Revista Bitácora Urbano Territorial
Universidad Nacional de Colombia
bitacora_farbog@unal.edu.co
ISSN (Versión impresa): 0124-7913
COLOMBIA
2006
David Francisco Llamosa Escovar
LA PARADOJA DEL REGRESO
Revista Bitácora Urbano Territorial,
enero-diciembre, año/vol. 1, número 10
Universidad Nacional de Colombia
Bogotá, Colombia
pp. 115-122
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Universidad Autónoma del Estado de México
http://redalyc.uaemex.mx
115
Resumen
Este artículo aborda la temática del viaje o de
la travesía para estudiar de cerca los conflictos que
aparecen frente al desplazamiento: el viaje trae im-
plícito el regreso al lugar de partida, momento en el
que el viajero reconoce lo dejado, es decir, el pasado,
el olvido, la nostalgia, la ausencia y la memoria. En-
tre otros, estos serán los temas que se acometerán
desde una perspectiva literaria y filosófica para dar
paso a reflexiones de tipo arquitectónico y urbano,
cuyas asociaciones se explican en términos de tiempo
y espacio.
Palabras clave
Viaje, regreso, espacio, memoria.
La paradoja
del
reg
reso
David Francisco Llamosa Escovar
Abstract
This article explains the travel or the journey as a
way to study the different problems that appear with the
exodus: the journey means the return to the departure
place, moment in which the traveller recognise all that he
leaves, which means the past, the oblivion, the nostalgia,
the absence and the memory. Among the others, these
will be the subjects that the author will take in place from
a literary and philosophical perspective, to go down to
reflections on architectonic and urban matter, associate
with time and space.
Key words
Journey, exodus, space, memory.
Recibido: agosto 30 de 2006
Aprobado: septiembre 30 de 2006
10 (1) 2006: 115 - 122
The Paradox of the return
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Tal vez a todos nos sucede. Motivados por el instinto y una natural curiosidad,
queremos volver a la casa y a la calle donde alguna vez transcurrió nuestra infancia.
Pero al volver, para sorpresa nuestra y de los allí presentes, nos topamos con situa-
ciones, objetos y espacios, que al parecer solo habitaban nuestra mente. Un lugar
enteramente transformado, vejado quizá y con extraños olores, lo evidenciará. Es in-
evitable que cifremos todos nuestros sueños en el regreso; en su excitante posibilidad
se fundamenta quizá una de las dimensiones más misteriosas del espíritu del hombre.
Antes que nada, habría que considerar que evidentemente las afecciones de Ulises por
Itaca, estuvieron precedidas por la emoción de la partida. No hay regreso posible, sin
un alejamiento, sin un viaje de ida. O sea, que es tan consustancial al espíritu la par-
tida, la exploración, como su contrario: el retorno. El poeta, antes que cualquier otro
pensador, lo ha comprendido y expresado mejor con su natural clarividencia:
“...Un hermoso viaje te dio Itaca. Sin ella
el camino no hubieras emprendido.
Mas, ninguna otra cosa puede darte" (Cavafis, 1973: “Itaca").
En lo profundo del ser, tal vez el regreso plantea un re-conocimiento, una re-
conciliación del hombre con su propia naturaleza, pero a la vez posibilita el conoci-
miento de otra: la de los lugares. La expectativa del regreso está animada por los re-
cuerdos, la constatación de los cambios y las aniquilaciones; pero la impele, también,
el redescubrimiento de territorios que han habitado la memoria, pero que se intuyen
en cierto modo incógnitos:
“ Y aunque se tratara del pasado, era un pasado que cambiaba a medida que avan-
zaba en su viaje, porque el pasado del viajero cambia según el itinerario cumplido,
no digamos el pasado próximo al que cada día que pasa añade un día, sino el
pasado más remoto. Al llegar a cada nueva ciudad, el viajero encuentra un pasado
suyo que ya no sabía que tenía: la extrañeza de lo que no eres o no posees más te
espera al paso de los lugares extraños y no poseídos" (Calvino, 1984).
La secreta fascinación del retorno, de la revisita, está significada en el poder asir
el tiempo relacionado con el ser del lugar y la temporalidad del ser del hombre, en
el fenómeno de la autoconciencia. Tal vez esta no sería otra cosa que el resultado del
contraste, del relativismo evidente, entre las cronologías del lugar y la temporalidad
“Los lugares son más fuertes que las personas".
