Revista Bitácora Urbano Territorial
Universidad Nacional de Colombia
bitacora_farbog@unal.edu.co
ISSN (Versión impresa): 0124-7913
COLOMBIA
2006
Tania Maya Sierra
REFLEXIONES EN TORNO A LA RELACIÓN CIUDAD Y TERRITORIO EL
DESARROLLO DE CHICAGO Y EL GRAN OESTE
Revista Bitácora Urbano Territorial,
enero-diciembre, año/vol. 1, número 10
Universidad Nacional de Colombia
Bogotá, Colombia
pp. 106-114
Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal
Universidad Autónoma del Estado de México
http://redalyc.uaemex.mx
106
enero - diciembre de 2006
Resumen
La relación entre ciudad y territorio se aborda en el
presente artículo desde el campo de la historia urbana. Se
hace una reflexión generalizada sobre la relación ciudad-
territorio y los elementos y condiciones que intervienen en
el desarrollo de las ciudades, naturaleza-geografía-civiliza-
ción material, que se apoya en la evolución de Chicago
y el Gran Oeste en el siglo XIX, caso ejemplarizante para
el análisis. Chicago es examinada a través de la dimensión
histórica que constituye la conformación del territorio y la
ciudad, en contraste con algunos de los determinismos que
surgieron en dicha época para explicar y orientar su de-
sarrollo. Para ello la autora se remite a los conceptos de
economía-mundo y tiempo geográfico, propuestas analíti-
cas e historiográficas planteadas por el historiador de la Es-
cuela de los Annales, Fernand Braudel, introducidas a partir
de una visión de conjunto de la historia y sus fenómenos,
como lo son las ciudades. Dichos conceptos son confron-
tados con ciertas concepciones especialmente desde el en-
foque de la geografía económica, adoptados en estudios
urbanos recientes, para señalar la necesidad de incluir la
perspectiva histórica con miras a entender y enfrentar la
relación que se establece entre la ciudad y el territorio.
Palabras clave
Ciudad, territorio, historia urbana, geografía
económica, Chicago.
Reflexiones en torno
a la relación
ciudad y teRRitoRio
el desarrollo de chicago y el Gran oeste
Tania Maya Sierra
Abstract
This article reviews the bond between city and
territory from urban history perspective. The approach
is focused mainly in the conditions and elements that
contribute in the cities development, to say, nature-
geography- material civilization, leaned on Chicago and
the Great West development throughout the nineteenth
century, case that results greatly exemplifying for the
approach. Chicago is studied through a historical
dimension concerned to the territory and the city
conformation. Such approach is confronted to some
determinism streams appeared to explain and outline
developments taking place at that moment. The author
uses the concepts of world-economy and geographic
time, both analytic and historiography proposals exposed
by Fernand Braudel, French historian of the Annals
School, proposals introduced from a context history
point of view and its phenomena, as the city seems to be.
These concepts are face up to the current conceptions
on the subject, introduced from an economic geography
approach in urban studies. The prevailing necessity to
include the historical point of view in these studies is
aimed at understanding the city and the territory bonds.
Key words
City, territory, urban history, economic geography,
Chicago.
Recibido: septiembre 30 de 2006
Aprobado: octubre 30 de 2006
10 (1) 2006: 106 - 114
Reflections on the relation between the city and the
territory. The development of Chicago and the Great
West.
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A partir de la década de los ochenta, y con mayor
fuerza durante los años noventa, en los estudios urbanos
(cfr. Freidmann y Wolf, 1982; Friedmann, 1986; Sassen,
1994; Knox y Taylor, 1995; Lo y Yeung, 1996, citados en
Freidmann, 1997) se empezó a hablar de la “emergen-
cia de la ciudad global" de acuerdo con “el nuevo orden
mundial" en el que se han inscrito algunas ciudades y al
que muchas otras apuntan. Este discurso alentado espe-
cialmente por los defensores de la geografía del capita-
lismo global, “se ha asentado típicamente en el lengua-
je de la economía" (Freidmann, 1997). Sin embargo, en
esta perspectiva, desde la que se busca reducir la idea de
ciudad a uno de sus componentes –el económico–, se
olvidan otros aspectos que la integran y definen y sin los
cuales no es posible comprenderla. Además, esta aprecia-
ción de una nueva ciudad emergente como si se tratara
de una irrupción fortuita en el tiempo y el espacio parece
desconocer implícitamente el proceso histórico que han
cursado la ciudad y el territorio.
En la actualidad existen teorías y posiciones disími-
les frente al tema, generalmente asociadas al devenir que
caracteriza a la civilización en un momento dado, espe-
cialmente a sus coyunturas; es un hecho innegable que las
ciudades se presentan como el mayor indicador y agente
de los cambios, y a la vez como consecuencia de ellos.
El estudio del desarrollo de las ciudades como ob-
jeto de reflexión no es algo nuevo; de hecho, ha sido un
tema recurrente, que se ha intentado explicar a la luz de los
diversos paradigmas y modelos que en cada época se eri-
gen como ideal y mediante los cuales también se pretende
orientar los diferentes procesos que lo rigen, buscando pre-
ver su destino. Al respecto, puede recordarse la polémica
que se estableció alrededor de la “ciudad compacta" y la
“ciudad dispersa" en la Europa decimonónica, o las pro-
puestas de una ciudad “funcional" planteadas por el mo-
vimiento moderno entrado el siglo XX, o la preocupación
de los ambientalistas por un paisaje urbano que fuera ex-
presión de una ciudad ligada a su medio ambiente a partir
de la década de los sesenta, o las apuestas por una “ciudad
segura" y “competitiva" más recientemente.
