Terapia psicológica
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
sochpscl@entelchile.net
ISSN (Versión impresa): 0716-6184
CHILE
2004
Francisco Ibaceta Watson
HOMBRES QUE EJERCEN VIOLENCIA EN LA PAREJA: REFLEXIONES DE UNA
EXPERIENCIA DE ATENCIÓN INDIVIDUAL
Terapia psicológica,
noviembre, año/vol. 22, número 002
Sociedad Chilena de Psicología Clínica
Santiago, Chile
pp. 157-164
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Universidad Autónoma del Estado de México
http://redalyc.uaemex.mx
Copyright 2004 by Sociedad Chilena de Psicología Clínica
ISSN 0716-6184
Introducción
En Chile, la violencia hacia a la mujer al interior de la
pareja se ha visibilizado y constituido en un problema de
salud pública de gran magnitud y relevancia. La última
investigación sobre prevalencia encargada por el Servicio
Nacional de la Mujer (SERNAM) concluye que, en la Re-
gión Metropolitana, aproximadamente un 50% de las mu-
jeres ha vivido alguna vez algún tipo de violencia en su
relación de pareja (SERNAM, 2002).
Desde diversos sectores del Estado se han desarrollado
políticas públicas, promulgado leyes e implementado accio-
nes y programas específicos tanto en el ámbito de la preven-
ción como en el de detección, diagnóstico y tratamiento del
problema. En particular, la violencia doméstica
2
fue inicial-
mente abordada desde el diseño y ejecución de proyectos de
atención a las mujeres víctimas de violencia por parte de sus
parejas. Paulatinamente y de manera paralela, diversas insti-
tuciones han abierto y desarrollado líneas de atención desti-
nadas a los hombres que ejercen violencia contra sus parejas.
Hombres que ejercen violencia en la pareja: reflexiones de
una experiencia de atención individual
Men who exert violence on their couples: Reflexions about an experience
of personal assistance
Francisco Ibaceta Watson
1
Centro de Terapia del Comportamiento
Instituto Neuropsiquiátrico, Santiago, Chile
(Rec: 19 - julio - 2004 Acep: 29 - octubre - 2004)
La violencia masculina hacia la mujer al interior de la pareja se ha transformado en un problema social de gran enverga-
dura. Diversas instituciones han desarrollado programas de atención destinados a la atención de hombres que ejercen
violencia contra sus parejas. El presente trabajo revisa brevemente el estado actual de la comprensión de la violencia
contra la pareja y la investigación sobre los resultados de los tratamientos. Se expone de manera sistematizada una expe-
riencia de trabajo individual analizando el ciclo de atención. Finalmente, como manera de ejemplificar, se describe el
proceso inicial de atención de una persona que consulta por violencia contra su pareja.
Palabras claves: violencia, pareja, hombre, tratamiento.
Male violence to the woman in the interior of the couple has become a social problem of big scale. Different institutions
have developed programs of attendance related to men who exercise violence to their couple. This work briefly checks the
actual position of the understanding of the violence to the couple and the search on the results of the treatments. It is
exposed in a systematic way, analyzing the cycle of help to this problem. Finally, as an example, the initial stage is
described of a person who has been assisted to avoid violence on his couple.
Key words: violence, couple, man, treatment.
El año 2001 el Servicio Nacional de la Mujer
(SERNAM) comienza a ejecutar los denominados Cen-
tros de Atención Integral y Prevención de la Violencia
Intrafamiliar, instancias formadas por equipos
interdisciplinarios (abogados, psicólogos, asistentes socia-
les) que brindan atención especializada a quienes viven
situaciones de violencia intrafamiliar, a la vez que desa-
rrollan estrategias de prevención del problema.
El presente trabajo entrega una descripción de la expe-
riencia de trabajo en atención individual con hombres que
ejercen violencia hacia su pareja. Esta experiencia se llevó
a cabo en el período 2001 - 2003 en el Centro de Atención
y Prevención de Violencia Intrafamiliar Mesón de Belén,
dependiente del SERNAM y ubicado en la zona norte de
Santiago de Chile.
En primer lugar, y con el fin de dar un contexto general
al trabajo, se describe el estado actual de la investigación
en relación con el tema. Posteriormente, se entrega la sis-
tematización del proceso de atención que se llevó a cabo.
Finalmente, a modo de ejemplificar, se describe el proceso
de atención inicial seguido con un hombre que consulta en
el Centro en donde se llevó a cabo este trabajo.
El estado actual del conocimiento: ¿qué es lo que
hoy sabemos acerca de la comprensión y del tratamien-
to psicoterapéutico de los hombres que ejercen violen-
cia contra sus parejas.
1
Psicólogo de la Universidad de Chile. Correspondencia: Luis Tyer Ojeda
0180, of. 1006, Providencia, Santiago. Email:
Ibaceta@yahoo.com
2
Se entiende por violencia doméstica aquellas agresiones en contra de las
mujeres de carácter físicos, psicológicos, sexual y económicos, que son
ejercidas por una persona con quien la mujer tiene o ha tenido una relación
afectiva de pareja (Díaz, Fernández & Valdebenito, 2002). Este trabajo se
refiere específicamente a este tipo de violencia, la cual puede entenderse
como una de las manifestaciones de la violencia dentro de la familia.