A
ldo
R
ossi
, A
utobiogrAfíA
científicA
“No dejaremos de explorar y el fin de todas las exploraciones
es llegar al punto de partida,
para conocer este lugar por primera vez".
T. s. E
llioT
“De muchos hombres vió las ciudades y conoció los pensamientos".
Homero. Odisea
“Una es la ciudad a la que se llega la primera vez,
otra la que se deja para no volver".
i
TAlo
C
Alvino
. L
As
ciudAdes
invisibLes
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inherente a la existencia. El regreso reiterado nos permite, entonces, saber quiénes
somos. El ser del hombre, posee un movimiento, una dinámica de cambio intrínseca,
que se hace explícita en su relación con los lugares; el ser de los lugares, a su vez, pue-
de crecer conjuntamente con el nuestro y manifestarse como un espacio existencial,
como un espacio que hacemos idéntico y que claramente nos revela. Tal vez en “El
tiempo recobrado" de Marcel Proust veríamos cómo convergen el lugar, la memoria,
la conciencia y en el acto del regreso, una restauración espiritual:
“…era Venecia, de la que nada me habían dicho nunca mis esfuerzos por des-
cribirla y las supuestas instantáneas tomadas por mi memoria, y ahora me la
devolvía la sensación experimentada tiempo atrás en dos losas desiguales del
baptisterio de San Marcos, con todas las demás sensaciones unidas aquel día a
esta sensación y que habían permanecido en la espera, en su lugar, en la serie
de los días olvidados, de donde las hizo salir imperiosamente un brusco azar"
(Proust, 2002).
Pero definitivamente es en el alejamiento y en el posterior reencuentro donde
podemos constatar la imposibilidad, el espejismo de lo que constituye el regreso. La
verdad es que los lugares cambian, pero no como desearíamos nosotros, lo hacen
mucho más lentamente, o en otros casos mucho más rápidamente; rara vez tienen
nuestro ciclo de vida y, más raro aún, no están en sincronía con la evolución, con la
antigüedad de lo que somos. De forma similar, a través del reencuentro es que pode-
mos experimentar nuestras transformaciones físicas y espirituales, así como las de las
demás personas; estas no son otras que las configuraciones progresivas del ser, legibles
tan solo en dicho acto. Recordemos el regreso del amante en la canción Penélope de
Joan Manuel Serrat, oída siempre con el interés de quien lee una novela:
“... Adiós amor mío, no me llores, volveré, antes que, de los sauces caigan las
hojas...
Dicen en el pueblo que el caminante volvió, la encontró en su banco de pino
verde...
Ay amor, Penélope, mi amante fiel, mi paz, ¡deja ya de tejer sueños en tu mente,
mírame, soy tu amor, regresé!...
Le sonrió con los ojos llenitos de ayer, no era así su cara ni su piel, tu no eres
quien yo espero....,
y se quedó con su bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón sentada en la
estación".
Es importante anotar que lo que vale para la relación entre personas y lugares
puede hacerse extensivo, a su vez, a la generalidad de las obras de arte. ¿No son estas
eventos, resultado de reencuentros sucesivos. Tendríamos un magistral ejemplo en
las obras clásicas, particularmente en los libros que leemos de forma reiterada, en un
proceso de construcción-restauración. Escuchemos a Italo Calvino:
“ Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura. […] Un clásico es un
libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. […] Esto vale tanto para
los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea, leo el texto de
Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado
a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos signi-
ficados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o
dilataciones" (Calvino, 1995. El subrayado es mío).
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Un reencuentro está caracterizado por el desfase de ritmos entre dos entes, la
dualidad entre lo que permanece y lo que fluye; no podemos entonces, como Herácli-
to de Éfeso, bañarnos dos veces en el mismo río. Es una paradoja, pero no podemos re-
gresar al lugar que imaginamos haber dejado; este evidentemente se ha transformado
en otro, otro se ha adulterado en la memoria y otros también seremos nosotros. Todo
ello debido a las sucesivas “incrustaciones, deformaciones y dilataciones" que tanto
lugares como seres han experimentado en el decurso del tiempo:
“Aunque pobre la encuentres, no hubo engaño.
Rico en saber y en vida como has vuelto, comprendes
qué significan las Itacas" (Cavafis, 1973: “Itaca")
Sin embargo, sin el mutuo contraste, no tendríamos noción alguna de lo que
ellos son y significan, de lo que en algún momento podemos ser. En el proceso de au-
toconocimiento, lo imposible de alcanzar, o la u-topía, quizá, se define entonces como
un móvil necesario. Si los lugares son más fuertes que las personas, su conformación
está indefectiblemente ligada a ellas. Su memoria y acciones los construyen:
“Otra vez vuelvo a verte,
ciudad de mi infancia pavorosamente perdida...
ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí...
¿yo. Pero, ¿soy yo el mismo que aquí viví y aquí volví,
y aquí volví a volver y volver,
y aquí de nuevo he vuelto a volver.
¿o todos los yo que aquí estuve o estuvieron
somos una serie de cuentas-entes ensartadas en un hilo
memoria,
una serie de sueños de mi por alguien que esta fuera de mi." (Pessoa, 1987).
Una vez consumado el acto del retorno, somos conscientes de la falacia, de
las trampas de la memoria. Se pondría en duda, tal vez, su competencia para darnos
cuenta acerca de la posibilidad del pasado. Efectuamos sin duda un simulacro en el
reencuentro, y esto debido a que la entropía que afecta a los lugares y a las cosas ter-
mina afectando a su vez a la memoria que de ellos poseemos:
“A Itaca tenla siempre en la memoria.
Llegar allá es tu meta,
más no apresures el regreso.
mejor que se dilate largos años
y, en tu vejez, arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca" (Cavafis, 1973: “Itaca")
El acto del reencuentro implica, entonces, una restauración del lugar, asistida
tan solo por una idea previamente “digerida", envejecida en el espíritu y que ha expe-
rimentado la mayoría de las veces distorsiones por las acciones e intereses del presente.
Podríamos pensar que el pasado no existe, ante lo cual solo tendríamos la certeza del
presente, de un presente que a su vez se deshace entre las manos: “El pasado no sirve
más que para conocer la actualidad. Pero la actualidad se me escapa. ¿Qué entonces
es la actualidad." (Focillon, citado por Kubler, 1988). Aunq ue es temos seguros , no
podemos probar, sin embargo, que algunas cos as, en algunos lugares sucedieron.
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La huella, el rastro de las acciones individuales y colectivas resultan siendo tan solo
eso, remedos de los hechos en el tiempo. Lo demás es reconstrucción, simulación
animada casi siempre por la lógica del sueño. Algún poeta diría que “existen jardines
imaginarios con sapos reales". Así, recuerdos y sueños, confundidos e indiferenciados,
son la manifestación de la humana incertidumbre y de su relación con la estructura
espacio-temporal, patente solo a través de los lugares:
“El agua de la acequia, alma de linfa pura,
no pasa alegre y gárrula cantando su cantar;
la acequia se ha borrado bajo la fronda obscura,
y el chorro, blanco y fúlgido, ni riela ni murmura....
Señor no os hace falta su música cordial." (Barba Jacob, 1985).
En los ambientes contemporáneos, no-clásicos, que proliferan en las ciudades
del mundo globalizado, las situaciones anteriormente descritas experimentan una evi-
dente distorsión: al no diferenciarse ciudad y territorio, al no existir las ciudades-mun-
do de la antigüedad o del medioevo, ni el mundo de ciudades de la era moderna,
al existir tan solo una “metápolis" con infinitas situaciones urbanas compartidas, el
espacio se contrae y, las acciones humanas se superponen virtualmente unas sobre
otras. A velocidad electrónica, las partidas y los regresos se suceden de forma simultá-
nea; por tanto, es posible que en un mismo espacio coexistan diferentes tiempos. La
hipermovilidad reinante, el nomadismo característico hacen que los lugares, como las
partículas elementales de la física, en su existencia retrógrada, se aniquilen antes de su
creación: una distorsión temporal que elude en consecuencia el reconocimiento del
ser en el objeto como focalidad única. Esta dis-locación lleva a una evidente incerti-
dumbre ontológica: el ser permanece fragmentado en la temporalización del espacio,
característica de los nuevos ambientes. Se habitan en consecuencia, no espacios, sino
tiempos. Así, las identidades resultantes del novísimo hombre están entendidas, no ya
en la relación unívoca del ser con los lugares, como era dable en el sentido clásico, sino
evidentemente en su relación con la diversidad de tiempos generados. El sujeto del
objeto y el objeto del sujeto son indistinguibles en su vertiginoso intercambio. El viaje
y la partida se manifiestan como regresiones infinitas en el tiempo. El universo urbano,
entonces poblado de Itacas, se caracteriza porque las de Ulises sobreviven como unas
de los tantos tipos de ínsulas posibles. Y como diría Voltaire en su Pangloss: “vivimos en
el más probable de todos los mundos posibles". Pero Itaca ya no esta en el pasado ni
tampoco en el futuro. Los tiempos, al coexistir diversificados, la han “presentificado".