En este contexto, el término ciudad global enten-
dido “como concepto de la geografía económica apunta
hacia una significación universal, sacando a relucir lo que
es común a todos los miembros de una clase de ciudades
globales, mientras se ignoran los variados y particulares
ámbitos: las dimensiones histórica, sociocultural, adminis-
trativa, política y ambiental de la vida urbana" (Freidmann,
1997). Frente a este concepto excluyente, –cada vez más
acogido–, el estudio de la ciudad no solo exige que se
reconozcan las dimensiones descartadas, sino que deben
ser contempladas desde un enfoque más amplio que el que
fundamenta el capitalismo global, de forma que permita
reunirlas en un panorama construido a partir de una visión
de conjunto; es decir, que las variables deben ser referidas
al contexto histórico que las integra y las articula.
Por ello es necesario revisar otras concepciones y
propuestas analíticas que, orientadas en esta vía, a pe-
sar de haber sido formuladas a mediados del siglo XX, no
han sido suficientemente exploradas y adquieren vigencia
ante la situación descrita. En esta dirección se intenta con-
ducir la reflexión sobre la relación ciudad-territorio que
caracterizó el desarrollo de Chicago y el Gran Oeste.
La ciudad es territorio; no obstante, no cualquier
territorio es equivalente a una ciudad. ¿En qué radica la
diferencia. Frente a este interrogante es preciso aclarar
que el territorio no se limita a ser un terreno, una tierra
virgen, sino que es ya una naturaleza intervenida, como
en efecto lo es la ciudad. Sin embargo, la ciudad constitu-
ye una forma específica que ha asumido el territorio.
Para comprender el paso que ha conducido el te-
rritorio a la forma de ciudad –forma urbana–, pero sin
que aquel haya sido suplantado o eliminado por ella, es
necesario remitirse a algunas de las reflexiones que se han
hecho sobre las condiciones y elementos que han agen-
ciado esta transformación y que analizan el vínculo que
la ciudad guarda con su territorio. Para ilustrar el tema se
presenta el caso de la ciudad de Chicago durante su pro-
ceso de urbanización en el siglo XIX, el cual se aborda a la
luz de los principales planteamientos del historiador de la
Escuela de los Annales
1
, Fernand Braudel, sobre su visión
de la historia y las ciudades
2
.
1
La Escuela de los Annales surgió a principios del siglo XX en el seno
de la historiografía francesa como una propuesta que puede consid-
erarse revolucionaria frente a la concepción positivista de la historia
que se tenía hasta entonces. La nueva visión de la historia planteada
por la Escuela de los Annales es recogida en la publicación de la revista
que lleva su mismo nombre, cuya creación obedece a la iniciativa del
historiador Lucien Febvre y que empezó a circular desde 1929.
2
Se hace referencia, por una parte, al concepto de tiempo geográ-
fico, término que Braudel propone como otra forma de temporalidad
histórica y con el que agrupa las largas, medias y cortas duraciones,
las cuales, entendidas como estructuras espacio-temporales, integran
el conjunto articulado que constituye la historia. En este esquema,
Braudel introduce otros elementos, como el concepto de historia in-
consciente con el que se refiere a las fuerzas que subyacen a todo ac-
ontecimiento legible y que para que pueda ser comprendido debe es-
tar organizado en estructuras sucesivas, las cuales corresponden a los
estratos de historia lenta habitados por la historia de las mentalidades,
caracterizada por su inercia y resistencia al cambio. Una explicación
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Uno de los estudios que mejor recoge la historia
urbana de Chicago y que analiza la rápida transformación
que sufrió su territorio, especialmente en el período com-
prendido entre 1830 y 1900, es la obra de William Cro-
non
3
, Nature’s Metropolis, Chicago and the Great West,
donde es posible examinar la relación ciudad-territorio a
partir de tres aspectos: el primero es la relación naturale-
za-ciudad que se aborda como dicotomía y a la vez como
complementariedad; el segundo, es el determinismo geo-
gráfico presente en la concepción y desarrollo de una ciu-
dad, enfoque difundido en el siglo XIX, época en la que
la ciudad de Chicago se configuró como tal; el tercero, es
el sentido espacial en la experiencia de la ciudad, que se
adquiere a través de la dimensión histórica que le subyace
y que define a la ciudad.
Ciudad - naturaleza
El principal interés de Cronon (1991) es compren-
der el lugar que la ciudad ocupa en la naturaleza. La ciu-
dad es una construcción humana, hecha por hombres y
mujeres, quienes redefinen y reordenan el territorio exis-
tente con sus propias marcas naturales, y de allí, una vez
son aprehendidos y nombrados los elementos de un lugar
surgen los paisajes natural y cultural, los cuales empiezan
a modificarse recíprocamente. Es a partir de esta mutua
interacción que la historia de la ciudad comienza.
