Terapia psicológica
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
sochpscl@entelchile.net
ISSN (Versión impresa): 0716-6184
CHILE
2004
Leônia Cavalcante Teixeira
EL CUERPO EN LA CONTEMPORANEIDAD Y LA CLÍNICA PSICOSOMÁTICA
Terapia psicológica,
noviembre, año/vol. 22, número 002
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
Santiago, Chile
pp. 171-176
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Universidad Autónoma del Estado de México
http://redalyc.uaemex.mx
Copyright 2004 by Sociedad Chilena de Psicología Clínica
ISSN 0716-6184
El cuerpo en la contemporaneidad
y la clínica psicosomática*
Body in comtemporary and the psychosomatic clinic
(Rec: 17 - marzo - 2004 Acep: 28 - octubre - 2004)
Enfocamos la clínica psicosomática y sus vicisitudes en el contexto de las (re)orientaciones del poder terapéutico en el
momento actual de la civilización occidental, pretendiendo discutir los lugares del cuerpo denunciadores de los progresos,
de las enfermedades y de las derrotas de los proyectos de subjetividad ideal preconizados por la modernidad. El campo de
la psicosomática nos parece privilegiado para pensar los enigmas que penetran ese cuerpo, muchas veces enfermándolo,
lesionándolo y encaminándolo a la muerte sin la implicación del sujeto en la historia de su sufrimiento.
Palabras claves: cuerpo, contemporaneidad, medicina, psicosomática, psicoanálisis.
Our focus is on the psychosomatic clinical practice and its vicissitudes in the context of the orientation (or re-orientation) of
the therapeutic power in the current, western, civilized moment. We intend to discuss places in the body, which denounce or
signal the progresses, the wounds, and the failures of the projects of ideal subjectivity, which were highly acclaimed in the
modern era. The field of the psychosomatic seems to feel it is privileged in thinking about the riddles, which circulate
around the body. Many times, they make the body ill, seriously wound it, or even take the body on the road to death, without
considering the subject in the history of its suffering.
Key words: body, comtemporary, medicine, psychosomatic, psychoanalysis.
Introducción
Tratar los sentidos del cuerpo en la contemporaneidad
constituye la vía elegida para abordar el enigmático cam-
po de investigación de la psicosomática, principalmente
porque pensamos que los lugares teóricos y clínicos del
cuerpo son importantes en la comprensión de nociones
nucleares para todos los que se ocupan de los conocimien-
tos sobre el enfermar.
Como foco de atención de la medicina, psicologías y psi-
coanálisis, psicosomática y estética, el cuerpo constituye es-
pacio de actualización de las concepciones sobre la vida y la
muerte, la salud y la enfermedad, lo normal y lo patológico.
Así, innovaciones científicas nos presentan el espacio
del cuerpo como lugar de la enfermedad que se amplía en
dirección a lo virtual. Anticipar enfermedades futuras cons-
tituye uno de los ideales de la ciencia contemporánea a
través de las tecnologías preventivas. Éstas estarían al ser-
vicio del alejamiento de problemas que puedan acometer
al sujeto que, aunque se encuentre sano, ya es, al mismo
tiempo, considerado enfermo. Podemos preguntar: ¿Cuál
es el lugar de lo imprevisible en la experiencia de un cuer-
po construido en el juego de subjetividades cuando sus vi-
cisitudes son previsibles y normadas desde temprano.
¿Cómo situar la pluralidad de las experiencias posibles junto
al cuerpo, considerando los procesos de reproducción asis-
tida asexuada, los transplantes y la clonación.
Inspirados en Foucault, preguntamos sobre cuál ethos se
basan las experiencias médica y psicoanalítica, ya que las
miradas científica y estética exponen ambigüedades y para-
dojas de las relaciones del sujeto consigo mismo y con los
demás. Este ensayo discute ciertos lugares teóricos y clínicos
del cuerpo en la contemporaneidad, considerando las bases
epistémicas y los horizontes éticos del campo psicoanalítico.