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Existe consenso en que la comprensión y tratamiento
de la violencia masculina al interior de la pareja requiere
una mirada ecológica. Una perspectiva ecológica implica
la observación y análisis de un fenómeno considerando los
distintos sistemas en que éste se desarrolla, de manera de
englobar en ella distintos marcos explicativos, cada uno
válido por sí mismo, pero que de manera conjunta proveen
una explicación integral y flexible de aquello que se busca
comprender.
Corsi (1995) señala que la violencia masculina hacia
la pareja puede ser entendida por la interacción recíproca
de aspectos individuales, del microsistema (nivel de las
relaciones familiares), del exosistema (nivel de las insti-
tuciones en las que participan las personas) y del
macrosistema (nivel de los valores y las creencias
socioculturales predominantes).
En relación con el macrosistema, se ha establecido
que la violencia hacia la pareja es una forma de abuso
de poder que estaría legitimada por poderosas creencias
culturales acerca de la superioridad del hombre sobre la
mujer y de la validación de formas violentas de resolu-
ción de los conflictos.
Este tipo de organización social estaría basado en una
cultura patriarcal que estructuraría relaciones desiguales en
el ámbito de la pareja y de autoridad en el marco de la
interacción parentofilial. Según Cantera (2002) el
patriarcado es un determinado modelo de pensar, organi-
zar y desarrollar las relaciones familiares en el que predo-
minan la estructura vertical, la jerarquía, la autoridad, la
disciplina, la represión y el castigo y una precisa división
de los roles sociofamiliares. Estas creencias devienen en
una temprana y estereotipada socialización de género, en
relación con una definición rígida de los roles femenino y
masculino. La violencia surgiría como un recurso de fuer-
za destinado a mantener la desigualdad, en donde habría
un sujeto que tiene el derecho y el deber de ejercerla y un
objeto sobre el que recae la violencia.
Con relación al exosistema, se ha señalado que las ins-
tituciones sociales (laborales, educacionales, medios de co-
municación) en la que participan cotidianamente las per-
sonas operan como instancias que socializan y refuerzan
las creencias antes descritas. Tales instituciones pueden
legitimar y reproducir en su propio funcionamiento un
modelo de relación desigual, a la vez que proporcionan
modelos de comportamiento que refuerzan los roles de
género en los que hombres y mujeres son socializados tra-
dicional y diferenciadamente.
A nivel del microsistema se ha constatado que la fami-
lia es el espacio primario en donde puede reproducirse la
ideología patriarcal. La familia mediatiza el aprendizaje
de lo masculino y femenino de acuerdo con las expectati-
vas socioculturales, preparando a sus miembros para la vida
social. Un aspecto central de este proceso son las experien-
cias infantiles de violencia al interior de la familia. El pro-
ceso de transmisión multigeneracional de la violencia alu-
de a la probable reproducción en la vida adulta de compor-
tamiento violentos interiorizados en la niñez como medios
para resolver conflictos al interior de la familia.
Dentro de este contexto microsistémico, Corsi (1994)
conceptualiza un subsistema individual, en donde distin-
gue aspectos comportamentales, cognitivos, psicodinámicos
e interaccionales que caracterizarían al hombre que ejerce
violencia hacia la pareja.
En el ámbito de lo cognitivo se ha descrito en estos
hombres características de justificación, minimización y
negación de la violencia, a la vez que externalizan la res-
ponsabilidad del ejercicio de ésta típicamente al compor-
tamiento de la mujer, al consumo de alcohol o al estrés
laboral. Se refiere que presentarían rigidez cognitiva so-
bre todo en lo relacionado con la internalización del mo-
delo masculino, lo cual les dificulta la reflexión sobre sí
mismos y la posibilidad de flexibilizar su repertorio
conductual hacia sus parejas.
En relación con la dimensión emocional se ha des-
crito baja autoestima, dependencia emocional (miedo a
ser abandonado) y restricción en la expresión de emo-
ciones. En estos hombres existiría un déficit para comu-
nicarse asertivamente, de manera que los afectos y las
emociones disonantes hacia la pareja se van enmasca-
rando y acumulando en tensión que se desborda a través
de episodios violentos.
En términos de su comportamiento, se señala que pre-
sentarían una disociación entre la imagen pública y la pri-
vada y un pobre control de impulsos, aspecto que puede
derivar en consumo problemático de drogas y alcohol.
En el aspecto interaccional se los describe con fuerte
aislamiento social, lo cual se correlaciona directamente
con el ejercicio de numerosas maniobras de control para
limitar la autonomía de la pareja y que devienen de su
miedo a ser abandonados. De esto surgirían celos exa-
gerados, los cuales en su grado más patológico constitu-
yen uno de los indicadores más significativos para de-
terminar riesgo de comportamientos homicidas hacia la
pareja (Adams, 1988, en Villela, 1996).