El territorio en el que se erigió Chicago parecía ser
el lugar ideal para una metrópolis, ubicado en la esquina
suroccidental del lago Michigan, equidistante a Nueva
York y Nueva Orleans, los puertos más importantes de
los Estados Unidos durante el siglo XIX, y así cons tituía
un punto estratégico entre las costas este y oeste y un
puerto desde el cual conectarse con el lago Erie. Se con-
figuraba como puerto natural, tierra llana y fértil, una
vasta extensión rodeada por montañas y lagos, atravesada
por ríos y en la que convergían numerosas vías terrestres,
muchas de ellas ferroviarias, lo que le permitía una gran
accesibilidad y posibilitaba ampliar sus redes de comuni-
cación con la Unión entera.
A pesar de su ubicación privilegiada, dicho lugar
resultó ser un lodazal. Esta situación se presentó como el
principal obstáculo de la naturaleza al que había que ven-
cer para lograr construir la ciudad. Los hombres que la ha-
bitaron y decidieron hacer de ella una gran ciudad tuvieron
que trazar canales, despejar ríos, dragar el “puerto natural",
cargar literalmente edificios y aún así debieron esperar a
que Chicago se convirtiera en la gran ciudad deseada, es-
perar a que otros factores estimularan su crecimiento.
Antes de la colonización europea, Chicago había
sido un asentamiento humano. Su nombre se derivó del
vocablo que los indios habían empleado para referirse a
esta zona como Eschikagou que pasó luego al de Chicaugou,
con el cual se aludía al poderío de los jefes de las tribus
y la grandios idad de la región. La existencia de Chicago
se basó en otra forma de relación y apropiación del te-
rritorio. El reconocimiento de su potencial, conjugado
con su singularidad, cons tituyó la base para la organi-
zación futura que adquirió el territorio. De este modo,
el territorio previamente definido y ordenado requirió
ser conquistado y así, redefinido y reordenado, para ser
ciudad. Un pueblo con mayores necesidades, es decir
más civilizado
4
, se impuso y marcó un nuevo rumbo en
el des tino del territorio.
Así, el dominio de un sistema sobre otro se impuso.
Estos hombres diseñaron una segunda naturaleza mejo-
rada para sus propios fines. Sin embargo, los fines fueron
cambiando de acuerdo con el surgimiento de otras varia-
bles. En dicho momento, la finalidad que se perseguía en
la construcción de la ciudad se enfocaba en el potencial
de la región desde una perspectiva económica. La región
era entendida como fuente de riqueza por sus fértiles tie-
rras y por las posibilidades que ofrecían la ganadería y la
agricultura extensiva e intensiva al desarrollo del mercado.
También los desequilibrios estuvieron presentes
en el particular desarrollo económico que tuvo Chica-
go, donde diferentes variables y lógicas definieron su
sucinta sobre el tema, la expone Braudel en su artículo “Las largas
duraciones", publicado en 1958 en Annales: economías, sociedades,
civilizaciones.
Por otra parte, se acude al término de economía-mundo, que Brau-
del retoma de Immanuel Wallerstein, para explicar la jerarquía terri-
torial y económica de ciertas ciudades, a partir del nacimiento del
capitalismo. Lo anterior es analizado exhaustivamente en su obra
Civilización material, economía y capitalismo, siglos .XV-XVIII, publi-
cada en 1968 y compuesta por tres volúmenes: Las estructuras de lo
cotidiano: lo posible y lo Imposible; El juego del cambio y El tiempo
del mundo. El tema bajo el cual se desarrolla la obra es la historia
económica de la Europa preindustrial.
3
Historiador ambiental estadounidense, cuyos estudios han girado
en torno a la relación entre ciencias naturales y ambientales y la
historia, centrados básicamente en el nexo existente entre paisaje
natural y paisaje cultural. Entre sus principales obras se encuentran:
The Uses of Environmental History (1993), Changes in the Land:
Indians, Colonists and the Ecology of New England (1998), Modes of
Prophecy and Production: Placing Nature in History (1990).
4
La importancia de la relación entre necesidad y civilización en el de-
sarrollo territorial de una ciudad es expuesta claramente por Marcel
Poëte en su obra Comment s’est formé Paris (1925).
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singular proces o, inclus o en contra de las previsiones.
Chicago se convirtió en un gran centro gracias a que
su ubicación geográfica convirtió a su territorio en el
vínculo entre el este y el oeste. Sin embargo, su difícil
acces o, paradójicamente, lo transformó en un mercado
apetecible, donde se vendían a un precio elevado las
importaciones y s e encontraban productos de la región
a muy bajo cos to.
Para que una región progresara –se pensaba– debía
ser el centro, el centro de un mapa, el centro de un gran terri-
torio. Así, las leyes naturales fueron interpretadas en función
de prever los agentes que garantizarían la creación de una
gran ciudad que se instauraría como el centro; se emplearon
diversos instrumentos y aplicaron diferentes fórmulas mate-
máticas que demostraran que, en efecto, el territorio estu-
diado era una potencial “centrópolis". La idea de una ciudad
que fuera el centro del mundo era un criterio determinante,
no solo para su fundación, sino también para establecer su
primacía sobre el resto del territorio. Esta noción de ciudad-
centro asociada a su jerarquía territorial cobraba también
un significado especial para sus habitantes; por ello, en el
estudio que muchos de ellos emprendían de sus ciudades,
a la luz de este ideal y apelando a los mismos instrumentos,
el territorio que se prefigurara como el centro, según quien
hiciera el cálculo, se acercaba más a su ciudad natal. Chicago
fue entonces no una ciudad cualquiera, sino una metro-polis
–ciudad madre, ciudad que rige una extensión considerable
de territorio– (Larousse, 2003).