Cuerpo y contemporaneidad
Las concepciones de la clínica médica sobre el cuerpo
marcan una relación peculiar con la enfermedad, constitu-
yendo, según Foucault (1966), uno de los trabajos
instauradores de una nueva normatividad en la que la expe-
riencia clínica corresponde al lenguaje de la racionalidad
como vía de análisis del individuo. Teóricamente
profundizada en El nacimiento de la clínica (Foucault, 1973),
el lenguaje sobre las enfermedades no es anterior a la per-
cepción médica, como lo era en la época clásica. La inaugu-
ración de la clínica, y de la medicina moderna, ocurre cuan-
do la percepción del médico y su enunciación sobre lo pato-
lógico se suman, constituyendo un espacio investigativo en
donde la mirada médica y ubicación de la enfermedad se
reorganizan. La ruptura con la idea de taxonomía de la en-
fermedad se da por el énfasis en el cuerpo enfermo.
*Este estudio es parte del Proyecto n. 0141, NUPECH, Universidad de
Fortaleza (UNIFOR).
**Doctora en Salud Colectiva por el Instituto de Medicina Social de la
UERJ, Maestría en Educación por la UFC, Profesora de los cursos de
Maestría y Graduación en Psicología por la Universidad de Fortaleza
(UNIFOR).
Dirección: Av. Santos Dumont 7007, ap. 902, Papicu, Fortaleza – CE –
Brasil, CEP: 60.190-800. Fono: (550XX85) 3234.1463/34773219
E-mail:
leoniat@unifor
.br/leoniat@uol.com.br
TERAPIA PSICOLÓGICA
2004, Vol.22, Nº 2, 171-176
Leônia Cavalcante Teixeira
**
Universidad de Fortaleza UNIFOR, Brazil
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Fuocault (1973) describe las condiciones de posibili-
dad de la clínica patológica, resaltando el reconocimiento
del espacio hospitalario y del concepto de muerte a partir
de la individualidad de la disección de cadáveres. Con la
anatomía patológica, la mirada cambia de soporte
epistemológico y además se ratifica el desaparecimiento
de la idea de enfermedad como esencia nosológica; la per-
cepción de lo mórbido marca un nuevo modo de actualiza-
ción del cuerpo, ahora posible de ser develado en sus pro-
fundidades, en los intrincados secretos de los órganos, le-
siones y, posteriormente, de agentes patogénicos
moleculares. La mirada médica, entonces, recorre un tra-
yecto investigativo de los síntomas en el cuerpo que habla
a través del silencio de la muerte, en búsqueda de sus lesio-
nes. A partir de esas consideraciones, la muerte pasa a ocu-
par un lugar de privilegio en lo imaginario de las ciencias
de la vida. La posibilidad de un discurso sobre la enferme-
dad se apoya en la visibilidad, propiciada por la mirada
médica, que profundiza en el volumen corpóreo en busca
de los agentes patógenos (Foucault, 1973).
La integración de la muerte a la experiencia médica
marca un momento especial en la construcción de los co-
nocimientos sobre la vida y, en especial, sobre el cuerpo en
las relaciones con otros cuerpos. El cuerpo sin vida habla
sobre el cuerpo del individuo que experimenta su singula-
ridad en las prácticas del cotidiano.
Este breve trayecto reconstituyendo una política sobre
el cuerpo forjada por miradas científicas diferentes, e in-
cluso contradictorias, impulsa diversas relaciones de las
individualidades entre sí en el espacio social, ya que incita
modos de tratamiento de los individuos a partir de expe-
riencias plurales de enfermedad. El lugar del cuerpo en
esas relaciones ocupa fundamental importancia, inscribién-
dose como un texto singular y colectivo, en el que los idea-
les de la civilización contemporánea diseñan un mapa com-
plejo y paradojal.
La enfermedad implica cierta condición de vida que in-
terroga la salud, ya que los conceptos de vida y salud no
se equivalen necesariamente. El proceso de la vida incluye
la enfermedad y la presencia inminente de la muerte, aun-
que el imaginario moderno rechace las experiencias de su-
frimiento como contra-ideales. La enfermedad y los com-
promisos que exige del sujeto están considerados por la
biomedicina como discrepantes de los ideales de salud, de
calidad de vida y longevidad.
Tratar el cuerpo, cuando éste se percibe como intersec-
ción de subjetividades y así, se lo concibe leíble en el jue-
go simbólico que no se reduce al ejercicio funcional de lo
biológico, constituye condición sine qua non para la visi-
bilidad del individuo en su complejidad, o sea, acerca de
los modos en que lo humano se transforma en sujeto.