Es la realidad de la heterotopía:
“Otra vez vuelvo a verte,
mas, ay, a mí no vuelvo a verme!
Se rompió el espejo mágico en el que volvía a verme idéntico,
y en cada fragmento fatídico veo solo un pedazo de mí,
¡un pedazo de ti y de mí!" (Pessoa, 1987).
Sin embargo, si consideramos en conjunto las acepciones clásicas, modernas
o contemporáneas relacionadas con los lugares, veríamos que definen, cada una a su
modo, la posibilidad de su existencia, así como la ocurrencia de su encuentro. Vería-
mos, además, que detrás de todas ellas no habría otra cosa que singulares modos de
relación espacio-temporal, a partir de los cuales se derivan las interpretaciones y activi-
dades constructivas de los hombres. Estas, en un esfuerzo de legitimación, permitirían
en un eco inteligente su lectura. Los modos de ser clásicos, incluidos los modernos,
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proceden de las espacializaciones del tiempo, diferenciados de los contemporáneos
que manifiestan, como habíamos anotado, una temporalización del espacio. Es enton-
ces a partir de estas relaciones que debemos caracterizar los lugares y la posibilidad
del regreso.
Se podría pensar, en consecuencia, que son tan solo ideas, constructos de la
mente, los que nos hablan de la identidad, de la permanencia y de la existencia:
“No hallarás otras tierras ni otros mares.
La ciudad irá contigo adonde vayas.
Errarás por las mismas calles; en los mismos
suburbios y en las mismas
casas irás envejeciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para
otro sitio –es inútil que guardes
no hay barco ni hay camino para ti" (Cavafis, 1973: “La ciudad")
El genius loci, o espíritu del lugar, preconizado por el pensamiento clásico, no
sería otra cosa que la proyección en el espacio de ideas acerca de la naturaleza del
ser. Las ideas de tópos, y tékton, relacionadas respectivamente con el lugar y la materia
transformada, procederían naturalmente de un estado de alma: “Así –dice alguien– se
confirma la hipótesis de que cada hombre lleva en la mente una ciudad hecha solo de
diferencias, una ciudad sin figuras y sin forma, y las ciudades particulares las rellenan"
(Calvino, 1984).
La verdad es que podríamos hablar tan solo del ser efímero de los lugares, de su
realidad infinitesimal, patente en el contacto único e irrepetible con nuestra humana
realidad. El eterno fluir de las cosas, como anotábamos, no permitiría nada diferente.
Por otro lado, la doble condición nómada y sedentaria del ser del hombre no
hace otra cosa que reflejar en movimientos de ida y vuelta su dinámica condición de
existencia. Pero el lugar, algo que debe ser construido en el constante fluir, resulta sien-
do tan endeble como los seres de los cuales habla:
“Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar" (Barba Jacob, 1985).
Pensamos, además, que en la historia de los lugares ninguno ha demostrado, en
cuanto a su materialidad, mejor resistencia a los embates del tiempo que las ideas que
le sirven de sostén y que de cierta manera lo explican:
“ También las ciudades creen que son obra de la mente o del
azar,
pero ni la una ni el otro bastan para tener en pie sus
muros" (Calvino, 1984).
Los comportamientos y modos de ser clásicos, resumiendo, hablarían claramen-
te de la posibilidad del regreso, de la “monumentalización ontológica del lugar". Los
modernos, por el contrario, en su afán dinámico, en su vocación por lo actual, no lo
desean, o de forma deliberada lo ignoran. En su constante transformación logran enve-
jecimiento, pero jamás antigüedad. Proponemos de nuevo las palabras de Calvino para
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pensar el vínculo subyacente entre lo clásico y lo moderno, y entender así la relación
con los lugares:
“Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo,
pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo. […] Es clásico
lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incom-
patible se impone" (Calvino, 1995).