Se advierte en estas concepciones y en el destino
buscado para la ciudad que la relación que ella tiene con
el campo es vital para su constitución. La conformación
de Chicago como ciudad centro, integrada al Gran Oeste,
da cuenta de la dialéctica en que se inscribe la relación
que define su territorio. La expansión acelerada que cursó
Chicago durante el siglo XIX es impensable sin la presencia
del campo, pero así como este campo fue determinante
en el desarrollo de la metrópoli, esta también orientó su
crecimiento. En efecto, como señala Braudel, una ciudad,
para ser tal, requiere dominar un territorio, por minús-
culo que este sea, no solo hacia adentro, sino también
hacia fuera, y es por esto que la necesaria relación que
se establece con el campo debe fundamentarse en la “re-
ciprocidad de las perspectivas", es decir que la comple-
mentariedad que implica la articulación campo-ciudad y
ciudad-campo ha de permitir que se creen mutuamente y
que se unifique su territorio (Braudel, 1984).
Por su naturaleza, una ciudad debe estar referida a
una vida inferior a la suya. Si el campo difiere de la ciudad
no es en términos exclusivos de oposición o porque re-
presente un estado anterior que asumió el territorio, pues,
como se ha visto, se requiere su coexistencia. Una de sus
diferencias la ha marcado la división del trabajo: las acti-
vidades rurales han estado asociadas principalmente a la
producción enfocada al abastecimiento de las ciudades;
estas, por su parte, se han constituido en el lugar de los
intercambios, de movimientos, de mercancías y de capi-
tales, de servicios y del consumo, donde las actividades
urbanas se han sometido a modificaciones constantes,
interactúan, se multiplican, se especializan y se jerarqui-
zan. No obstante, como lo señala Braudel, esta división
del trabajo no es del todo precisa, dado que se produ-
cen alternancias en uno y otro sentido que no pueden ser
totalmente sustraídas de ninguno de estos dos ámbitos.
Como quiera que se produzcan sus transformaciones e
intercambios y adquieran diversas formas, su convivencia
resulta indispensable.
Su principal dicotomía recae en los ritmos de vida
que los caracterizan. Comprender esta diferencia implica re-
conocer el proceso histórico que han sufrido el territorio y las
ciudades, el cual ha obedecido al trayecto que ha recorrido
la civilización en su transformación, donde viejas y lentas for-
mas de sociedades y economías han persistido con mínimas
variaciones y a pesar de haber precedido de cierto modo a la
ciudad moderna, cohabitan necesariamente con ella.
Naturaleza impresa por los fenómenos naturales y
el tiempo, y naturaleza creada por el hombre, conforman
en cierta medida una misma construcción natural. Una
segunda naturaleza la constituyen tanto el campo como
la ciudad. Natural termina siendo la experiencia cotidiana
de esa singular construcción humana que es el territorio,
la ciudad es natural para los ciudadanos, para los que la
experimentan, así como para un habitante del campo, lo
es este. Pero si bien la vida rural ha estado marcada por
esa “historia inconsciente", donde hombres y mujeres han
sido “más rutinarios que inventores" (Braudel, 1987), la
vida urbana moderna, en cambio, signada por el ágil mo-
vimiento del capitalismo, ha introducido la conciencia de
la experiencia humana de la ciudad (Sennett, 2001).
Ciudad - geografía
En la particular conformación de Chicago se pue-
de advertir el papel q ue ha representado la geografía, la
cual res ulta es encial para comprender el desarrollo de
la ciudad. Entendida como elemento intrínseco del fe-
nómeno histórico que la ciudad constituye, la geografía
se manifies ta en sus diversas f ormas, por ejemplo, como
naturaleza transformada y parte integral de la ciudad,
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donde características como la topografía o la presencia de
ríos no solo le dan forma, sino que también le permiten
establecer sus fronteras, orientar el sentido de su extensión
o posibilitar su conexión con el resto del territorio.
El caso de Chicago es un claro ejemplo para en-
tender el papel de la geografía y s u relación con la eco-
nomía en la constitución de una ciudad. Al respecto, en
el siglo XIX surgieron distintas concepciones sobre el de-
sarrollo de la ciudad, entre las que se destacan la de los
Boosters de Chicago, quienes entienden la importancia
de un territorio a partir de la definición de una ciudad de
frontera, donde el potencial de la ciudad se concentra
en las vías de comunicación que posea, pues s on las que
han de permitir que ella se convierta en un centro de
comercio; la teoría de Turner, que advierte como mayor
fortaleza la capacidad productiva del territorio circun-
dante, la cual garantizará el desarrollo de la ciudad, y
una tercera, la del alemán Von Thünen, que señala cómo
a partir de un esquema organizacional radioconcéntrico
del territorio, debe orientarse el desarrollo de la ciudad,
cuyo centro ha de ser el elemento en torno al cual, en
forma anillar, deben organizarse jerárquicamente las áreas
y actividades que la componen (Cronon, 1991).
Estas tres teorías se enmarcaron en un determinis-
mo geográfico, bajo el cual se limitaron a ubicar la ciudad
en el espacio de una manera estática, relegando la im-
portancia de su dimensión histórica y el movimiento que
le ha acompañado, olvidando sus preexistencias. Se debe
recordar que previamente a la conquista de Chicago, su
territorio se había prefigurado como un importante mer-
cado indígena, debido especialmente a sus condiciones
geográficas.