En los últimos años la investigación ha ampliado más
su mirada hacia la caracterización psicológica de los hom-
bres que ejercen violencia contra sus parejas y hacia el es-
tudio de cómo llega a configurarse dicha conducta desde el
desarrollo temprano. Se sostiene que la socialización de
género no explica por sí sola el ejercicio de conductas de
malos tratos en el espacio doméstico, ya que ésta se inscri-
be en un psiquismo determinado que debe comprenderse
en su particularidad histórica (Dutton & Golant, 1997;
López, 2001). Una perspectiva individual conecta el com-
portamiento violento actual con el aprendizaje de meca-
nismos de adaptación frente a situaciones traumáticas (por
ejemplo, ser testigo de la violencia entre los padres), los
cuales van configurando la personalidad. Parte del esfuer-
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zo actual, en este ámbito, está destinado a definir perfiles,
de manera de est ablecer planes de tratamiento específi-
cos a cada caso.
Por último, la investigación actual ligada a la
psicobiología y las neurociencias ha vinculado la génesis
del comportamiento violento con modelos explicativos
neurobiológicos y neuroquímicos (por ejemplo, disminución
de los niveles de serotonina), señalando que experiencias
tempranas de malos tratos disminuyen los umbrales biológi-
cos de la violencia. Es decir, las conductas violentas refleja-
rían estados fisiológicos inducidos y reforzados por agentes
ambientales estresantes (Gil-Verona et al, 2002).
En relación con el tratamiento, Corsi (1995) refiere que
las personas tratadas en contextos privados tienen menores
resultados en el control de la conducta violenta. Por otra
parte, indica que las personas tratadas individualmente en
contextos públicos muestran mayor control de la conducta
violenta, pero también índices de deserción más temprana,
con lo que los logros obtenidos suelen no perdurar. Señala
que la elección de tratamiento debiera ser prioritariamente
grupal e institucional, con un modelo teórico-técnico espe-
cífico al problema que se pretende enfrentar.
En conjunto con lo anterior y debido al énfasis en la
socialización de genero como enfoque explicativo, se han
llevado a cabo principalmente acercamientos terapéuticos
grupales, los cuales tienen más bien un fuerte componente
psicoeducativo destinado a detener la conducta violenta.
De hecho, el tratamiento grupal, ya sea de modalidad
psicoeducativa o psicoterapéutica, sería el abordaje más
utilizado (Villela, 1996).
Por otra parte, los acercamientos terapéuticos indivi-
duales siguen principalmente una línea cognitivo-
conductual, la cual enfatiza el logro del mismo objetivo:
detener la violencia.
La investigación sobre resultados de los tratamientos
indicaría un alto número de deserciones, una tasa impor-
tante de recaída y un éxito relativo de las intervenciones,
esto es, se lograría disminuir la violencia física, pero per-
sistirían e incluso aumentarían otros tipos de violencia.
En la actualidad, parece haber pleno consenso en que
el tratamiento psicológico de los hombres que ejercen vio-
lencia en la pareja es necesario aunque no suficiente, por
cuanto debe complementarse junto con otras medidas de
carácter judicial y social.
Echeburúa, Fernández, Montalvo & De la Cuesta (2001)
sostienen que existen al menos cuatro razones que justifi-
carían la intervención psicoterapéutica con hombres que
ejercen violencia hacia sus parejas:
1) Se ha establecido que al menos un tercio de las
mujeres buscan ayuda psicológica y/o que interponen una
denuncia siguen conviviendo con la pareja que las agrede.
Por tanto, tratar sólo a la víctima y prescindir de la ayuda a
quien agrede resulta insuficiente. Ambas medidas son ne-
cesarias. Además, tratar a quien agrede puede ser una for-
ma de impedir que la violencia se extienda hacia otros
miembros de la familia, lo cual según estos autores ocurri-
ría al menos en un 40% de los casos.
2) Se puede considerar el ejercicio de la violencia como
una conducta aprendida y de carácter crónico, por cuanto
está consolidada en el repertorio conductual de quien la
ejerce. De esta manera, es altamente probable que la per-
sona tienda a repetirla en nuevas relaciones de pareja. Tam-
bién existen casos en que, a pesar de la separación de la
pareja, la violencia continúa en una modalidad diferente
(acoso, hostigamiento), siendo el extremo de esto el homi-
cidio de la mujer. Por otra parte, diversos vínculos (fami-
liares, económicos, sociales) hacen que haya una relación
obligada (por ejemplo, contacto con los hijos), donde exis-
te la posibilidad de que la violencia se reitere.
3) Tal como se explicitó anteriormente, diversos trata-
mientos han mostrado resultados aceptables. Si bien el nivel
de eficacia aún no es muy alto, se ha conseguido reducir os-
tensiblemente la violencia, lo cual justifica de por sí la inver-
sión en el tratamiento de hombres que ejercen violencia.
4) Desde una óptica preventiva, en la medida en que
disminuya el ejercicio de la violencia en la familia, se inte-
rrumpe el proceso de transmisión multigeneracional de la
misma, aspecto que se señala constantemente como factor
de riesgo a la base de la violencia.