El modo de ser clásico y su antípoda, lo moderno, resultan de esta forma dialé-
cticamente dependientes uno del otro. El lugar como artificio y los lugares dados, los
encuentros y los desencuentros, lo fugaz y lo perenne, se suceden, se confunden en
los mismos escenarios. La base de los comportamientos y ambientes clásicos y/o mo-
dernos está cifrada en la relativa correspondencia entre eventos y lugares, y se infiere
de ella; su diferencia sería tan solo la que podría establecerse entre la naturaleza de lo
atemporal y lo temporal respectivamente. Los modos de ser contemporáneos, como
habíamos mostrado, en razón de la incertidumbre de sus relaciones, declaran con
relación a los lugares y al regreso, la imposibilidad de su ocurrencia, al menos en un
sentido clásico. Podríamos concluir diciendo que las metáforas que plantea la idea del
regreso, provienen de la forma en que los humanos “hacemos espacio" y esto tiene
que ver, desde luego, con nuestro ser y su intrínseca historicidad. A través de la historia
del lugar, a través de la relectura de esa huella, “depositaria de las fatigas de los hom-
bres", como dijera Aldo Rossi, podremos restaurar al hombre. Sin un regreso reiterado,
a pesar de que esté implicado un simulacro, no restauraríamos lugares, como tampoco
hombres; no haríamos a su vez historia, ni la escribiríamos; tal vez pensando en ello,
habría que considerar de que manera el universo ha hecho y escribe todavía la suya.
Apostillas a “La paradoja del regreso"
La distancia entre la partida y el regreso es tal vez la que media entre la ilusión
y el desencanto. Pero sabemos que, de desencantos está llena nuestra contemporanei-
dad. El regreso es lo que la cultura actual en cierto modo efectúa. Después de que el
mundo hubo experimentado un salto al vacío, significado en el mundo moderno y su
utopía, lo contemporáneo, esta vez efectúa un regreso múltiple, que particularmente
no emula ningún origen, ni ninguna era dorada, como era dable en las culturas clásicas.
El regreso simultáneo a una diversidad de lugares, intersecados cada uno de ellos por
tiempos diferentes, constituye la heterotopía de nuestro presente. ¿Cabría, entonces,
dentro de esta heterotopía la posibilidad de un regreso al futuro. Quizá la distorsión
espacio-temporal provocada por el ritmo vertiginoso de la vida contemporánea nos
esté conduciendo hacia ello.
Existe, por otro lado, un regreso que no está relacionado con la voluntad ni con
la búsqueda, ni está precedido por un fundamental impulso. Es el activado por el azar,
siendo evidente en las apariciones y los encuentros fortuitos. Son los regresos que no
han requerido de partida: el regreso inesperado de ciertos objetos memorables, la
“aparición" de lugares significativos y el reencuentro con algunas personas. A contra-
pelo, o como en un viento inducido, mientras viajamos hacia el futuro, el pasado nos
asalta. Es la historia que se reescribe, pero no como el resultado de nuestras acciones.
Tal vez es el efecto de un fenómeno que posee cierta similitud, en el campo de lo men-
tal, con la memoria involuntaria de la cual hablara Proust en su “tiempo recobrado".
La necesidad del regreso es el principio del fin. Al regresar se va matando algo
de nosotros en un ajuste progresivo de cuentas. Apurando quizá los estadios cíclicos,
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del vital sístole-diástole correspondiente a las partidas y regresos, vamos agotando los
lugares y, como consecuencia, los tiempos. Liquidado este combustible espiritual, in-
defectiblemente nos acercamos a la muerte.
El regreso también está animado por la necesidad de ese encuentro múltiple
con los seres que pudimos ser. La red de las historias individuales poseen nudos en
los que se definen las refracciones por las cuales debe pasar el ser. Allí se debate de
forma crucial lo que somos, pudimos ser o, seremos. El regreso a estos nudos, o a estas
singularidades, se hace mediante el principio del autoconocimiento ya descrito. “Si la
historia hubiese sido otra, ¿quién podría ser yo.". Otra vez tendríamos al ser ligado a lo
contingente, a la naturaleza de lo temporal.
La desilusión, consecuencia natural de sucesivos reencuentros, es tal vez el im-
pulso que mantiene la proa de nuestras vidas enrumbada hacia nuevos territorios. De
otra forma, naufragaríamos ineludiblemente en un quimérico pasado.
El olvido no es otra cosa que la manifestación de lo entrópico material, de la
degradación energética, en la estructura de lo espiritual. No es otra cosa que el reflejo
de la muerte que llevamos dentro. El recuerdo, de forma diferente, mantiene, como
en el combustible estelar, una fuerza equilibrante, que acabará aniquilada en el olvido
absoluto, es decir en el fin.
Universalmente se puede determinar que la diferencia de ritmos en los cambios
es lo que hace posible la paradoja del regreso. De otra forma serían imposibles las
trayectorias retrógradas.
BiBLiogRAFíA
B
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