El sentido de lo patológico merece ser evocado como
operador de planteamientos de visiones maniqueístas de
los procesos de salud y enfermedad, siendo el enfermar
entendido como desventura, infelicidad, como desestabili-
zación del proceso vital. Entender el pathos que en él ori-
ginalmente se presenta parece ser un arma teórico-clínica
de enfrentamiento de puntos de vista que expulsan el mal-
estar, auténtica manifestación del sufrimiento y de las vici-
situdes del existir humano. El pathos se sitúa en el campo
del exceso, de la desmesura, del sufrimiento y de la pasión
que se apoderan del hombre exigiendo de él pasividad, al-
terando su naturaleza, transformándolo en un actor que
experimenta algo del orden de la exuberancia, de la falta
de medida (Berlink, 2000).
En ese contexto, la relación típicamente moderna sa-
lud/ enfermedad pierde fuerza en detrimento de una cues-
tión ética en que el construirse sujeto incluye las nociones
de vida y de muerte como valores. La consideración del
cuerpo en las relaciones con otros cuerpos se desvía de la
concepción de enfermedad como incapacidad, entendién-
dola como una práctica de sí que se construye en el regis-
tro político de las demandas, del entrecruzamiento de sub-
jetividades. Las relaciones entre enfermo, enfermedad y
medicina se instituyen, por tanto, en la trama histórica de
las concretizaciones del existir humano.
La clínica de la psicosomática en el contexto de las
(re)orientaciones del poder terapéutico en la actualidad,
plantea la experiencia de la mirada característica de los re-
cortes que inciden sobre el cuerpo. Parece ser que el cuer-
po nuestro de cada día pasa por configuraciones constan-
tes tanto en términos científicos como artísticos, instigan-
do a ser consideradas en la práctica clínica.
En lo que se relaciona con los rápidos y vertiginosos
descubrimientos de la biomedicina, destacan las revisio-
nes en cuanto a los conceptos de vida y de muerte. No
morimos solamente cuando el corazón se detiene. Mejor
dicho, podemos morir en compañía de sus latidos que ávi-
damente aún conservan los ideales románticos de
complementariedad amorosa. Interesante es el análisis de
Doueihi (1999) en Historias perversas del corazón huma-
no sobre las representaciones del corazón tanto como ór-
gano privilegiado del cuerpo como algo que puede ser de-
vorado por ese cuerpo. El cuerpo en vida, por las vías se-
ductoras de la genética y de la medicina de imágenes (ra-
yos X, campo magnético), también construye al hombre.
La relación foucaultiana entre ver y saber se ejerce de modo
impresionante en los exámenes por los que podemos cons-
truir un cuerpo virtual en tres dimensiones e intervenir en
ellas. En ese sentido, el cuerpo es, entonces, develado en
vida, estando presente la experiencia de la muerte en la vida,
en la mirada y, de ese modo, crear hipótesis sobre el espacio
de la patología y sobre las condiciones terapéuticas.
La posibilidad de anticipar el adolecer del cuerpo por
el sostén epidemiológico y por los avances de la genética
forja experiencias de sufrimiento somático-psíquicas en
virtud de un órgano que es rechazado por aún ser sano, y
por traer ya en sí el potencial de romper las normas funcio-
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nales, divergentes de las que mantienen e impulsan la vida.
Las experiencias de la corporeidad pueden ser anticipadas
por la ingeniería de los genes, a partir de las cuales el cuer-
po futuro se vuelve presente por su imposición frente al
cuerpo de las prácticas actuales.
A continuación, privilegiaremos el lugar del cuerpo en
el psicoanálisis, considerando las rupturas que la noción
de sujeto psicoanalítico impone a la visión de cuerpo-orga-
nismo hegemónica en la experiencia médica.
Miradas médica y psicoanalítica: cuerpo-organis-
mo y cuerpo-sujeto
El cuerpo y sus destinos ocupan a Freud desde el inicio
de sus trabajos (1895[1894], 1913) constituyendo la base
de sus andamiajes metapsicológicos, ya que fue a partir de
las somatizaciones conversivas de las histéricas que se
impuso un registro corporal diverso. Los sentidos que atri-
buye Freud al cuerpo se sitúan en las aprehensiones que
escapan a las explicaciones fisiológicas, anatómicas y pa-
tológicas, abordando la construcción de un hábeas teóri-
co-clínico marcado por el erotismo y por la sexualidad in-
fantil que subvierte el cuerpo de la ciencia médica. La ima-
gen del cuerpo en psicoanálisis no corresponde a su mate-
rialidad anatómica, siendo ese cuerpo representado cons-
truido en la historia subjetiva, maculado por lo erótico y
sus implicaciones.
