturaleza de su tratamien-
to necesariamente tendrá inasistencias, que tiene que sen-
tarlo adelante en la sala de clases (cuando hay fisura de
paladar blando puede haber disminución auditiva) y que el
niño con fisura presenta un alto riesgo de ser rechazado
por sus pares (Finnegan, 1982).
También influye el bajo nivel de expectativas que mu-
chas veces tanto los padres como los profesores demues-
tran hacia el niño con fisura (Richman & Eliason, 1982).
En muchas ocasiones los profesores tienden a subestimar
la inteligencia de sus alumnos fisurados (en especial de
aquellos que presentan un mayor grado de desfiguración
facial) (Richman & Harper, 1978), lo que incidiría en una
menor presión por mayores logros escolares. Los padres
tienden a anticipar dificultades al ingresar el niño al cole-
gio, pese a lo cual habitualmente no buscan ayuda (Cáceres
& Mederos, 1988). Esto último se vincula a otro hallazgo:
hay estudios que demuestran que tanto los padres de niños
con fisura como sus hijos tienden a manifestar un locus de
control externo (Brantley & Clifford, 1979).
También, en los casos que corresponde, se ha postula-
do que influyen los efectos de la desfiguración facial. Al
presentar un menor atractivo físico, los niños fisurados es-
tán más expuestos a recibir una socialización de menor
calidad (Tobiasen 1984).
También se ha postulado la influencia de los déficits de
lenguaje (vale decir, no sólo de voz y habla) que estos ni-
ños habitualmente presentan. Estos déficits están amplia-
mente reportados (Mederos, 1994; Nation & Wetherbee,
1985): retraso en el desarrollo del lenguaje, vocabulario
reducido, uso de respuestas breves, en algunos casos ma-
yores dificultades de comprensión.
Finalmente, influiría el estilo conductual del niño
fisurado, caracterizado como se dijo por la inhibición y el
retraimiento. Esta situación refleja el mayor grado de stress,
interacciones sociales, y competitividad de la sala de cla-
ses en comparación con la seguridad del hogar. Se ha suge-
rido que en la sala de clases, donde algún grado de
competitividad e independencia es necesario para el éxito,
la inhibición puede generar una baja motivación de logro
(Richman, 1978, Richman & Eliason, 1982).
Por otra parte, los años de la niñez media marcan otro
momento significativo para el niño, pues es el momento en
que su egocentrismo comienza a disminuir, comienza a
descentrarse, y empieza a observar más objetivamente la rea-
lidad y a considerar los puntos de vista de los otros, los que
para el niño adquieren una enorme importancia (Piaget, 1986).
Si el niño evalúa que la visión de los demás hacia él es
negativa, con facilidad la integrará a su visión de sí mismo,
haciendo que su autovaloración se vea deteriorada. Existe
una abundante evidencia que apunta a que la autoestima de
los niños fisurados es negativa, particularmente en las ni-
ñas, tendencia que se va haciendo más intensa a la medida
que se acercan a la adolescencia (Kapp – Simon, 1986;
Richman, 1983), lo que es un dato inquietante si se consi-
deran las relaciones que existen entre autoestima y diver-
sos aspectos del funcionamiento psicológico: ajuste, ren-
dimiento académico, autonomía, satisfacción general, etc,
y si se considera que hay evidencia (Endriga & Kapp –
Simon, 1999) que sugiere que los niños preescolares con
fisura tienden a presentar una autoestima normal.
Adolescencia
La adolescencia supone otra etapa crítica para el pa-
ciente y su familia. La búsqueda de la identidad puede
verse entorpecida (Broder, 1996 en Turvey, 1996) por los
conflictos no resueltos, haciéndose más evidente la ten-
dencia al aislamiento y la constricción. El déficit acumu-
lado de destrezas sociales lo puede llevar a interactuar de
una forma poco efectiva con sus pares, a tener dificulta-
des para iniciar y mantener amistades, a desarrollar un
estilo más de observador que de participante activo en
sus interacciones (Kapp-Simon, 1995). La baja autoestima
puede llevar, en otros casos, a una dependencia exagera-
da del grupo de pares, lo que puede conducirlo a conduc-
tas francamente disruptivas.
Al tomar plena conciencia de sí mismo como individuo
en este período, surge el tema de asumir su condición; ello
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es clave en los proyectos que comienza a elaborar (conti-
nuar estudios, trabajar, formar una familia, tener hijos). O
sea, si se percibe como un minusválido, incapaz de inser-
tarse normalmente en la sociedad (Bennett & Stanton, 1993)
o si se percibe como alguien que nació con una condición
especial, pero que está capacitado para relacionarse y com-
petir en igualdad de condiciones con sus pares (Kelton,
2001). En esto influyen variables de todo tipo: actitud de la
familia, estilos de crianza, adaptación escolar, oportunidad
y calidad del tratamiento recibido, etc.
Adultez
En la adultez joven, la persona con fisura también está
expuesta a experimentar dificultades en el ámbito
psicosocial. Hay estudios (Peter, Chinsky & Fischer, 1975;
Tobiasen, 1984) que demuestran que los adultos con fisura
tienden a casarse con menor frecuencia y a una mayor edad
que sus pares sin fisura, que participan menos en activida-
des sociales, que dependen más de sus familias de origen
respecto a la participación social y el apoyo emocional.