Descripción y reflexiones de la
experiencia de atención
El proceso de atención
La experiencia de trabajo se organizó en torno a tres
momentos, los cuales fueron estructurados de acuerdo
con la práctica del Centro de Atención y Prevención en
Intrafamiliar de Santiago (Martínez et al, 1997; Lizana,
en Vilches, 2000), una de las entidades pionera en el
trabajo interdisciplinario en violencia intrafamiliar y
la primera que desarrolló una línea de atención de hom-
bres en Chile.
Ingreso
Con esto nos referimos a una o dos sesiones en las cua-
les psicólogo y consultante despliegan sus posiciones sub-
jetivas en el espacio clínico. El “consultante" relata deta-
lladamente las razones de su asistencia al centro, a la vez
que el psicólogo explicita de la manera más concreta y es-
pecífica posible su rol en ese espacio y centro particular.
Esta etapa está destinada a distinguir la demanda de
quien consulta y analizar la posibilidad de iniciar algún
proceso, ya sea de evaluación o tratamiento. La mayoría
de los hombres acuden a estas sesiones, que finalizan con
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un acuerdo explícito acerca del marco que guiará las con-
versaciones posteriores en caso de que se decida tenerlas
(por ejemplo, compromiso de detener la violencia para se-
guir con el tratamiento, prescripción que se utiliza con
mucho éxito cuando se aprecia un grado de motivación su-
ficiente para proseguir la siguiente etapa del tratamiento). Si
el ingreso determina que no hay posibilidad de continuar, se
evalúan medidas que puedan detener la violencia indepen-
dientemente de seguir manteniendo contacto con el hombre
agresor. El documento de trabajo base de esta etapa debe ser
la ficha de ingreso, que sintetiza toda la información rele-
vante para enfrentar cada uno de los casos.
Ahora bien, en esta primera etapa ¿qué se le presenta al
terapeuta cuando se enfrenta a una persona que consulta por-
que ha presentado conductas de violencia hacia su pareja.
Lo primero es señalar que este encuentro inicial puede
ocurrir básicamente en cualquiera de las siguientes formas:
1. La persona “consulta" obligada por un requerimiento
judicial. La situación más típica aquí es la de estar “conde-
nado a terapia", es decir, la persona ha sido encontrada res-
ponsable de actos de violencia intrafamiliar, razón por la
cual ha sido sentenciada a asistir por un período determi-
nado (no superior a seis meses generalmente) a un progra-
ma de asistencia terapéutica. Aquí, la motivación inicial
casi no existe, de manera que se inicia un proceso
conversacional destinado a construir algún objetivo que sea
útil, aun cuando siempre relacionado al tema que origina la
“consulta", es decir, la violencia hacia la pareja.
Una variante de esta misma situación se refiere a aquellos
hombres que vienen derivados del juzgado, porque éste de-
creta su asistencia a evaluación como una medida para mejor
resolver en un proceso seguido por violencia intrafamiliar o
como resultado de un acuerdo entre las partes.
2. La persona consulta por indicación o consejo de un
tercero, generalmente la pareja, algún miembro de la fami-
lia nuclear o incluso por señalamiento de algún operador
que está trabajando con la familia. La motivación aquí es
incierta, aun cuando generalmente responde a una alerta
acerca del futuro de la relación de pareja, siendo el ejem-
plo más típico la amenaza de ruptura o denuncia judicial
en caso de que no exista un cese de la acción violenta.
3. La persona consulta espontáneamente, es decir, se-
ñala explícitamente que desea cesar su conducta de violen-
cia hacia su pareja. Generalmente el movimiento de con-
sulta está determinado por algún episodio que ha puesto en
evidencia el dolor o sufrimiento de los miembros de la pa-
reja y el temor al término de la relación. Aquí la motiva-
ción generalmente existe y no es raro que sea la pareja mis-
ma la que se presente solicitando ayuda. Sin embargo, el
porcentaje de consulta de este tipo es considerablemente
inferior al de las dos situaciones señaladas anteriormente.
La experiencia muestra que este primer contacto se debe
intentar sostener a la brevedad, puesto que si la crisis que
ha originado la consulta tiene una respuesta de acogida
inmediata, se amplían las posibilidades de lograr la remi-
sión de la conducta violenta.
Al finalizar la etapa del ingreso, el terapeuta debe te-
ner una idea acabada acerca de aquello que ha motivado
la consulta, de manera de “ofrecer" alternativas de conti-
nuidad de la atención. Independientemente de esto, es en
el ingreso en donde se funda la relación, debiendo poner
particular énfasis en generar una relación de colabora-
ción en torno a objetivos comunes y en torno a los me-
dios para alcanzar dichos objetivos.
En esta etapa el terapeuta ya debe asumir una posición
firme respecto de la no aceptación de la conducta de vio-
lencia y de la importancia de controlarla antes de intentar
comprender lo que la persona trae. Es decir, la terapia no
puede ocurrir al margen de la ley. De esta manera, el tera-
peuta mantiene el control y la maniobrabilidad del proceso
colocando un claro límite, lo cual se transforma en su en-
cuadre principal de trabajo: “la condición fundamental del
tratamiento es que la violencia cese; si esto no ocurre, en-
tonces es necesario que las regulaciones sociales (legales)
se encarguen primero de aquello".