La experiencia del cuerpo como enigma fue escuchada
por Freud (1895[1894]). Él, con su perspicacia por las en-
señanzas de la clínica, no se contentó con la simple equi-
valencia del cuerpo con el organismo; diseñó una cartogra-
fía de la superficie, densidad y volumen corpóreos que sor-
prendería a la lógica histérica de construcción sintomática,
acogiéndola y descifrándola.
Freud (1895[1894], 1913) leyó el cuerpo en su extra-
ñeza, en sus sorpresas, actualizando los enigmas que dan
vida al cuerpo erógeno. El cuerpo en Freud corresponde a
aquél que él supo escuchar más allá de los ruidos neuro-
anátomo-fisiológicos, tornándose, por tanto, su autor y el
de sus destinos, así como de las posibilidades de acogida
de su sufrimiento en términos terapéuticos.
Un fenómeno es dicho psicosomático cuando los sínto-
mas no se inscriben en el cuerpo histérico, sino en el cuer-
po médico, en el cuerpo que demanda respuestas y explica-
ciones a la fisiopatología (Debray, 2000; Doucet, 2000).
De ahí la necesidad de relectura de los destinos de las
pulsiones cuando dejan huellas en el cuerpo que no funcio-
nan por la lógica del desciframiento, sino que se inscriben
en la patología. El cuerpo en la psicosomática es aprehen-
dido por la dinámica creadora de la sintomatología que de-
safía tanto el saber médico, cuanto el psicoanalítico.
La constitución orgánica y lo erógeno del cuerpo signifi-
can articulaciones diversas del soma con la psique. El cuerpo,
alcanzado en su materialidad de tejido y humoral, correspon-
de a un modo de relación cuerpo-psiquis que puede llevar a la
muerte. A diferencia del cuerpo neurótico, en el que son las
fantasías del cuerpo erógeno reprimido lo que produce los sín-
tomas, el cuerpo en el fenómeno psicosomático no se consti-
tuye circunscrito al registro simbólico.
El sujeto se revela en los registros del cuerpo somático
observado y tratado por la mirada de la medicina. El soma
enfermo se muestra en las sesiones de análisis a través de
las quejas, lamentaciones y narrativas de los periplos mé-
dicos recorridos por el enfermo. Las quejas orgánicas re-
curren a la ciencia para su entendimiento; sin embargo apun-
tan a lo que resta, a lo que escapa de la aprehensión del
cuerpo como carne, abriendo espacios a nuevos e inusita-
dos entendimientos. Es el desplazamiento de la historia de
la enfermedad a la historia del enfermo lo que el análisis
busca. La construcción de la novela familiar por el pacien-
te lo hace sumergirse, por la transferencia, en el arduo tra-
bajo de edificación del cuerpo psicoanalítico, cuerpo que
solo existe en la alteridad, por la mirada del otro que lo
dibuja sexualmente y que, en el análisis, puede ser acogido
en la red del amparo subjetivo.
El cuerpo resiste, siempre planteando a los analistas los
límites del psicoanálisis. Las relaciones entre el soma y la
psiquis marcan la medicina desde Hipócrates y el psicoa-
nálisis desde Freud, de ahí que la relación entre esos dos
campos no cesa de inscribirse en el acto de cuidar el sínto-
ma y el sufrimiento.
La enfermedad somática interpela al diálogo las diver-
sas maneras del saber médico, presentándose por la
organicidad del cuerpo, y los psicoanalíticos, por el cuerpo
pulsional que irrumpe en el soma, exigiendo escucha. El
problema es que, con la prioridad del soma lesionado y
sufriente, la implicación del sujeto en ese enfermar es frá-
gil y, a veces, ni existe. La acogida en análisis de ese sujeto
que sufre y que trae su dolor exige que el analista se
posicione, muchas veces, cuestionando la clínica de la neu-
rosis y de la psicosis (Volich, 2000).