La situación geográfica es decisiva en el desarrollo de
la ciudad. Al respecto, Braudel resalta la diferencia existente
entre las ciudades costeras y las interiores. Para las costeras,
el dominio de los mares representa grandes ventajas, por
ejemplo, el comercio y el transporte marítimos son funda-
mentales para su economía y primacía territorial. Además,
esta condición les atribuye un carácter especial, lo que se
evidencia en su fisonomía. Muchos de “estos privilegios de
la ciudad, perecederos o no, resultan indispensables para
la prosperidad de las ciudades" (Braudel, 1984), permiten
que estas sobrepasen las jerarquías urbanas y hasta nacio-
nales para constituirse en “centros" internacionales; sin em-
bargo, estos privilegios tampoco son los únicos.
En este sentido, una ciudad también se explica por
la existencia de otras ciudades y su relación con ellas. Esto
no solamente significa que la condición de ciudad se al-
canza porque su presencia está referida a otra forma simi-
lar de vida, sino que, además, una ciudad para serlo ne-
cesita establecer una red con otras ciudades. Puede verse
ahora cómo el sistema global actual es producto de las
relaciones entre ciudades, de forma que, como lo afirma
Saskia Sassen, no solamente es necesaria la movilización
de sus funcionalidades, sino que, además, las ciudades
que lo integran deben actuar como puentes de articula-
ción; con esto se señala que no pueden existir ciudades
globales solteras (Nascimento, 2003)
En dicha red de ciudades se instaura necesaria-
mente una jerarquía que va desde una menor escala a
una mayor, la cual está determinada en primer orden por
los movimientos y flujos que se dan al interior de la ciudad
y fuera de ella, generados esencialmente por la dinámica
de la economía. Estos movimientos están condicionados
por diversas circunstancias: la cercanía o lejanía entre
ciudades, su ubicación, su accesibilidad, los medios de
transporte, entre otras. En el caso de Chicago, su cercanía
a Nueva York fue otro factor decisivo para el desarrollo
económico. Chicago se transformó en un punto importan-
te dentro de una gran constelación de ciudades: ciudades
europeas - Nueva York - Chicago.
En las ciudades que se han erigido como centros
dominantes y que dentro de una relación jerárquica han
constituido una red de ciudades, subyace una particularidad
que, ligada a diversos factores, ha permitido que una ciudad
domine un territorio o el mundo, pero tal dominio no persis-
tirá por siempre, pues constantemente ha de estar sometido
a diversas fuerzas endógenas y exógenas. El término con el
que se ha acogido la supremacía de estas ciudades es el de
economía-mundo, que ha sido definido como una triple rea-
lidad: primero, ocupa un espacio geográfico determinado:
tiene unos límites que lo explican y que con el tiempo pue-
den variar con cierta lentitud; segundo, una economía-mun-
do acepta siempre un polo, un centro representado por una
ciudad dominante, antiguamente ciudad-estado y posterior-
mente una capital, pero económica. A veces pueden existir
dos centros simultáneos en una economía-mundo, como
por ejemplo Londres y Amsterdam en el siglo XVIII, antes de
la eliminación definitiva de Holanda, pues finalmente uno
de los dos, en este sistema de ordenamiento, termina por
ser desplazado. Tercero, toda economía-mundo se divide en
zonas sucesivas: se encuentra en primer lugar el corazón, es
decir, la región que se extiende alrededor del centro; luego
se ubican las zonas intermedias, y finalmente las zonas mar-
ginales, que son zonas subordinadas y dependientes de tal
centro (Braudel, 1997).
111
De este modo, las economías-mundo han formado
un todo económico sometido al proceso de descentra-
miento y reorganizaciones, cuya dinámica y transforma-
ción han obedecido a la incidencia de diversos factores.
Londres sucedió a Amsterdam cuando se dio el paso del
capitalismo mercantil al capitalismo industrial; así mismo,
Nueva York se erigió como capital del mundo a partir de
1929, desplazando a Londres cuando se impuso el capi-
talismo financiero.
En el orden jerárquico actual y de acuerdo con
la mayor especificación que se ha dado a la escala eco-
nómica en el orden mundial, Chicago hace parte de las
30 ciudades denominadas globales
5
que entran en las
“categorías que reflejan el alcance espacial de sus arti-
culaciones económicas y financieras" (Friedmann, 1997).
Hoy, tres centros de poder comparten su primacía: Londres,
Nueva York y Tokio, consideradas capitales financieras del
mundo. En otra escala menor se encuentran los centros fi-
nancieros multinacionales, como lo son Miami, Frankfurt,
Singapur, entre otros; luego es posible ubicar los centros
que rigen ciertas economías nacionales como Sao Paulo,
París, Sydney y Seul; finalmente, es posible identificar im-
portantes centros subnacionales o regionales como Hong
Kong, Osaka-Kobe, Vancouver, la conurbación Rhin-Ruhr
y Chicago (Sassen, 1991)
6
.
Esta preeminencia que ocupa Chicago en el nuevo
sistema de ordenamiento mundial no es un hecho fortui-
to; obedece no solo a la incidencia de fuerzas exógenas,
sino también a las múltiples fuerzas que han intervenido
en su desarrollo, donde no es posible desestimar el pa-
pel desempeñado por la geografía, que hace parte del fe-
nómeno mismo que representa la ciudad, pero tampoco
puede verse como la única determinante.