Así, la función del terapeuta en el ingreso es doble: por
una parte debe contener y aceptar la concepción que el otro
tiene de sí mismo, de su relación y de lo que lo trae, y por
otra debe confrontar los mecanismos de negación,
minimización y justificación respecto de la violencia ejer-
cida. Se debe cuidar el no confrontar inmediatamente, pues
esto aumenta la defensividad del otro y con ello dificulta el
acceso a la intimidad y al desarrollo de un vínculo de tra-
bajo útil.
Debido a que un porcentaje considerable de la deman-
da de atención proviene de juzgados, lo cual implícitamen-
te supone obligatoriedad de la asistencia, generalmente se
termina acordando un período de evaluación (usualmente
no superior a tres sesiones) que permita informar al juzga-
do, a fin de que el juez tenga más elementos para decidir
respecto de la causa.
Evaluación
Una vez que en el ingreso se ha decidido seguir traba-
jando, se procede a realizar una evaluación amplia acerca
de las variables que intervienen en la situación de violen-
cia. Esta etapa cumple básicamente dos objetivos: por una
parte, entregar un diagnóstico acabado de la situación, de
manera que de éste emane un plan de tratamiento
individualizado y, por otra parte, para los casos que vienen
derivados del juzgado, obtener la información necesaria
que permita satisfacer la petición realizada desde dicha ins-
tancia. Para las persones derivadas judicialmente la obli-
gatoriedad de la asistencia, enmarcada desde el momento
del ingreso, se utiliza como una oportunidad para intentar
establecer un vínculo que pueda transformarse en influen-
cia terapéutica destinada al cambio.
HOMBRES QUE EJERCEN VIOLENCIA EN LA PAREJA: REFLEXIONES DE UNA EXPERIENCIA...
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Como fuente de información fundamental se estable-
ció una entrevista con la pareja en caso de que dicho vín-
culo se mantuviera. Esta entrevista, generalmente bien acep-
tada por ambas partes, permite triangular la información
entregada por el hombre, a la vez que acceder al “otro pun-
to de vista", de manera de obtener una doble descripción
de una situación relacional.
Ahora bien, para quien evalúa situaciones de violencia
en la pareja ¿quién es esta persona que consulta. Lo cierto
es que pueden establecerse ciertas recurrencias clínicas con
el fin de describir el fenómeno clínico en cuestión
3
.
Un importante grupo de estos hombres presenta una
gran dependencia emocional respecto de sus mujeres, ra-
zón por la cual despliegan una serie de conductas desti-
nadas a controlar todas las acciones de su pareja. El gra-
do extremo en estos casos es el desarrollo de una celotipia:
el hombre está constantemente girando de manera obse-
siva en torno a una idea casi delirante de engaño. Aquí la
violencia surge de la impotencia, emerge del sufrimiento
de no poder comunicar al otro lo que siente (el temor al
abandono, a quedar fuera), de manera tal que el acto vio-
lento nace de la ausencia de lenguaje, se sigue intentando
controlar ahora a través del descontrol. Las parejas de este
tipo de hombres los describen generalmente de la misma
forma: es una persona fuera del hogar y una completa-
mente distinta dentro de la casa. La investigación sobre
violencia masculina en la pareja ha denominado a estos
grupo de hombres como dependientes (Saunders, 1992),
hipercontrolado (Dutton & Golant, 1997) y “pitbull"
(Jacobson & Gottman, 2001).
Este tipo de persona que consulta está conectada a
otra en su relación de pareja, e intenta fusionarse de
manera tal que el otro (la mujer) no logre percibirse como
un legítimo otro en la convivencia, no reconociéndosele
necesidades y motivaciones propias, es decir, un Yo. La
pareja es considerada un objeto al servicio de la satis-
facción de las necesidades biológicas de amor y sexua-
lidad. La frustración de esta satisfacción deviene en agre-
sión hacia el objeto.
Este extremo deseo de juntidad comienza a
contrabalancearse con una necesidad de individualidad de
la mujer, la que se intenta aplacar a través del control, de la
persecución emocional y finalmente de la reactividad extre-
ma de la violencia. Paulatinamente, este proceso circular se
hace repetitivo, predecible y en escalada, siendo las pausas
de este proceso cada vez más breves. La ansiedad se movili-
za nuevamente con mayor intensidad y ya no basta con la
descarga sino que se empieza a involucrar a terceros (hijos,
familiares, vecinos, policía, juzgados, operadores
psicosociales, terapeutas, etc.), los cuales se organizan
alternadamente en torno a la díada para comenzar a regular-
la a través de diversos mecanismos: sintomatología impor-
tante en uno de los hijos, una intervención judicial
4
, una psi-
coterapia individual de larga duración, etc.