Las zonas de contacto entre medicina y psicoanálisis
superan las relaciones necesarias cuando la enfermedad
orgánica clama por reorientación. El sufrimiento, por más
dependiente que sea de una enfermedad orgánica, coloca
al sujeto de cara con impotencias, límites y decadencias
corporales y lo expone a la perspectiva de la muerte, preci-
pitando defensas y estrategias de enfrentamiento que exce-
den la dimensión del organismo. Así, los campos de inves-
tigación e intervención en el sufrimiento orgánico consti-
tuyen espacios fértiles, porque son propios de la participa-
ción de los analistas. La enfermedad, las prescripciones y
las medicinas adquieren sentido en la dinámica subjetiva.
La fuerza inventiva de Freud reside en la sensibilidad
para acoger el sufrimiento del otro. Ahí se encuentran los
espacios médicos y psicoanalíticos, en intersección. Al fin
y al cabo, las reorientaciones de las diversas maneras de
saber y de poder sobre el cuerpo implican sucesivas crea-
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ciones y recreaciones en los campos de la medicina y del
psicoanálisis.
La enfermedad constituye un momento en el que la emer-
gencia del sujeto es anunciada por el sentido que se le atribuye.
Freud (1895[1894]), entonces, abriendo las puertas de la inves-
tigación clínica al cuerpo docente, interroga a las convicciones
dualistas soma-psiquis, cuando afirma que los síntomas psíqui-
cos ejercen función en la economía subjetiva manifestándose
en el sustrato corporal. Además, hizo más que eso, instituyó el
concepto de pulsión entre lo somático y lo psíquico como ope-
rador de la organización y dinámica subjetivas.
La enfermedad ratifica el cuerpo en su positivismo, no
lo reduce sólo al registro de lo biológico, sino que lo asu-
me como sexual y pulsional, es decir, como construido en
el régimen autoritario que lo saca del orden autoerógeno, y
lo sumerge en las redes de lo social, del otro.
Las implicaciones del malestar en la actualidad traen a
la superficie las resistencias de los modos de saber y de las
prácticas psicológicas que atribuyen fundamental impor-
tancia al cuerpo en la construcción de las subjetividades,
especialmente cuando son expresadas por corporeidades
sufrientes en los campos de la psicosomática, por estados-
límite y por depresiones que los sujetos presentan para la
escena analítica (Volich, 2000).
El repensar los lugares del cuerpo en nuestra civili-
zación actual es importante para que las versiones del
sufrir que acogemos en análisis puedan tener presencia
en la escena social.
Los fenómenos psicosomáticos denuncian modos de
padecimiento en una sociedad privada de ideal, incierta en
sus valores, pudiendo los síntomas orgánicos ser escucha-
dos como síntomas de un malestar que es propio de esta
civilización. Se hace importante la escucha de lo que es el
colectivo actualizado en el singular, cómo éste se estructu-
ra y dinamiza por la red sintomática que marca lo social de
nuestros días. El cuerpo ocupa lugar nuclear en la expe-
riencia del malestar subjetivo, desde que es insertado en el
escenario del malestar de la civilización marcado por una
especie de exilio interior en que nosotros, sujetos contem-
poráneos, somos incitados a refugiarnos en la tentativa de
protección ante la angustia.
Puesto que los discursos de los sujetos que hacen
somatizaciones evocan, casi siempre, la etiología de las
enfermedades, es crucial considerar cómo las ideas de sa-
lud, vida y muerte circulan en el imaginario colectivo, fuente
de la que beben los dolientes de los males del cuerpo al
presentar los padecimientos, sus contingencias familiares,
culturales y sociales.
Entender la clínica de la escucha de las enfermedades or-
gánicas significa, ante todo, concebirla como invención del
sujeto, como momento en que él emerge, atado a las amarras
del cuerpo sufriente y gozante. El estatuto del cuerpo en el
fenómeno psicosomático incita a la consideración de los usos
que el sujeto hace de la corporeidad en la economía subjetiva.
Clínica psicosomática psicoanalítica
La clínica psicosomática actualiza la problemática de
la corporeidad en la contemporaneidad, exigiendo que el
psicoanálisis se cuestione acerca de sus postulados
metapsicológicos y de su técnica cuando fracasa en la
constitución de un espacio de transferencia en el que la
novela del síntoma, sobre el que se apoya, pueda ser vol-
cado en la ficción. Tomamos esos fracasos de modo posi-
tivo, ya que constitutivos de la ética psicoanalítica, ac-
tualizan en términos clínicos y metapsicológicos, la in-
vención que marcó a Freud y que ilumina la escucha de
coinvención de subjetividades.