Las ventajas y desventajas que la geografía desde
un principio le ha impuesto a una ciudad perdurarán, a
pesar de que los límites de lo imposible sean alcanzados y
superados, entre otros, por el desarrollo de la técnica.
Ciudad - civilización material
Los límites que en cada época se trazan entre lo
posible y lo imposible, es decir, entre lo que la humani-
dad ha podido alcanzar y lo que aún le continúa negado,
son para Braudel las fronteras que indican un cambio, lo
que permite diferenciar una época de otra. Así, él pudo
identificar el campo de acción de las economías prein-
dustriales, cuyos límites no variaron mucho del siglo XV
al XVIII en Europa; la fase industrial marcó la superación
de tales fronteras, aunque hubiera llevado consigo todo el
peso de las inercias que permanecieron casi inmóviles en
el tiempo. El historiador logra el reconocimiento de estos
límites, en gran medida, gracias al inventario que elaboró
de aquello que se había presentado hasta entonces como
posible a la humanidad, donde la civilización material sale
a su encuentro como un elemento recurrente.
Así como la Revolución Industrial representó un
punto de quiebre en la historia de la civilización y las ciu-
dades, más adelante, otro elemento determinante que
marcó una ruptura en el desarrollo de la ciudad fue el
surgimiento de las masas en el siglo XIX, con lo que se
dio inevitablemente la expansión y el crecimiento de las
ciudades. Chicago experimentó esta dinámica a un ritmo
acelerado; en la época de la retícula de Thompson (1833)
la ciudad contaba aproximadamente con 300 habitan-
tes, número que ascendió a 30.000 alrededor de 1850 y
al entrar el siglo XX la habitaban 2.000.000 de personas
(Frampton, 1987). Este hecho demandó nuevas formas de
organización de la sociedad y otra configuración del es-
pacio urbano y su territorio, lo que requería la creación e
implementación de diferentes sistemas que respondieran
eficazmente a tal demanda.
Muchas de las rupturas en diversos campos se
evidenciaron en el siglo XIX. La técnica fue uno de esos
terrenos que registraron una significativa transformación,
a la que la ciudad no podía permanecer ajena, pues jus-
tamente sobre ella y con ella se agenció tal mutación. La
particular intervención de la que fue objeto su territorio
hacía parte del proceso de cambio. Pero este obedece no
solo a un estado de necesidad histórica, sino también a la
motivación de una sociedad en determinado momento
para dar el paso que conduzca a la superación de la reali-
dad en la que se halla inmersa. La sociedad dirige por otra
senda su destino de acuerdo con su deseo e impulsado
por un nivel mayor de conciencia (Monestiroli, 1993).
5
En la actualidad, según Sassen, para que una ciudad sea global se
requiere que desempeñe “funciones de producción" centrales en
varias áreas –política, economía, cultura e incluso estilos de vida con
aromas cosmopolita, además esta concepción de ciudad es impen-
sable si esta no constituye parte de los “lugares estratégicos en el
mundo. No existe la ciudad global aislada" (Nascimento; 2003). Al
respecto debe tenerse en cuenta también la ambigüedad que ha
persistido en el significado atribuido al término “ciudad global"; por
una parte, puede referirse, “o bien a una clase de ciudades que jue-
gan un rol conductor en la articulación espacial del sistema econó-
mico global, o puede dar nombre a una dimensión de todas aquellas
ciudades que, en una medida variable, están integradas a este sis -
tema. Ambos significados pueden reconciliarse bajo el principio de
jerarquía global –o sistema jerárquico– de ciudades, donde cada una
ocupa una posición que refleja su importancia relativa en la articula-
ción espacial de actividades económicas y financieras o, para poner-
lo más sencillo, su poder económico relativo" (Friedmann; 1997).
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La técnica, entendida como una estructura de la
civilización material
7
, ha incidido notablemente en la morfo-
logía de la ciudad a lo largo de su existencia. La aparición del
automóvil y de las demás formas de transporte terrestre,
por ejemplo, ha tenido efecto en el trazado urbano: para
lograr su movilización las vías debieron ser más anchas y
largas; la longitud dio mayores posibilidades de extensión
a la ciudad y permitió ampliar las redes de conexión con
el territorio; también permitió la disminución del tiempo
de transporte, hechos que transformaron la vida de sus
habitantes.
Chicago fue una de las ciudades que tuvo un avan-
ce extraordinario en el desarrollo de la técnica, lo que
constituyó un factor decisivo para su crecimiento. Inven-
tos como el ascensor en 1853, o el mejoramiento de los
métodos constructivos, como el perfeccionamiento de los
sistemas estructurales en acero, permitieron la construc-
ción de edificios más altos y, con ello, la densificación del
centro y el crecimiento vertical de la ciudad. Así mismo,
el surgimiento del ferrocarril subterráneo en 1863, el del
tranvía eléctrico en 1880 y el auge del transporte suburba-
no mediante los trenes de cercanías en 1890 significaron
nuevas formas de movilidad y acceso a la ciudad e, igual-
mente, de conexión con el resto del territorio; además
propiciaron el incremento del suburbio jardín, el que se
prefiguró “como la unidad ‘natural’ para la futura expan-
sión urbana" (Frampton, 1987).