Existe otro grupo importante de hombres donde la agre-
sividad es generalizada y adquiere un carácter prácticamen-
te antisocial. A diferencia del grupo anterior, éstos no acep-
tan ningún tipo de control sobre ellos. Presentan una mayor
tendencia al abuso de drogas y alcohol y parecen de peor
pronóstico para la terapia psicológica. De manera algo para-
dójica, en este grupo de hombres se han encontrado meno-
res tasas de separación de la pareja (Jacobson & Gottman,
2001), lo cual se deba probablemente al justificado temor de
las parejas a agresiones aún mayores, incluso fatales, en caso
de concretarse la separación. En la literatura sobre hombres
que ejercen violencia hacia sus parejas se denomina a este
grupo de hombres como psicopáticos (Dutton & Golant,
1997) y cobra (Jacobson & Gottman, 2001).
Finalmente, existiría un tercer grupo de hombres don-
de la violencia puede vislumbrarse como secundaria a al-
gún problema de salud mental. Los trastornos de perso-
nalidad, las adicciones y los trastornos del control de im-
pulsos, por mencionar algunos, pueden estar a la base de
situaciones de violencia en la familia. Dutton & Golant
(1997) señalan que existiría un grupo de hombres cuyas
características se correlacionan directamente con el tras-
torno de personalidad borderline. Fundamental resulta,
entonces, que el evaluador esté entrenado en
psicopatología, de manera que pueda indicar el tratamiento
que corresponda si concluye que la violencia se debe a
patología de salud mental.
La evaluación toma alrededor de tres sesiones y finali-
za con una sesión de devolución en donde se entrega una
indicación, es decir, una decisión de cómo continuar o no
el proceso. En tal sentido, se establecieron principalmente
las siguientes indicaciones:
1. Continuidad de la terapia individual.
2. Derivación complementaria (Martínez et al, 1997;
Lizana, en Vilches, 2000), esto es, un tratamiento paralelo,
que generalmente se refiere a situaciones de abuso o depen-
dencia a drogas o alcohol o de apoyo psicofarmacológico.
3. No continuidad del tratamiento, en consideración
al no cumplimiento de las condiciones mínimas para lle-
varlo a cabo.
Si el terapeuta ha podido encuadrar el proceso y mante-
nido la maniobrabilidad y control del mismo, podrá en-
tonces consolidar la construcción del vínculo y de la alian-
3
Importa destacar que esta descripción es simple y acotada y en ningún
caso exhaustiva, y solo corresponde a una de las tantas, pero habitua-
les formas de presentación de este tipo de casos.
4
El clásico ejemplo es la medida precautoria solicitada al juzgado civil
con el fin de que el agresor salga del hogar común. Si bien en un nú-
mero importante de situaciones es la única manera de lograr la protec-
ción de la mujer, en otros corresponde más bien a un deseo de los
profesionales intervinientes movilizado por la propia ansiedad más que
por el deseo propio de la mujer. En esos casos, la medida aumenta la
distancia física pero no la proximidad emocional, razón por la cual es
habitual que la pareja vuelva a estar junta e inmersa en un conflicto
mayor que aquel por el cual consultó inicialmente.
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IBACETA
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za de trabajo y podrá, idealmente para cualquiera de las
situaciones iniciales y perfiles presentados, construir un
problema y una meta (algo útil, lo mínimo pero suficien-
temente diferente para denominarlo como cambio y/o ali-
vio del sufrimiento), que guíen el proceso de conversa-
ción terapéutica.
Terapia
Un primer momento de esta etapa está dedicado exclu-
sivamente al control de la conducta violenta. En tal senti-
do, se utilizan una serie de técnicas destinadas al logro de
este objetivo (Villela, 1996):
• Check in. Se trata de reconocer aquello que hace in-
minente la emergencia de la agresividad. La persona debe
identificar indicadores conductuales, emocionales y fisio-
lógicos que le señalan que se gatillará la conducta agresi-
va. La identificación de estos indicadores permite detener
a tiempo la expresión agresiva.
• Time out. Se invita a la persona a salirse, cada vez
que sea necesario, de la situación que podría gatillar vio-
lencia. Es fundamental en esto hacer participar a la pare-
ja, al menos informándole que se puede acceder a esta
acción cada vez que sea necesario. El mensaje implícito
es “todos nos podemos controlar", lo cual le entrega un
carácter de voluntariedad a la conducta agresiva, de ma-
nera que recae en el hombre la responsabilidad de ejercer
control respecto de su conducta.
• Prescripción de ausencia de violencia para la conti-
nuidad del tratamiento. Si durante el proceso de ingreso y
evaluación, psicoterapeuta y consultante han logrado acor-
dar un objetivo sentido para el segundo, debe condicionar-
se la ayuda a la ausencia total de episodios de violencia. El
encuadre es que si la persona no logra controlar su conduc-
ta, el terapeuta no puede hacerse cómplice de aquello, y
deben ser las instancias sociales y legales las que contribu-
yan a asegurar dicha condición. En nuestra experiencia, la
mayoría de los hombres motivados a tratamiento acepta
esta condición y la cumple.