A finales del siglo XIX, Freud (1895[1894]) se dedicó
en diversos escritos a la discusión de la etiología de las
neurosis, destacando didácticamente aspectos específicos
de las psiconeurosis y la neurastenia, neurosis de angustia
e hipocondría. Sin embargo, siempre demostró preocupa-
ción por resaltar los puntos en común en las sintomatologías
de esas enfermedades, enfatizando las posibles organiza-
ciones mixtas, las mezclas de neurosis. El diagnóstico cons-
tituye un momento que exigía cautela para Freud. Como
ilustración, citamos un fragmento de Sobre los criterios
para destacar de la neurastenia un síndrome particular
intitulada neurosis de angustia (Freud, 1895[1894], p. 134)
en el que expone que la neurosis de angustia sería la:
Contraparte somática de la histeria. En la última como
en la primera, constatamos una insuficiencia psíquica, de
la que surgen los procesos somáticos anormales. También
en la última como en la primera, en vez de una sobrecarga
psíquica de excitación, ocurre un desvío de ella en el cam-
po somático; la diferencia es simplemente que en la neuro-
sis de angustia la excitación, en cuyo desplazamiento la
neurosis se expresa, es puramente somática (excitación
sexual somática), mientras en la histeria es psíquica (pro-
vocada por un conflicto).
El fundador del psicoanálisis tempranamente asumió
las dificultades de tratar enfermedades orgánicas. Admira-
ba a Ferenczi (1926) cuando ése se lanzaba en las aguas
del enfermar somático desafiando las elaboraciones sobre
las conversiones y la hipocondría.
Freud no creía en la aplicabilidad de la terapia
psicoanalítica a todos los casos y presentó algunas de sus
limitaciones. Entre ellas, destacaba que “personas que re-
ciben asistencia médica en hospitales" (1895[1894], p.310)
podían beneficiarse por métodos suplementarios, lo que nos
lleva a creer que se refería a los pacientes que sufrían de
enfermedades somáticas de etiología orgánica. Subraya que
su método venía mostrándose eficaz en el tratamiento de
casos severos de histeria y neurosis obsesiva.
Muy temprano, Freud en Estudios sobre la Histeria
(1895), diferenció la conversión histérica de la somatización
directa, reconociendo que podría existir, a menudo, la com-
binación de los dos cuadros clínicos. En la histeria, una
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excitación psíquica utiliza un falso camino exclusivamen-
te en lo somático, mientras que, en la neurosis actual, una
tensión física no consigue pasar a lo psíquico. El síntoma
de la conversión histérica, de acuerdo con Jean Guir (1997),
ocurriría en una región de sufrimiento orgánico, anterior o
simultáneo al acontecimiento traumático, adueñándose de
la región más frágil en la que se imbricaría la simbolización.
En ese caso, la conversión tendría que encontrar una senda
a través del sufrimiento orgánico.
De hecho, histeria e hipocondría se acercan al psicoa-
nálisis desde el fenómeno psicosomático, enfrentándolo con
retos que no son fácilmente convocados a la palabra, a la
expresión de la vida onírica y fantasmática, a la elabora-
ción de los trabajos de luto; en fin, al montaje de una histo-
ria en los moldes de una novela familiar.
En la psicosomática, el cuerpo se vuelve consistente a
través de una manifestación devastadora que rompe el si-
lencio de los órganos, de los tejidos, de las moléculas, de
los humores. El fenómeno psicosomático pone en cues-
tión la participación del sujeto en la enfermedad, con miras
a plantear una interrogante en relación a su lugar frente a
sí mismo a partir de la construcción de posibilidades de
resignificación del enfermar orgánico en la experiencia del
cuerpo erógeno, además del cuerpo biológico enfermo. La
psicosomática psicoanalítica se organiza en un discurso que,
considerando la ya difícil transferencia paciente-analista,
organiza, por sus posibilidades de escucha, diferentes for-
mas de demanda del sufrimiento y de sus paradojas.
La relación entre enfermedad y subjetividad hace pre-
sente cómo el cuerpo del deseo se pone a merced de
somatizaciones, aumentando la problemática de la eclo-
sión de los fenómenos psicosomáticos en la actualidad.