El ferrocarril también contribuyó a la prosperidad
del territorio mediante la introducción de la cosechadora
mecánica –primera muestra del equipo agrícola moder-
no–, al transporte y a la distribución de diferentes produc-
tos agrícolas, lo que favoreció el crecimiento del comer-
cio en la región. De esta forma, como advierte Kenneth
Frampton, Chicago experimentó cambios radicales que,
“junto con el plan cuadriculado, pronto transformarían la
ciudad tradicional en una región metropolitana donde los
hogares familiares dispersos y el núcleo concentrado que-
daron unidos por un servicio continuo de ferrocarriles de
cercanías" (Frampton,1987).
Así mismo, la pronta superación del incendio que
destruyó gran parte de Chicago en 1871 y el posterior incre-
mento de la edificación en otras áreas urbanas evidenciaron
7
En este sentido, la técnica se concibe como una estructura de lenta
evolución, persistente y omnipresente en la vida de los seres huma-
nos, que se asocia, según su definición, a “procedimientos y méto-
dos de un arte, oficio o actividad" (Larousse, 2003).
8
La tecnología es entendida como una superestructura, cuyas trans-
formaciones se dan en las cortas duraciones, y en la que la ciencia
el progreso al que asistió Chicago en las últimas décadas
del siglo XIX. En efecto, en 1933, cuando se cumplieron
los cien años de su fundación, la exposición organizada
para su conmemoración se realizó bajo el lema de “Un si-
glo de progreso", el cual aludía a los diferentes campos en
los que la ciudad había evidenciado su avance y transfor-
mación. Esto también denota la concepción de la ciudad
que se tenía entonces, fundamentada sobre la base de
un pensamiento positivista, desde el cual se promovía la
exaltación de la modernidad.
En este contexto había surgido la Escuela de Chi-
cago, cuyos planteamientos sobre la arquitectura eran
guiados especialmente por un racionalismo desde el cual
se perseguía la pureza y la sencillez formales, el logro de
una arquitectura libre de ornamentación donde “la forma
debía seguir a la función", y se aludía expresamente al pri-
vilegio de la técnica. Así, la imagen que caracterizó de una
forma particular a Chicago fue en gran medida el resultado
de tales propuestas arquitectónicas que se plasmaron en
su espacio urbano y construyeron singularmente su terri-
torio. En todo caso, cualquiera que sea la forma asumida
para la arquitectura y la ciudad, siempre estará vinculada
a las formas precedentes que las han definido en la his-
toria. Por ello, si se piensa en los límites de lo posible, el
límite del pensamiento arquitectónico aún se encuentra
en el horizonte que define el concepto de delimitación de
un lugar, donde cada nuevo significado que adquiere en
su devenir histórico ha de conducir, como siempre, a su
posterior reconocimiento (Monestiroli, 1993).
En el ámbito signado por el privilegio de la econo-
mía y el dominio de la tecnología
8
, la civilización material
ocupa un segundo plano:
“Paralelo a este tema de los ‘nexos materiales’ se
desarrolla el de las nuevas tecnologías de la infor-
mación y las telecomunicaciones. Este proceso de
innovación está permitiendo la paulatina desapari-
ción de las barreras geográficas, a la vez que im-
pulsa la creación de nuevas organizaciones empre-
sariales capaces de responder a las demandas de
la Sociedad de la Información, en un contexto de
alcance mundial llamado con acierto la Aldea Glo-
bal, y que en un futuro inminente permitirá acceder
a mercados totalmente integrados, sin fronteras, sin
ha intervenido afianzando el desarrollo de la técnica. Esto quiere
decir que la tecnología ha significado la intervención del pensami-
ento científico en las soluciones que ha demandado la técnica. Am-
bas, técnica y tecnología, apuntan a la obtención de resultados e
implican, necesariamente, medios materiales.
113
distancias y prácticamente en tiempo real. Las eco-
nomías-mundo, para acoger un término de Fernand
Braudel, sugieren una transformación, donde el
nexo material se vuelve insuficiente para una época
de desarrollo propiamente global y ya no interna-
cional o multinacional" (Barinas, 1999).
La discusión que se plantea, erróneamente, parte
de la escisión de los fenómenos, como si se tratara de he-
chos tangenciales entre sí. Tal apreciación es el resultado
de la incapacidad de concebirlos como partes articuladas
que constituyen estructuras de un proceso histórico. El
mayor nivel de integración que supone el sistema global
mediante el progreso de las nuevas tecnologías se da en
relación con los vínculos materiales que implican el siste-
ma internacional y, en un grado menor, las otras formas
que han adquirido en la historia las redes territoriales. No
es posible que el sistema global los absorba hasta susti-
tuirlos y eliminarlos. Aunque su aparición y permanencia
impliquen ritmos diferentes de evolución, que represen-
tan distintos momentos de ruptura de los límites entre lo
posible y lo imposible, no puede desconocerse la necesa-
ria relación de orden material que subyace en el dominio
territorial que comportan actualmente las ciudades, pues
hace parte de la realidad material que caracteriza e im-
pulsa a la civilización, y que constituye a la ciudad y su
territorio.