Una vez controlada la violencia, la terapia debe avan-
zar hacia otros aspectos significativos, siendo quizás los
de mayor importancia:
• Invitar a una exploración y flexibilización de la socia-
lización de género, por cuanto muchas pautas de abuso y
de control hacia a la pareja se encuentran arraigadas en
creencias rígidas respecto de lo que es ser hombre y mujer
en una relación, y
• Explorar aquellos elementos actuales y de la histo-
ria personal que entregan un contexto de entendimiento
de las conductas presentes, de manera de ampliar el re-
pertorio emocional y conductual desde donde hacer fren-
te a dicha historia.
Sin duda que, logrado estos aspectos, el otro comienza a
desplegarse y a entregar contenido. Si el terapeuta logra leer
el proceso de la violencia doméstica desde una perspectiva
sistémica (como se la ha intentado describir anteriormente)
y multigeneracional
5
, se invita a la persona a la construc-
ción de su diagrama familiar, es decir, a la conexión de sus
pautas (emocionales, conductuales) actuales con relaciones
y emociones ocurridas en su sistema familiar de origen.
Por otra parte, Bowen (1992, citado en Ibaceta, 2003)
advierte que el terapeuta puede y debe estar atento al trián-
gulo del cual pasa a formar parte (hombre - mujer - tera-
peuta), es decir, que como parte del mismo puede vivenciar
todos aquellos procesos inherentes a la formación y acti-
vación de los triángulos. De hecho, la consulta puede verse
ya como un movimiento de triangulación, en tanto alguno
de los miembros de la pareja introduce un tercero con el
fin de estabilizar la relación, quedando la ansiedad acerca
de la relación, como sucede a menudo en los casos de vio-
lencia, en el terapeuta
6
.
De esta manera, el terapeuta debe continuamente
monitorear la posición que ocuparía en la estructura trian-
gular a la cual se lo invita, el proceso emocional que ocurre
en la interacción y la función que cumpliría el triángulo
terapéutico para los sistemas relacionales involucrados
(principalmente para la pareja). El terapeuta debe, ante todo,
evitar operar emocionalmente de manera reactiva, debe
establecer con quien lo consulta una relación de uno a uno,
con el fin de no confirmar al sistema en su repetición y
predictibilidad.
Presentación de un caso
A continuación se presenta un caso que completó el
proceso de atención ya descrito. Se entrega la información
obtenida en la sesión de ingreso, a la vez que se intercala el
análisis en relación con los aspectos revisados.
Luis tiene 47 años, trabaja como vendedor ambulante
en el centro de Santiago. Llega a consultar porque su mu-
jer (Carolina) se acaba de ir de la casa. Ella le habría dicho
que ya no podía seguir tolerando lo celoso y controlador
que es él. El último episodio consistió en que Luis encon-
tró a Carolina conversando con un vecino, dándose inme-
diatamente cuenta de que “entre ambos había una relación".
Como Carolina no pudo entregar “un argumento lógico"
para explicar la situación, Luis inició una “investigación"
en la casa: revisó la ropa de Carolina, interrogó a las hijas,
habló con los vecinos, etc. No es la primera vez que Caro-
lina se va, ya lo había hecho en situaciones similares, al
5
Interesante resulta consignar que la mayoría de los hombres que ejercen
violencia hacia sus parejas fueron testigos de violencia entre sus padres
o bien víctimas directas de malos tratos por parte de los mismos. Es
decir, se puede aludir a un proceso multigeneracional de transmisión de
la violencia.
6
Baste para estos efectos solo recordar el síndrome de agotamiento profe-
sional (Burnout), en donde la sintomatología (estrictamente la ansie-
dad) es prácticamente traspasada desde el sistema que consulta al siste-
ma que atiende.
HOMBRES QUE EJERCEN VIOLENCIA EN LA PAREJA: REFLEXIONES DE UNA EXPERIENCIA...
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menos unas 15 veces, quizás la única diferencia es que
ahora Luis ya no la golpea, debido a varias constancias y
denuncias judiciales que ella interpuso y que a Luis lo
han asustado.
En la presentación que hace Luis de su problema ya
hay aspectos interesantes: existe un marcado temor a que-
dar fuera y una importante reactividad emocional a aque-
llo (“no hay explicación lógica que lo calme"). La ansie-
dad que le genera esto la intenta manejar a través de exa-
cerbar la juntidad, a través del control, aspecto que su
pareja contrabalancea de vez en cuando con movimientos
hacia la individualidad. Ambos fracasan puesto que el con-
flicto permanece.
Luis viene porque quiere demostrar a su mujer que está
dispuesto a cambiar, que quiere dejar de ser tan celoso, con
el fin de que ella vuelva a casa. Es primera vez que asiste a
un psicólogo, antes siempre se había negado. De hecho, los
innumerables terapeutas que tuvo Carolina por diversos pro-
blemas (depresión, problemas psicosomáticos, etc.) siem-
pre lo llamaban, pero nunca asistía, lo cual terminaba inevi-
tablemente en la deserción por parte de ella de la terapia.