También, en Fundación Gantz, se han observado las consi-
derables dificultades que pueden enfrentar al momento de
pretender insertarse al mundo laboral, incluso pese a tener
un nivel académico competitivo, y al postular a activida-
des en las que objetivamente la apariencia física o la cali-
dad de la voz no tiene ninguna importancia. Otra fuente
recurrente de preocupación para muchos, es la posibilidad
de tener un hijo con fisura (dado el componente heredita-
rio que existe en algunos casos).
Protocolo AUGE para las fisuras labiopalatinas
El protocolo AUGE distingue las tres entidades básicas
de fisuras congénitas: fisura labial simple, fisura palatina y
fisura labiopalatina, uni o bilateral. Esta diferenciación está
plenamente justificada desde el punto de vista médico, pues-
to que cada una de ellas presenta características propias y
requiere diferentes tratamientos. Sin embargo, desde el
punto de vista psicológico, tal distinción no es tan relevan-
te, puesto que en todos los casos la problemática es esen-
cialmente la misma. Por lo tanto, el siguiente protocolo
debe entenderse como aplicable a las tres instancias en las
distintas etapas evolutivas consideradas. Para cada etapa
se explicitan los temas o problemáticas fundamentales, y
los objetivos básicos a cumplir desde el punto de vista de
la intervención psicológica.
Recién nacido: entrevista con los padres.
Objetivos terapéuticos:
Fomentar la aceptación plena por parte de los pa-
dres de su hijo, calmando el impacto emocional del diag-
nóstico en la familia.
• Promover el desarrollo de una vinculación afectiva
normal.
• Entregar a los padres herramientas que les permitan
estimular el desarrollo socio–emocional del niño.
• Estimular el compromiso familiar con el tratamiento.
Período preescolar: evaluación del desarrollo y de los
estilos de crianza.
Objetivos terapéuticos:
• Realizar un diagnóstico completo preventivo del niño
y la familia.
• Orientar a los padres respecto de las medidas de
estimulación y estilos de crianza.
• Promover y estimular el desarrollo de la autonomía y
autoconcepto positivo.
• Realizar una preparación emocional para las cirugías, de
modo que se realicen en un contexto no estresante para el niño.
Período escolar:
A los 6 años: evaluación integral (intelectual, emocional)
Objetivos terapéuticos:
• Llevar a cabo una completa evaluación cognitiva, emo-
cional y conductual.
• Es deseable una comunicación directa con la unidad
educativa, lo que implica la elaboración de al menos un
informe psicológico exhaustivo, fomentando una adecua-
da adaptación al sistema escolar.
A los 8 años: evaluación autoestima.
Objetivos terapéuticos:
• Evaluar la autoestima del niño con fisura,
implementando en caso que sea necesario las intervencio-
nes terapéuticas oportunas.
Período de adolescencia: evaluación integral.
Objetivos terapéuticos:
• Llevar a cabo una evaluación conductual y emocio-
nal, que permita pesquisar las necesidades para una ayuda
terapéutica oportuna.
• Realizar una evaluación de intereses, para llevar a cabo
una adecuada orientación vocacional.
• Orientar en planificación y proyecto de vida a futuro,
que les permita conseguir metas a corto y largo plazo y de
este modo estimular la sensación de satisfacción consigo
mismos.
• Promover la aceptación personal (autoestima positi-
va), la adaptación al entorno social y el desarrollo de habi-
lidades sociales.
En todas las etapas el inicio de un proceso terapéutico
surge a partir del diagnóstico del niño y de la pesquisa de
alguna problemática.
En todas las etapas se debe considerar a la familia y la
escuela.
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Discusión
La persona que nace con una fisura labiopalatina está
más expuesta a presentar alteraciones en el vínculo ini-
cial con sus figuras parentales luego de nacer, a desarro-
llar un sentido de incompetencia durante los años prees-
colares, a sufrir el aislamiento por parte de sus pares en la
etapa escolar, a no lograr un adecuado sentido de identi-
dad durante la adolescencia, y a enfrentar la frustración y
la reclusión en la adultez.
Como se puede apreciar, entonces, la persona que nace
con alguna forma de fisura está expuesta, en las diversas
etapas de su desarrollo, a experimentar situaciones de ries-
go desde el punto de vista psicológico, lo que configura
en una importante cantidad de casos una verdadera situa-
ción de stress crónico. A pesar de que esta malformación
constituye en sí un problema físico, biológico, su particu-
lar naturaleza y ubicación provocan que sus secuelas tras-
ciendan el plano meramente médico, y abarquen a la per-
sona como una totalidad.
La incorporación de la atención psicológica al tra-
tamiento de las fisuras significa una oportunidad para
que los psicólogos puedan, en un contexto de trabajo
multidisciplinario, contribuir al desarrollo de niños más
resilientes, en igualdad de condiciones que sus pares y
con una calidad de vida mucho mejor que lo que ha
sido tradicional.
Referencias
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