Ciudad - historia
Muchos de los determinismos, como el geográfi-
co, el económico-geográfico, desde los que se concibe la
ciudad han obedecido al desconocimiento de la dimen-
sión histórica de la relación ciudad-territorio. En el caso
de Chicago, algunos planteamientos sobre su desarrollo
la ubicaron como ente inmóvil en el tiempo y, a la vez,
pretendieron explicar su transformación desde una con-
cepción positivista de la historia. Por otra parte, también
tomó fuerza, y la sigue teniendo, aquel determinismo bajo
el cual se ha intentado orientar su desarrollo a partir de
la perspectiva de la geografía económica. Frente a ello se
reitera la necesidad de dirigir la mirada a su dimensión
histórica. Esto implica acoger una concepción de la histo-
ria que, basada en la compleja tarea de intentar definir o
establecer las temporalidades que su abordaje requiere,
permita el acercamiento a tal dimensión. Se acude así a la
concepción historiográfica planteada por Braudel, el tiem-
po geográfico, cuya formulación se presenta como una
propuesta analítica para aproximarse al objeto de estudio,
mediante el cual es posible penetrar la historia reafirmán-
dole su unidad. Pues la historia solo puede ser concebida
como una historia de conjunto (Braudel, 1984). Así, para
aprehender la ciudad en la historia deben contemplarse
sus diversos componentes, variables y estructuras que in-
tegran su dimensión histórica.
Esta concepción del tiempo geográfico es compa-
rada, por su autor, con la estratificación de la corteza te-
rrestre por capas. Así establece las largas, medias y cortas
duraciones, vistas como capas sobrepuestas y entendidas,
acorde con su relación, como estructuras: las más profun-
das corresponden a las largas duraciones, que se perciben
como una estructura casi inmóvil pero que cargará con
todo el peso de las otras capas, es decir, de las superes-
tructuras, término con el que designa a aquellas estruc-
turas móviles que le deberán su dinamismo precisamente
a las más profundas. Con ello pretende enfatizar el es -
pesor que constituye la historia, que al estar conformada
por diversas “capas", implica procesos y realidades con
diferentes ritmos y velocidades; por ello no puede haber
una historia teleológica ni exclusiva del acontecimiento.
Él plantea, más bien, series de evoluciones en las que sus
fronteras son amplias franjas donde unas se desvanecen
casi de manera imperceptible en el lejano horizonte de las
otras (Braudel, 1984).
La concepción espacial en la historia urbana de
Chicago tiene variables disímiles. Sus pobladores quisieron
hacer de ella la gran metrópoli de Occidente. Los concep-
tos de centro y frontera fueron estimados desde su posible
asiento como futura metrópoli del territorio norteamerica-
no. Sin embargo, la dimensión histórica se desestimó y se
pretendió planear y explicar la ciudad, exclusivamente, a
partir del determinismo geográfico donde elementos ob-
viados en esta perspectiva, como historia y cultura, consti-
tuían ingredientes fundamentales.
La primera imagen que Cronon tiene de Chicago,
en su viaje del campo a “la ciudad", no es un plano, ni
la imagen de sus edificios, sino la de la atmósfera, la del
cielo gris que la cubre. El signo que s e precipita como
frontera, que contiene la trans formación del ambiente
–naturaleza dada– p or la intervención humana –apre-
hensión y acción–, que se conjugan en cada nueva per-
cepción y experiencia, se presenta como el indicador
que resume la historia frente a los ojos de Cronon. Chi-
cago, entonces, era una dinámica ciudad industrial, s u
gran nube gris contrastante con el aire que envolvía al
campo lo anunciaba antes de que el viajero se aproxima-
ra a ella; era el indicio de que el territorio se había trans -
formado y de que en el camino también se transformaba,
pues antes de que el viajero llegara al lugar de destino,
este ya le anunciaba su presencia.
114
enero - diciembre de 2006
La historia determina un espacio, en el que la geo-
grafía ha permitido, mediante la acción humana, la crea-
ción y transformación de las ciudades y la gente que las
habita, y viceversa. Lo que se llama territorialización del
espacio dado puede ser considerado como el lugar donde
todo sueño e ideal cobra forma en la medida en que las
condiciones y la voluntad de un pueblo lo permitan, donde
este acto de historizar estará marcado cada vez por un
nivel mayor de conciencia (Monestiroli, 1993). Un salto
cualitativo que alcanzará su sentido mientras se inscriba y
se pretenda comprender desde su dimensión histórica.
La conciencia sobre la experiencia humana de la
ciudad también está marcada por su historia, de manera
que su significado siempre estará ligado al pensamiento
de una época y la voluntad de una sociedad de regir su
destino y producir el cambio, especialmente a través de
sus instituciones políticas, ha de indicar ese grado ma-
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la ciudad y su territorio, como deseo de transformación
llevado a acto, será posible cuando las diferentes expe-
riencias, relaciones y formas que los han definido en su
advenimiento estén presentes en la revisión constante de
su propia historia a la luz de las transformaciones que las
necesidades y condiciones estructurales, en determinado
momento, exigen.
En la dimens ión espacio -temporal de la historia,
donde no es posible la exclusividad de la linealidad o la
sincronía, sino la articulación de estas coordenadas, s e
ins cribe el proceso q ue han cursado las ciudades para
llegar a ser tales. Una dimensión que adquiere su forma
particular por la marca que le imprimen también s us
desequilibrios intríns ecos como las coyunturas presen-
tes en el devenir de toda sociedad y, en un espectro
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