Tratar clínicamente cuerpos enfermos que buscan la salud
como sinónimo de vida sin implicarse como sujetos en el
enfermar, presume considerar el cuerpo en su amplitud se-
mántica, en los campos de la biomedicina, de los muchos
modos del saber, de las prácticas psicológicas y de las ex-
periencias artísticas.
En el análisis con pacientes que presentan enfermeda-
des somáticas es necesario revisar la rectificación de la
posición subjetiva, los modos de saber científicos y, en es-
pecial, el de la biomedicina, que delimitan espacios
discursivos en la red social. En ese sentido, tanto las con-
cepciones ya usuales y que guían las prácticas médicas di-
luidas en lo social, como las innovaciones biotecnológicas
merecen relieve, sin embargo estas últimas todavía no par-
ticipan, de modo masivo, en los modos de experiencia del
sujeto en cuanto a los usos del cuerpo.
Consideramos que el campo de las ciencias biomédicas
ocupa un lugar nuclear en la construcción de los sentidos
de la vida, directa o indirectamente, y no puede ser dejado
de lado cuando el paciente habla de su dolor o cuando lo
aprehendemos a través de los referenciales psicoanalíticos.
Los modos por los que los dispositivos sociales trabajan
en la producción de cuerpos, no se afectan fácilmente por
la extravagancia del pathos como singularidad y pasan por
las propuestas de la medicina occidental moderna.
Intentar acoger, a través del análisis, el sufrimiento que
se manifiesta en la concretización corpórea exige del
analista una sintonía con los lugares del cuerpo, con sus
experimentaciones y vivencias. En el espacio teórico-clí-
nico de la psicosomática, se hace urgente construir una his-
toria de ese sujeto que se presenta a la clínica denunciando
las enfermedades del proyecto de subjetividad ideal preco-
nizado por el ideario moderno.
Acoger el cuerpo enfermo organizado prioritariamente,
fuera de los esquemas de simbolización significa recorrer
un arduo camino en donde, inicialmente no hay espacios
de interrogación sobre la relación de la vida con malestar
corporal. La construcción del setting se da sobre el recono-
cimiento de que hay algo que habla por el cuerpo actor y
paciente que se relaciona a un saber propio del sujeto que
irrumpe, desgarrando el cuerpo y su equilibrio
psicosomático, un saber que se inscribe en el cuerpo que se
resiste a ser confrontado con la duda, con lo contradictorio
y lo afectivo del discurso.
La fuerte demanda del sujeto portador de enfermeda-
des orgánicas cuando busca el análisis reside en la con-
quista de un cómplice más para su dolor. Lo que podemos
ofrecerle son posibilidades de vida con la angustia y con el
malestar, posibilidades de repensarse a sí mismo con la in-
tención de no tornar insoportable el ya tan irremediable
dolor de existir (Lacan, 1963, p. 788).
La práctica psicoanalítica que expurga el cuerpo en su
positivo no permite la superación del dualismo cuerpo, soma,
carne/ alma, psique, espíritu. Entender cuerpo y psique como
indistintos es tarea del analista que trata del padecer de la
materialidad corpórea. Berlinck (2000, p. 189-190), en el
bello texto Insuficiencia inmunológica psíquica, llama la
atención por medio de interesantes metáforas bélicas, para
el hecho del riesgo de tal perspectiva. Escribe:
Ese desconocimiento (del cuerpo) es campo fértil para
fantasías melancólicas que debilitan sobremanera las defen-
sas a ataques virulentos externos. Fantasías que producen
representaciones frágiles y pobres del propio cuerpo son
equivalentes a fantasías maníacas que contienen una con-
cepción omnipotente del cuerpo. Esas fantasías inconscien-
tes que revelan desconocimiento, falta de intimidad con el
cuerpo e incluso, negación del reconocimiento de la existen-
cia del cuerpo son, muchas veces, responsables de la insufi-
ciencia inmunológica a ataques virulentos externos.
Ratificando las opiniones expuestas, concordamos con
Debray (2000, p.09) cuando afirma que “aislar en los seres
humanos lo que actúa en la escena psíquica y lo que se
vive a nivel del cuerpo es injustificable. De hecho, la anti-
gua dicotomía psique/ soma no resiste a esta evidencia:
somos todos seres psicosomáticos".