Es probable que Luis esté proponiendo un triangulo
más. Movilizado por la ansiedad ha reaccionado
automáticamente y ha buscado un tercero que le permita
“traer a su mujer de vuelta". Ya hay algunas claves: hay
que cuidar el contacto directo con ella para que él no ten-
ga temor de quedar fuera, ello incluye no aliarse con ella
en el lenguaje como víctima exclusiva, ya que eso amplifi-
caría la visión de que él tiene razón acerca de ella. A su
vez se debe fijar una posición acerca del encuadre de tra-
bajo: no hay terapia posible si hay violencia.
Luis y Carolina tienen tres hijas: Carmen (24, técnico
computacional), Paula (23, estudiante de enfermería) y Mar-
garita (17, estudiante secundaria). Se conocieron en el sur
de Chile, mientras él trabajaba en una mina de carbón mane-
jando explosivos. Al poco tiempo de casados, en un acci-
dente en su trabajo, Luis perdió tres dedos de una mano y la
otra le quedó fijada sin movilidad. Luis relata que en ese
momento se amplificó su temor a que su pareja lo engañara.
A partir de entonces, comenzó una espiral de violencia hacia
ella (cada vez que él interpretaba las conductas de ella como
dirigidas hacia un tercero) y una seguidilla de infidelidades
de él. Paulatinamente las hijas mayores se fueron aliando
con la madre y protegiendo a la hermana menor.
Luis relaciona un momento de estrés importante (la
pérdida de la funcionalidad de las manos) con la intensifi-
cación de su sintomatología obsesiva y la aparición de la
violencia (la reactividad emocional). Estamos frente a an-
siedad crónica, ya que Luis imagina que cada movimiento
de Carolina hacia el contacto con un otro traerá inexora-
blemente el abandono, reaccionado automáticamente
(cognitiva, emocional y conductualmente) con el fin de
evitarlo. Con esto obtenemos un indicador de su nivel de
diferenciación en su familia de origen, lo cual nos lleva a
la pregunta ¿donde se ancló esta ansiedad ante el abando-
no en el sistema familiar de origen de Luis. ¿Cómo fue
que él aprendió a reaccionar de esta manera frente a este
tipo de amenaza.
Luis es el cuarto de un total de 10 hermanos, todos va-
rones. Su madre se suicidó a los 28 años (Luis tenía solo
cinco años), luego que el padre de éste se enterara de que
ella aparentemente tenía otro hombre. Luis no está seguro
de esto; señala que su padre maltrataba a su madre siempre
por ese mismo tema, pero a él nada lo hace pensar que su
madre tenía otra pareja. Describe a su padre como alcohó-
lico, mujeriego, muy celoso y golpeador. Al parecer, cada
vez que su padre llegaba borracho golpeaba a los hijos y a
su pareja, la cual muchas veces intentaba irse sola (lo que
confirmaba la idea del padre acerca de que ella tenía otro),
intento que no prosperaba porque no tenía a quién acudir.
Luis dice que tiene muy pocos recuerdos de su madre. Des-
pués del suicidio de la madre vivió con su padre y su ma-
drastra, la cual también recibía malos tratos del padre. Luis
decidió “irse a vivir a la calle a los 12 años de edad".
El relato avanza y los triángulos se van configuran-
do con mayor claridad. En algún sentido, su padre lo
convenció que si su madre se iba era porque los abando-
naba por otro hombre, y su madre intentó irse tantas veces
que quizás eso acabara por ser posible (aunque se fue de
la única manera en que era posible: sola). Probablemen-
te esto se arraigó en su sistema de creencias de género,
si se considera que su madre era la única mujer en su
familia de origen. Aparece aquí con toda intensidad el
proceso de transmisión multigeneracional, esto es, la
repetición de pautas asociadas al ser mujeriego, al ejer-
cicio de la violencia, a los celos, etc.
Comentarios finales
Asistimos cada día más al aumento de las consultas y
de ofertas de tratamientos por situaciones de violencia al
interior de la familia y en particular hacia la pareja. El
tratamiento psicológico de los hombres que ejercen vio-
lencia es relativamente reciente y se hace necesario avan-
zar en la investigación y desarrollo de experiencias de
atención individual.
Existen razones concretas que justifican la inversión
en tratamientos con los hombres que ejercen violencia ha-
cia sus parejas. Los tratamientos se han mostrado efecti-
vos y resulta prioritario detener la violencia, con el fin de
actuar en protección del derecho a la vida, de evitar el
aumento de la morbilidad de salud mental de mujeres e
hijos principalmente, la transmisión multigeneracional de
la violencia e incluso aplacar los costos económicos y
sociales de la violencia.
Resulta crucial elaborar planes de tratamiento
individualizados, que recojan la particularidad de cada caso
que se presenta. Es claro que no basta con lograr que la
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violencia se detenga, es fundamental avanzar en un proce-
so terapéutico individual que incluya otras dimensiones de
manera de asegurar la continuidad de la ausencia de vio-
lencia en las relaciones. Sin duda que este trabajo debe
hacerse siempre de manera colaborativa y paralela con ac-
ciones de carácter judicial y social.
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