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Reestablecer la salud perfecta constituye uno de los idea-
les de la biomedicina, para la que el bien anhelado es la
salud. Plantearlo parece ser la vía más lúcida por la que
podemos acoger el sufrimiento expresado por las manifes-
taciones orgánicas, sufrimiento que demanda el reconoci-
miento de los afectos y de la construcción subjetiva de la
imagen corporal.
El ethos que soporta las experiencias médica y
psicoanalítica en sus enfoques de los fenómenos
psicosomáticos debe residir en la noexclusión de lo doloro-
so y de lo insoportable de la vivencia subjetiva, de la experi-
mentación del cuerpo en sus posibilidades en los campos de
la salud y de la enfermedad, de la instalación de enigmas
que impliquen al sujeto en la ficción de su historia.
Como máxima de la práctica terapéutica, sea médica o
analítica, entendemos que el pathos precede al logos. Freud,
en Sobre el inicio del tratamiento: Nuevas recomendacio-
nes sobre la técnica del psicoanálisis I (Freud, 1913, p.
186), escribe que “la fuerza motivadora primaria de la te-
rapia es el sufrimiento del paciente y el deseo de curarse
que de éste se origina".
Es la experiencia ética consigo mismo y con los demás
lo que debe guiar el ejercicio clínico. El sufrimiento, mani-
festado en la polisemia de las expresiones subjetivas, debe
constituir el punto de partida de los conocimientos y de las
actuaciones en el campo de la clínica.
A partir de las posibilidades de la subjetividad en la
cultura contemporánea, vemos que la corporeidad ocupa
lugares teóricos y clínicos plurales y que las políticas de
cuerpo, aunque señalen prioritariamente hacia la equiva-
lencia entre el estado de salud y la vida, también apuntan
hacia conocimientos que no se enmarcan dentro de los ri-
gores de las racionalidades médicas occidentales presentes
en el modelo biomédico. Atentar contra las relaciones de
poder/ saber constituyentes de las configuraciones de los
campos de experiencia subjetiva, en los que las ideas de
vida, muerte, salud y enfermedad se actualizan constituye
uno de los presupuestos del ejercicio clínico.
Conclusiones
La clínica de los fenómenos psicosomáticos surge por
las amplias paradojas que se instituyen en la experiencia
de la transferencia, como terreno paradigmático de inves-
tigación de lo psíquico. Los modos contemporáneos del
enfermar ponen en tela de juicio las posturas técnicas y
postulados metapsicológicos cristalizados en la práctica del
análisis. La emergencia de las invocaciones expuestas por
las enfermedades orgánicas y el aura de sufrimiento que
las acompaña exigen el entendimiento, por parte del
analista, de las configuraciones singulares en la interco-
nexión con la sintomatología enredada en el socius. En él,
los sujetos se ejercitan en intentos, muchas veces poco con-
vincentes, de establecer lazos sociales, intentando construir
espacios de vida, aunque inmersos en la lógica de la de-
pendencia del sufrimiento, entendido como lo malo que se
apodera del cuerpo.
El análisis de Foucault (1966), en Las palabras y las
cosas, de la episteme moderna como base de sustentación
y espacio de las condiciones de posibilidad de la biología,
de la economía y de la filología – conocimientos empíricos
caracterizados como “regiones epistemológicas" – se des-
taca en relación a lo que no se enmarca en los análisis de la
objetividad que transforma a los seres humanos en sujetos
históricos. Como parte no globalizable por esas prácticas,
el saber inconsciente se constituye como lugar en donde se
plantean los límites de la representación (Nietzsche, Marx y
Freud) por la consideración de las experiencias de la finitud
y de la inminencia de subjetividad. En ese sentido, vale re-
cordar el reconocimiento de Ferenczi (1926) al escribir que
“se hizo necesario esperar el advenimiento del método psi-
coanalítico introducido por Freud para que se pudiera expli-
car, hasta una profundidad antes insospechada, la vida
pulsional donde el cuerpo y el psiquismo no dejan de
influenciarse mutuamente" (1926, p.381).
La consideración de lo extraño, de lo extravagante e
incluso de lo grotesco en el concepto de vida se da por
medio de la posibilidad de pensar la vida por la experien-
cia de la finitud como dadora de sentido. Abordar las vici-
situdes de las modalidades posibles de construcción subje-
tiva en el espacio clínico constituye tarea ética. Mejor di-
cho, ¡todo proceso de análisis debería serlo!
Referencias
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